9. La biblioteca de Alhakén
La biblioteca de Alhakén
En la sala a la que acabábamos de entrar, los lucernarios de los techos altos dejaban pasar la luz por vidrieras con adornos de arabescos y lacerías, coloreando las estanterías que cubrían las paredes con códices apilados, los lomos a la vista, y con escalas de madera colgadas de listones en los estantes más altos para acceder a ellos.
Al final de la habitación, otra puerta vidriada daba acceso a una sala semejante, y esa a otra y a otra más...
Cuatro salas llenas de libros que no podían contarse por decenas ni por cientos, sino por miles: más libros de los que había visto juntos hasta entonces sumando las muchas bibliotecas de monasterio, estudio o catedral por las que había pasado.
Mareado a la vista del panorama que se desplegaba ante mis ojos, recordé el día de mi juventud en que decidí cambiar el hábito del rezo sagrado, siempre desoído desde el más allá, por el de la lectura, que de forma eficaz me ponía en verdadero contacto con el murmullo de los muertos desde una eternidad más manejable.
— Todos los de esta sala son libros traducidos del griego — me dijo Leila.
Como un sonámbulo, me acerqué a la estantería más cercana. Muchos de los códices tenían el título inscrito en el lomo, algo que no vería en bibliotecas cristianas hasta bastante tiempo después.
Leí el título de uno de los libros al azar: Vida de Edipo.
Lo abrí. Fui al final, que en los libros árabes está donde tienen su principio los cristianos, porque los musulmanes leen y comienzan la vendimia igual que transcurre la vida para quien mira sin temor al norte: desde donde nace la luz del este hasta el ocaso.
En la última página escrita encontré repetido el título con su nombre de autor. Lo deletreé: H-m-r.Humirus...
¿Homero?
Sabía que había una tragedia griega con el nombre Edipo rey, de Sófocles, de la que había leído una traducción latina en mi juventud, pero nunca había oído hablar de un poema del fantasioso Homero sobre Edipo, el rey amante de su madre, cuyos hijos eran también sus hermanos.
No podía entretenerme con algo tan absorbente en aquel momento: cerré el libro y lo dejé en su sitio pensando que volvería a hojearlo despacio en cuanto sacara un rato.
Nunca volví a verlo.
Con los años he lamentado no haber mirado ni siquiera el primer verso, para guardarlo en la memoria.
Pero sobre todo he lamentado no haber sido capaz, en aquel mismo momento, de seguir a ciegas mi primer impulso: salir corriendo a la carrera y sin soltar el libro de la biblioteca, y dejar atrás Córdoba y Al Ándalus, y volver con él a mi pequeña casa, lejos de cualquier peligro y de distracciones, para leerlo con tranquilidad y quizá entregar mis tardes a trasladar el texto, con esmero y algo de pereza, del árabe a buen román y en cuaderna vía.
Mientras recorríamos las estancias, Leila me explicó que aquello solo era una pequeña parte de la enorme biblioteca de Alhakén, el segundo califa omeya de Al Ándalus.
Alhakén era un obseso de la lectura que dio desde el principio de su reinado orden tajante de copiar, comprar al precio que fuera, hurtar o robar con fuerza cuando no hubiera más remedio cualquier tipo de manuscrito que apareciese en cualquier lugar del mundo, y había reunido una biblioteca de cuatrocientos mil libros.
Una cifra bastante sospechosa, por ser la misma que dan las crónicas para la de Alejandría. Una cifra mágica que significa, pensé, «los infinitos libros».
Cuando cayó el califato omeya, en los tiempos de la muerte del padre de Wallada, se quemó una buena parte de la biblioteca y el resto se dispersó por orden de los nuevos gobernantes.
La princesa Wallada había conseguido quedarse con apenas una décima parte del legado, casi todo el literario, es decir, el de historias imaginarias — que no dejan de serlo por más que las consideremos reales — en verso y en prosa. Eso era lo que se conservaba aún ahí.
Supe entonces que los libros de la biblioteca del arzobispo de Toledo que yo había expurgado en vano a las órdenes de Odón de Cheriton venían también de la biblioteca de Alhakén: una pequeña parte de su colección de obras mágicas, que tampoco dejan de serlo cuando las consideramos doctas.
Un poco preocupado por el acuerdo de largarme de allí al anochecer, le pregunté a Leila dónde estaba el listado de obras.
— En la siguiente sala, que es la dedicada a traducciones de otras lenguas, como el latín, el persa, el acadio, el hindi...
— contestó, llevándome hacia allá — . Lo hizo Lubna, la bibliotecaria de Alhakén, con sus ciento setenta mujeres copistas.
Y luego se fueron incorporando las adquisiciones. Aquí lo tienes.
Señaló unas estanterías bajas que ocupaban el centro de aquella sala, al alcance de los pupitres de lectura, con mamotretos infolio.
— Tiene cuarenta y cuatro volúmenes. Está a tu disposición ahora mismo, si quieres consultarlo — continuó.
