Una tumba en Al Ándalus (Gonzalo de Berceo 3) 8. Sueños de piedra
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8. Sueños de piedra

Sueños de piedra

Muchas son las noches en las que sueño con piedra esculpida.

Paseo por iglesias, catedrales, monasterios, al encuentro de criaturas imposibles.

Dragones devorándose las colas entre sí, basiliscos vivaces de mirada asesina, grifos violentos y solemnes...

Me persiguen o los persigo, y cuando estamos a punto de atraparnos, me despierto.

Nunca llego a tocarlos. No hablo con ellos ni escucho voz alguna.

En mis sueños también aparece la tentación de la carne labrada en piedra, hermosos monstruos de mujeres tan atractivas como amenazadoras: melusinas que muestran al salir de la bañera, desde la cintura, su cola de serpiente, o gárgolas grotescas de mueca desencajada y ojos febriles, o sirenas con cola de pez y el pelo recogido en una larga coleta que les baila sobre los pechos tallados en roca caliza, o arpías que me sobrevuelan en círculos con aleteo furioso, y van y vuelven desde el infierno, y caen en picado sobre mi almohada.

Sueños de piedra y carne. Pesadillas de amor.

Aquella mujer parecía hecha de la materia de mis sueños, cincelada a martillazos por el mismo escultor loco que trabaja en los capiteles que sostienen mis pesadillas, otorgándoles con paciencia ese atractivo inexplicable.

Tenía ya cierta edad. Tenía un parche en un ojo y el otro, zarco, muy abierto.

Tenía la frente ancha como el desierto. La boca habría resultado demasiado grande en cualquier rostro, pero en el suyo era necesaria.

Tenía la piel blanca, casi transparente.

Tenía el pelo rojo y peinado con complicación deliberada de silogismo, las trenzas engarzadas en un laberinto trágico.

Llevaba un hermoso brial de seda blanca ceñido al cuerpo, que le apretaba los pechos grandes — uno algo más que el otro — y las caderas a distinta altura, como nubes recortadas contra un cielo gris.

Imagino que otros se burlarían de su deformidad, pero yo soy un caso perdido, a mí me pareció hermosa como una escultura gótica, me pareció inventada sin otro propósito que la mezcla azarosa de formas y sentidos, que le otorgaba a su contemplación la eficacia sorprendente de erradicar la melancolía.

— ¡La guardia son viniendo! — le dije en buen árabe al colarme en la casa y cerrar la puerta tras de mí — : ¡Con la venia!

La sorpresa y la irritación ante mi osadía aumentaron su atractivo al dejarla a ella de piedra.

Por mi parte, corrí hacia uno de los siete jardines, que se veía al fondo, en busca de otra salida al exterior por la que huir de la casa a la llegada inevitable de la guardia.

Era un patio amplio y cuadrado y, además de la fachada por la que había entrado, tenía a diestra otro edificio con una puerta, al frente un muro enorme sin puerta a la vista y a siniestra otro muro más pequeño, que parecía dar a un nuevo jardín arbolado, al que me fui sin dudarlo.

Trepé a un naranjo que había junto al muro, y desde las ramas escuché a la gárgola hablar con la guardia, que amenazaba con echar la puerta abajo.

Inmóvil en el árbol, comprobé con alivio que nadie salía al jardín.

Y las voces, apremiantes primero, ahora más sosegadas, comenzaron a parlamentar.

— ¡Pero pasad, pasad a esta sala a comer algo y reponer fuerzas con un vaso de vino! — dijo ella.

Así que era una gárgola parlante y de verdad. En mis sueños, las mujeres monstruosas nunca hablan, y menos aún con moderación y acierto. Solo a veces siento su respiración o un suspiro fugaz, quizá más mío que de ellas.

Y no cabe duda de que sabía persuadir. En una ciudad sitiada y hambrienta, ¿quién podía rechazar comida y bebida?

La guardia no, sin duda. Y aunque eso me tranquilizaba un poco, no quise descuidarme.

Era mejor volver a aquel lugar en otro momento, sin moros a la vista.

Pasé de la rama al muro y del muro salté al segundo jardín.

El recinto parecía albergar una sucesión de palacetes de distinto estilo en la construcción, pero contiguos, con muros compartidos.

¿Tendría que atravesar cinco jardines más antes de alcanzar el exterior?

Al caer me di cuenta de que no estaba solo: una sombra se había ocultado tras unos arbustos.

Corrí hacia un portillo que parecía dar al exterior de la finca, pero estaba cerrado.

Vi entonces, al volverme, al hombre, de espaldas, escuchimizado, abandonando a la carrera el jardín por la puerta que daba al nuevo edificio.

Tenía calado en la cabeza un bonetillo de fieltro bermejo, del que pendía, como una coleta, un penacho de hilos negros.

¿Huía de mí, que huía a mi vez?

Había asuntos más importantes que resolver, como el de salvar el pellejo.

Me oculté en un macizo de ruda que había en un rincón del jardín.

