Una tumba en Al Ándalus (Gonzalo de Berceo 3) 8. Sueños de piedra #2
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8. Sueños de piedra #2

Leila les dio orden de preparar el cenador.

Al caminar hacia allá me llamó la atención su cojera, que le hacía balancear no sin encanto las caderas y justificaba su diferencia de altura.

Mientras nos sentábamos y nos ponían delante dos copas de jarabe de uva, como me confesó sin pudor una de las huríes, me fui haciendo a la idea de que cualquier excusa que inventara para quedarme allí iba a ser rechazada por inverosímil, así que, en contra de mis principios y costumbre, me dispuse a contar la verdad, incumpliendo también mi patético juramento ante el rey.

La sinceridad requiere fortaleza de carácter, así que sin aclaraciones, sin titubeos y sin ruegos, fui al grano:

— ¿No tendrás para mí, mejor, un poco del vino ese que has ofrecido antes a la guardia?

Respiró hondo, alzando su único ojo azul hasta dejarlo en blanco.

— Si no hay, es igual — corregí enseguida — , me tomo el jarabe y ya está.

Pese al frondoso laurel estaba bastante acalorado, así que habría sido capaz hasta de beberme aquel mejunje. Pero trajeron vino y algo de comida.

Hasta ese momento no me había dado cuenta del hambre que tenía. Conseguí contenerme para no abalanzarme sobre el pan ácimo, las aceitunas y el queso en aceite, pero me bebí sin poder evitarlo el cuenco de vino de un trago. No era mal vino, por fortuna.

A una señal de aquella mujer que parecía deshecha y reconstruida con fragmentos de varias muy distintas, una sirvienta me rellenó la copa. Daba la impresión de que aquella casa en el corazón mismo de la ciudad no hubiera sufrido la penuria del cerco cristiano.

— Sé que hay aquí una gran biblioteca. Y vengo a copiar un libro — dije lanzando con pulcritud los dados, para que se viera mi jugada de una vez.

En lugar de preguntar qué libro era, me miró extrañada y expectante obligándome a seguir.

— El Códice Wallada — añadí en un susurro.

— ¿Wallada, la poeta omeya?

Ladeó la cabeza. Sin inmutarse, tomó su copa de jarabe de uva y bebió un sorbo. Aproveché para acabarme el nuevo vino. Ahora sí, a la segunda, se me encendió por dentro una luz largo tiempo apagada. Qué paz.

— Ese libro es una leyenda. No existe — dijo posando la taza en la mesa sobre un mantel con flores primorosamente bordadas — . Uno de los delirios de mi abuelo, que heredó la biblioteca. La biblioteca es la que tuvo Wallada, pero el libro aquí no está, ni ha estado nunca.

¿Mentía, como era de esperar? Le di una descripción del códice a partir de la muy imaginativa que me había hecho a mí Odón. Me respondió que no había ningún libro de lujo por allí.

— Son todos de conocimiento y para lectura, en ningún caso ornamentales.

Puse la cara de preocupación más convincente que supe.

En realidad, su respuesta me aliviaba. Si era cierto y no estaba librándose de mí, yo podría, tras corroborar que allí no se encontraba el códice, volverme por donde había venido y decirle a Alvar que Odón había engañado al rey, como cabía esperar de él.

— Entonces, si es así, solo necesito demostrarlo.

Le expliqué que no veía más modo de probarlo que uno: que me enseñara la biblioteca para comprobar lo que decía.

Si encontraba algún modo de demostrar a quienes me enviaban que allí no había libros como el descrito por Odón, mi misión estaba acabada y podría volverme a mi casa.

¿Tenían, le pregunté, un listado de obras de la biblioteca como los que se usan en la de cualquier monasterio?

Leila me miró con desconfianza.

— ¿Eres un ladrón de libros?

— No — dije clavando mis pupilas en la única suya — . Soy copista. Leo libros. Hago versiones en román de libros latinos y a veces también de árabes. Nunca he robado un libro.

Pura mentira. Mis órdenes eran claras: localizar el Códice Wallada y escapar con él, para traducirlo después.

Pero desde pequeño sé mentir sin que se note demasiado.

Para detectar las mentiras, los confesores benedictinos siempre obligaban a los niños a mirarlos a los ojos, arrodillados ante sus sillas.

No servía de nada decirles que la contrición impedía mantener alzada la cabeza.

Había que aprender a mentir mirando a los ojos.

No creo que Leila me creyera, de cualquier forma. Pero estuvo un rato pensando.

— Hay un listado, sí — dijo al fin — . Y los libros están perfectamente ordenados.

Si me prometes que antes del anochecer te vas, y si me prometes que no te vas a llevar ningún libro, te enseño la biblioteca y te doy de plazo hasta el anochecer para revisar, en mi presencia, lo que consideres que tengas que revisar.

Lo que más le interesaba era librarse de mí para siempre.

Pero ahí no parecía haber trampa. Estaba empezando a creerme la inexistencia del Códice Wallada, lo cual me animaba bastante, en el fondo. Por lo menos, ella parecía convencida. ¿O sabría mentir tan bien como yo?

Por grande que fuera la biblioteca, no iba a tener demasiado problema en moverme rápido entre aquellos libros clasificados y registrados. ¿Cuánto había dormido? Poco pero suficiente. No debía de ser aún la media tarde, y ya había comprobado que en aquel horno la luz del verano se alargaba bastante.

— Prometo marcharme antes del anochecer y no volver si el códice no está, y si me aseguras tú que me ayudarás a comprobar que es así. Pero si está, voy a suplicarte que me dejes tiempo suficiente para copiarlo — mentí — . Entiéndelo.

Meneó la cabeza con hartura. Los dos sabíamos que para librarse de mí no tenía más que avisar a la guardia. Pero había algo entre nosotros, pensé, que nos conectaba.

Leila me propuso ir en ese mismo momento a la biblioteca, que estaba en el edificio que teníamos delante.

Bajamos del cenador y, de camino al edificio, tuvimos que bordear una tumba.

— Estamos de duelo — me recordó — : un familiar.

Le pregunté si era normal enterrar a la gente en los jardines, algo que nunca habría ocurrido en la morería de San Millán.

— Ya no había acceso a los cementerios de fuera. Y pronto tendremos otra tumba aquí. Mi padre agoniza en su lecho. No es nada: el mundo, que se hunde — añadió como intentando quitárselo de la cabeza mientras caminábamos hacia las vidrieras del portón de la biblioteca.

Entramos a una habitación espaciosa y alargada, con cuatro pupitres de escritorio en el centro... Y lo que vi ahí me dejó sin aliento.

Leila, la amable anfitriona, me había engañado como a un crío.