Una tumba en Al Ándalus (Gonzalo de Berceo 3) 7. En la medina #3
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7. En la medina #3

— ¿Habita por aquí el dueño, que yo le hablaré? — le pregunté al joven recurriendo a toda la elegancia de que era capaz en aquella lengua ajena.

— Mi señor está en el puesto de la plaza, sahíb — me contestó hosco — . ¿Y tú de dónde eres para hablar así? — añadió haciendo gala de su más desagradable orgullo cordobés.

Tiempo antes de que el sol alcanzara la mitad del cielo, fui a la plaza de la entrada a la alcaicería a buscar a Mateo Sancho, y estuve vagando por los puestos semivacíos por si encontraba al sedero por allí, pero no vi ningún puesto de telas.

Sí vi un patíbulo en un extremo de la plaza que estaban remozando en aquel momento y que me dejó cierta flojera de piernas.

En el tienducho más grande del lugar, un casetón con su puerta de entrada y todo, había un regatón que llevaba una extraña máscara de bronce, triangular, con los ojos tallados y bigotes finos y largos que apuntaban a las orejas.

Para llamar la atención o asustar a los niños sí servía.

Un cartelón junto a la puerta tenía escrita la leyenda: CONOCE TU DESTINO .

El regatón se me quedó mirando atentamente moviendo sus ojos desde detrás de los tallados en la máscara.

— ¿De dónde tu máscara pueda ser del origen? — le pregunté.

— Persiana — me respondió — . De la misma Isfahán. ¿Quieres que te diga tu destino?

— Buen me lo sé — aduje — : De los Siete Jardines, a la casa voy.

— ¿Eres del mismo Orán o más al sur?

Y dale con Orán. ¿Qué deshonor o mérito habrá en nacer en un sitio o en otro? ¿Qué orgullo o qué superioridad en creer en un dios o en otro? Todos, en cualquier lugar, somos las mismas desoladas criaturas sin amparo. Di por no oída su impertinente pregunta.

— ¿Sabes cuándo es la casa? — pregunté a mi vez.

— Si quieres saberlo, pasa y pregunta al gran jefe de los ejércitos persianos.

¿Así de fácil? ¿Estaba el general comandante supremo de los persas de visita en aquella tienda de babuchas desparejadas y amuletos mágicos?

¿Era uno de los más queridos amigos de aquel truhan enmascarado y majareta?

Faltaba aún un rato para el mediodía, y por la plaza no se veía peligro alguno.

Me animé a pasar, aunque con prevención, porque este tipo de comerciantes se dedican a desplumar a los viajeros a cambio de humo.

En el interior había colgada en la pared una máscara como la que llevaba el regatón, pero bastante más grande. El tendero se sentó cerca, en un trípode alto.

— Pregúntale al espíritu del gran Aquémenes.

— ¿Sabes por cuánto se llega a los Siete Jardines de la casa? — pregunté, dirigiéndome a la máscara.

— Son tres dírhams — me apuntó el regatón — . Se admiten sueldos: si me das uno, o doce dineros, está hecho.

De momento había adivinado que no llevaba moneda árabe, lo que me pareció de buen augurio.

— ¿A sueldo? ¡Tan caro se me parece! — le dije, para que viera que no me chupaba el dedo.

— ¿Por tu destino? ¡Vamos! ¿A quién quieres engañar? — soltó con dignidad agraviada.

Abrí mi bolsa como con disgusto y eché doce dineros en el cuenco de cerámica que estaba al pie de la máscara. Me animó a preguntarle.

— Muy señor Aquevienes, sapes cuánto está la de los Siete Jardines Casa? — pregunté, otra vez como si me dirigiera a la máscara.

— Sí — dijo el regatón.

Estuve esperando.

— ¿Y buen? ¿Cuánto?

— Doce sueldos, si quieres saber dónde.

— Ya los he ponido.

— Pero le has preguntado si lo sabía, y te ha respondido que sí. La máscara responde lo que le preguntas.

Le expliqué que no era tonto: había respondido él, no la máscara, lo sabía por mucho que tuviera la boca tapada. Y la respuesta no era completa. Hasta ahí podíamos llegar. Estuve discutiendo hasta que cedió y admitió responder por solo seis dineros más.

Luego me costó otras dos preguntas afinar cómo se llegaba. Y por fin, cuando ya me había vaciado media bolsa, me enteré de dónde estaba la casa.

— Es justo esta casa que está aquí, detrás de la tienda, la fachada de uno de los edificios. Tienes que subir por el callejón. La única puerta que veas en él.

— ¿Lo eres viendo? No contesta la máscara, sino tú, ¿eh?

— Te lo digo yo porque si no la máscara te va a arruinar — me soltó un poco harto, levantándose del trípode de largas patas, y tropezándose al poner el pie en el suelo.

Se le doblaron las piernas, trastabilló, cayó al suelo y se le desprendió la máscara.

Lo reconocí en el acto: era el sedero, el hombre que me había preguntado por la casa de Yusef y le había contado luego a él la muerte de Lope tres semanas atrás.

— Pero... ¡eres tú! ¡Te vengo buscando desde San Millán! — le dije en román, que recordaba que hablaba perfectamente.

— Oh sí, claro — me dijo levantándose sonriente y amable — , pues ya me tienes a...

Se lanzó hacia mí por sorpresa, me empujó y caí contra las tablas de una pared de su tenderete, que se vino abajo con tejadillo y todo.

Desde el suelo vi cómo corría plaza abajo.

— ¡Alto! — grité en román.

Como acostumbra a suceder, no se detuvo al recibir mi orden, sino que aceleró su carrera.

Y ahora todo el mundo me estaba mirando.

Entre ellos, algunos componentes de la guardia de la que nos habíamos pasado buena parte de la mañana huyendo, que echaron a correr hacia mí.

Mateo Sancho estaba allí también. Levantó las manos para que lo viera a mi vez. Y gritó, al ver que me perseguían:

— ¡Rosafresca mía, ya no volveremos a coger rosas tú y yo! — y luego, mucho más fuerte — : ¡Muera el gobernador!

A su lado había más guardas, que lo rodearon lanza en ristre mientras yo me levantaba y salía corriendo, con no pocos remordimientos.

Nuestro hombre en Córdoba se había sacrificado.

¿Por mí? ¿Por la misión que nos traíamos entre manos?

Quizá. O quizá, aprovechando que me servía de ayuda a mí, se había entregado para que no comenzaran las ejecuciones de sus compañeros nazarenos.

Por mi parte, entré por la primera calle que tenía a mano, que no era otra que el callejón de la Casa de los Siete Jardines, según me había indicado el sedero.

La calle hacía una curva que pronto me iba a ocultar de mis perseguidores.

Pero para mi sorpresa era uno de esos callejones sin salida que tanto se estilan en las medinas andalusíes.

Había allí un muro demasiado alto para salvarlo, y una pequeña puerta, que no parecía en absoluto la puerta de un palacio con siete jardines dentro.

Se oía a la guardia entrando al principio del callejón con paso marcial.

Llamé a la puerta golpeándola con ambas palmas, fuerte y rítmicamente, como un poseso:

Agora que sé de amor, Ay Dios qué grave cosa.

Agora que sé de amor, ¡agora me metéis monja!

La puerta se abrió. Y tengo que decir que lo que vi me quitó el aliento.

Nunca he podido entender cómo no caí al suelo desmayado en ese mismo momento.