Desde ahí podía controlar los accesos al patio, un lugar despejado excepto por un cenador central, a la sombra de un viejo y denso laurel, entre dos estanques alargados, cada uno con un caño en el centro, del que saltaban con parsimonia dos chorrillos de agua.

Hacía un calor horrible, con el sol en el cenit, pero no se estaba mal en aquel rincón, gracias al arrullo del agua cayendo en los estanques y pese al penoso olor de la ruda. Tras una noche sin apenas dormir y una mañana huyendo estaba agotado.

— Ten cuidado, mi dueña, ¡que puede ser peligroso!

— ¿Peligroso este? Pero si parece un vagamundo, ¡un arrastrado!

— Sí, ¡pero puede llevar un hacha o un cuchillo o un venablo!

— Pues aquí no va a quedarse, así que...

Me despertaron voces de mujer en árabe.

— ¡Uy! ¡Ha movido una pierna!

Mientras me ponía en pie, entumecido e intentando orientarme, se alejaron de mí en tropel y chillando, entrecruzándose, esbeltas como corzas espantadas por un cazador en la ladera del monte.

Sin velo, llevaban cotas y jubones y almejías de distintos de colores, que dejaban a la vista más piel de la que se exhibe en un prostíbulo de Toledo: brazos y tobillos y cuellos al aire me deslumbraron más que el sol espeso de la tarde.

Sin recordar dónde estaba ni mi llegada a aquel lugar, por un momento pensé que había muerto.

¿Me encontraba acaso en el paraíso con las huríes?

Y, en ese caso, ¿por qué de las setenta huríes prometidas no me había quedado a mí ni media docena?

— ¿Estás bien? — dijo la única que no se andaba ni con sustos ni con melindres, la gárgola del brial de seda, plantada ante mí con los brazos en las caderas y cara de muchos enemigos — .

La guardia ya se ha ido. Estás a salvo. Pero es hora de que salgas también de aquí.

A no ser que quieras que los llame y vuelvan ellos a echarte.

Al verla recordé dónde estaba, y me esforcé por apartar de mí la fascinación que me provocaba.

Vano empeño en achaques de amor, tan inútil como correr para separarse de la propia sombra, confiando en que se quede en el suelo a la espera de convertirse en la sombra de otro.

Y cuando recuerdo ese tiempo, siempre llego a la conclusión de que me enamoré en sueños, aquel día.

Algo que, como supe después, es muy común entre poetas árabes.

— ¿Es aquí la de los Siete Jardines Casa? — le pregunté.

— Sí — me contestó en un muy comprensible román mozárabe, pese a mi demostración de maestría en su lengua — . Y estamos de duelo. Te ruego que nos dejes a solas con nuestra pena.

¿Y yo por qué tenía la sensación de haber interrumpido una fiesta?

Le agradecí que no me hubiera delatado, me presenté y ella me dijo su nombre: Leila.

Le expliqué que había ido a Córdoba y había conseguido entrar en la medina con grave peligro solo para visitar aquella casa.

Mientras hablábamos intenté en vano evitar mirarle los pechos, que mi maestro Odón había comparado con manzanas del Líbano.

Rechacé el parecido pese a no haber puesto en mi vida los ojos en una manzana de tales tierras.

— Tengo un encargo en esta casa que no puedo revelarte — traté de confesarle a medias — . Y mi vida depende de llevarlo a cabo. Necesito tu ayuda, mi señora.

— ¿Quieres que te permita cumplir un encargo en mi casa sin saber en qué medida podría perjudicarnos a mí o a mi familia?

No tenía mucho sentido, en verdad. Probé por la única vía que se me ocurrió:

— Es un encargo de un viejo amigo de tu padre, al que también conociste, si no me equivoco: Odón de Cheriton.

Al oír aquel nombre, Leila se quedó mirándome fijamente y en silencio.

¿Eran imaginaciones mías o estaba respirando fuerte y con cierta dificultad?

Parecía una serpiente de lengua bífida, venenosa e inmóvil, a punto de lanzarse como un rayo para morder a su víctima.

El ojo sano había comenzado a crecer tanto que amenazaba con salir disparado contra mí como una piedra.

— ¿Odón? — dijo con la sonrisa algo torcida por una ira a punto de explotar — . No puede ser. ¿Odón de Cheriton? ¿Esa sabandija..., esa infame ballena..., ese inmundo hijo de perra, ha osado pronunciar mi nombre con su boca sucia ante nadie?

De nuevo, las muchachas se alejaron, esta vez poco a poco y en silencio, como para refugiarse de una tormenta a punto de desatarse.

— No hay duda, hablamos de la misma persona — le dije — . Por una de sus insidias me he visto obligado a entrar en Córdoba, donde él y tú y yo sabemos que mi vida no vale nada.

— Dime qué buscas — solicitó con impaciencia.

— No puedo decirlo así, delante de... — Señalé a sus sirvientas, que volvían a acercarse y nos miraban con curiosidad sin perder palabra de nuestra conversación.