Se veía que estaba disfrutando con la encerrona que yo mismo le había puesto en bandeja.
Imaginé a infinitas mujeres elaborando el listado infinito de la biblioteca de Alhakén.
Iba a tardar más en buscar en aquel catálogo de cuatrocientos mil libros que en ir mirando uno a uno los ejemplares de la biblioteca que aún quedaba por ahí, con cuarenta mil, si no había entendido mal.
— ¿Y cómo está ordenada la lista? — le pregunté.
— Como la biblioteca. Por disciplinas. Por géneros. Y luego por autores.
Le expliqué que debía de tratarse de un códice con obras sin un tema común reunidas por su familia a través del tiempo y encuadernadas conjuntamente.
No quise hablarle de «El bastón de Dios», pero le señalé la existencia de un tratado fenicio de un autor llamado Magón, sobre el vino de Xerez que había hecho desde siempre su familia.
— Los libros con obras varias reunidas sin razón conocida aparecen indexados en el sitio de cada uno de sus opúsculos. Veamos — dijo sentándose en el diván.
Escogió uno de los treinta y cuatro volúmenes y estuvo pasando páginas.
— Aquí está — exclamó — : Tratados de agricultura. Ben Bassal, Hesíodo, Columela, Magón, Paladio, Plinio... Todo esto no está en nuestra biblioteca. Cualquiera sabe dónde acabaría...
Pero ¿qué biblioteca disparatada era esa de Alhakén?
Le pedí a Leila que me dejara echar un vistazo a la página.
El volumen se había confeccionado con la piel de no menos de cincuenta ternerillos, magníficamente tratados.
Había entradas de distintas manos a dos columnas, y amplio espacio entre líneas que preveía la incorporación de nuevos códices.
Estuve allí intentando leer. Tenía que aferrarme a esa página si no quería pasar el resto de la tarde dando bandazos entre salas y estanterías.
Una de las entradas últimas se había escrito con tinta roja y una caligrafía de las que llaman cúficas, hecha con primor.
— Abú Zacaría, Libro de agricultura — leí.
— Sí, ese es importante, muy conocido — dijo Leila.
Me había detenido en él al ver que se le había escapado a la hábil calígrafa un pequeño borrón de tinta en la entrada. ¿Por qué? Levanté el códice y sostuve la hoja a contraluz. El sol pasaba deslumbrante a través de aquella piel fina como cristal.
Había ahí un palimpsesto: la entrada del libro de Zacaría estaba escrita sobre otra entrada que había sido borrada previamente con sutileza.
Alguien la había raspado siguiendo el rastro de la caligrafía con la punta de un punzón afilado para raer la tinta y poder escribir encima la nueva entrada.
Pero en el verso de la hoja, que afortunadamente estaba en blanco, el texto sobresalía invertido en relieve, con una huella clara como pasos de pájaro en el barro, dejada por la escritura con cálamo, primero, y ahondada después por el raspado del punzón, tan preciso.
— ¿Tienes recado de escribir por aquí? — pedí.
Había de todo en los cajones de los escritorios. Tomé una de esas bolas de tinta seca para disolver que hacen allí con hollín y resinas, la froté sobre la página en blanco con el texto en relieve, y las palabras árabes se tiznaron de negro, en caligrafía invertida.
— ¿Y un espejo, tienes, para leerlo? — le pedí.
Como Leila, que me estaba mirando con su gran boca abierta de par en par, no parecía tener uno por ahí, hice el esfuerzo de leerlo yo mismo así, del revés, silabeando:
— «Sobre el vino de Sharis Siduna. Ver: Libro dieciséis del...».
Me explicó Leila que Sharis Siduna era el nombre árabe de Xerez.
— Claro — exclamé antes de seguir leyendo la entrada — : «... Libro dieciséis del Tratado de agricultura de Magón de Cartago, en el Tesoro de la sabiduría de los omeyas». Ese es, según tengo entendido, el verdadero título del Códice Wallada .
Tomó aire, mientras yo escudriñaba su rostro de gárgola. ¿Se había dado cuenta de que no iba a ser sencillo librarse de mí y estaba a punto de llorar?, ¿o había por ahí una sonrisa de burla o de dolor, como si le hubieran clavado un cuchillo en el pie?
Entonces se levantó decidida, tomó otro volumen del catálogo, lo abrió, pasó páginas atrás y adelante, hasta que llegó a la que buscaba. Puso ella misma a contraluz el texto. Y sin duda encontró ahí un nuevo palimpsesto.
— Tesoro de la sabiduría de los omeyas. El Códice Wallada existió — dijo, incrédula aún.
Tomé el catálogo. La entrada principal del Códice Wallada había sido borrada también, y luego sobrescrita con otras entradas. Esta vez iba a ser más dificultoso leerla, porque el verso de la página estaba plagado de anotaciones de obras, en rojo.
— ¿Y cómo se sabe en qué parte de la biblioteca está? — le pregunté.
— Al final hay un código, la signatura, el número que indica la posición de cada libro en la biblioteca.