7. En la medina #2
— Huye, huye, Abdalá — me dijo — . Yo voy a expulsarlos de aquí.
¿A expulsarlos? ¿Él y por su cuenta?
Salió gritando con voz no muy potente y más bien musical:
— ¡Muera el gobernador! ¡Muera el gobernador!
¿Y huir yo? ¿Adónde?, me pregunté. Asomé la cabeza a la puerta y vi a Mateo detenido ante un soldado con la espada desenfundada en un extremo del pasillo.
Por el otro extremo cerraba el paso un segundo soldado con una maza en las manos.
Sancho se lo debió de pensar bien, dio media vuelta y corrió hacia mi habitación de nuevo.
Dejé la puerta abierta por si le daba tiempo a alcanzarla, crucé el cuarto, abrí la que daba a la escalera y subí corriendo.
Con las prisas me pisé la chilaba y caí resbalando al pie de la escalera.
Volví a subirla con la chilaba remangada y la seguridad de que no encontraría más remedio que un salto al vacío seguido de un aleteo tan furioso como inútil.
Como había comprobado la noche anterior, la torreta hexagonal tenía seis columnas de ladrillo que sostenían un tejadillo.
Me subí a una de las dos que flanqueaban el hueco de la escalera, con la idea de trepar al tejadillo, sin saber muy bien qué ganaba con eso.
Justo entonces entró corriendo Mateo Sancho.
Tras él llegaron los dos soldados con paso más tranquilo.
Ya se imaginaban que de una torre no había escapatoria.
Mateo Sancho saltó sin vértigo ninguno sobre uno de los muretes de ladrillo en que se apoyaban las columnas, vuelto hacia los dos guardias.
— ¡Alto o me tiro al vacío! — amenazó.
Ni a mí ni a los guardias nos pareció una amenaza solvente.
— Y si no te tiras tú, te tiro yo — comentó yendo hacia él uno, el más ágil, que tenía casco y espada.
Por fortuna no se habían dado cuenta de mi presencia.
Me descolgué de la columna lanzándome sobre el que se había quedado detrás, que llevaba una maza y la cabeza al aire, con la capucha de la cota de malla colgando a la espalda, y le aticé con todas mis fuerzas un ictus en el oído.
Se desplomó sin sentido y sin saber de dónde le había venido el golpe.
Pero su compañero me había oído saltar y, dando la espalda a Mateo Sancho, se vino hacia mí y me lanzó un mandoble para evitar que cogiera la maza caída del otro, que era mi esperanza.
Tuve que saltar hacia atrás para esquivar el tajo, con tan mala suerte que pisé un pie del guardia caído y trastabillé.
Me vi perdido. El soldado aquel era rápido con la espada. Segó el aire ante mí un par de veces haciéndome retroceder gateando de espaldas, hasta que topé con los hombros contra el murete del perímetro.
Pero cuando el soldado tomaba aire para acabarme, Mateo Sancho, que se había hecho entre tanto con la maza del otro, le atizó un golpe tal sobre la crisma que el casquete que llevaba, una de esas cervelleras de acero que cubren como una cofia solo el cerebelo, se le incrustó en el cráneo abriéndolo por la mitad.
Se veía que Mateo Sancho no era un hombre acostumbrado a la pelea. Me provocaba una creciente sensación de irrealidad, pero el golpe resultó muy efectivo para salvarme el pellejo. Se lo agradecí.
— Vamos — le dije, para que no se quedara embobado mirando el estropicio que había montado en la cabeza del guardia — . Ayúdame a desnudarlos.
Disfrazados de soldados bajamos la escalera. Abrí con cuidado la puerta de la habitación en que había dormido. No había por ahí nadie a la vista.
— Sígueme — dijo Mateo echando a correr por el pasillo.
Cuando llegamos abajo, el revuelo casi había acabado. Nos mezclamos con los soldados. Mateo Sancho vio con horror cómo los guardias tenían ya encadenados a muchos de sus compañeros, mujeres y niños incluidos.
Un soldado anunció entonces la llegada de alguien importante:
— ¡Abulcasán! ¡Todo el mundo firme!
Hubo revuelo de agobio, y formamos todos, Mateo y yo incluidos.
La verdad es que en general teníamos mala pinta.
Bajo el asedio, la gente andaba bastante descuidada, sea en el afeitado, el peinado, la indumentaria o el aseo personal.
Entre los mejor apañados estaba el impecable Mateo Sancho, al que incluso le sentaba bien la maza que todavía llevaba en la mano, y entre los más lastimosos, un servidor, que daba pena, con la capucha puesta y la cota de malla sobre una chilaba que me cubría los pies.
Entonces entró un moro bastante normal, excepto porque era sin duda el último gordo de aquella ciudad hambrienta, con las manos entrelazadas a la espalda, sin galas, en unas pantuflas rojas ricamente bordadas, y con unos bombachos blancos y una camisa de seda posada con ligereza sobre la barriga.
Nos sonrió campechano a todos, como si la cosa no fuera con él.
— Bien, bien — dijo — . ¿Tenéis al cabecilla, Mateo Sancho? ¿No? Que nadie se preocupe.
Levantó con gesto admonitorio la mano, que quedó casi ante mis narices. Tenía ahí el único artículo de lujo de su atuendo, un sello con una cruz de ocho puntas y, dentro, un pajarraco con alas extendidas.
— No hace falta ninguna explicación. No pasa nada — añadió, paseando entre sus soldados — .
Vamos a montar una ejecución en la plaza con los que tenemos.
Comenzamos a ahorcarlos hasta que salga el tal Mateo Sancho.
Primero un hombre, luego una mujer, luego un niño, luego una niña, hasta que se entregue. ¿De acuerdo?
— ¡Te voy a matar, canalla! — masculló Mateo a mi lado, como un niño rebelde, con el mentón alzado, los dientes apretados y la nuez bailándole en la garganta.
Por fortuna, el gobernador Abulcasán pidió en ese momento que rompiéramos filas y salió por donde había venido, así que cada uno se fue a lo suyo. Y yo pude detener con disimulo al buen Mateo antes de que se lanzase tras el gobernador.
Le pedí que me siguiera a la puerta de salida, pero olvidándose de Abulcasán y preocupado solo en escapar de allí.
— ¿Habéis atrapado en la red muchos pescados nazarenos? — nos preguntó un soldado en la puerta.
Puesto que Mateo no respondía, lo hice yo escogiendo con cuidado las palabras para que no se notara que era extranjero:
— ¡Sí, por ciertamente, hermanastro! ¡Pescaditos en la rede bailando van!
— ¿Y tú de dónde has salido? — me preguntó con la mosca en la oreja.
No sé qué habría podido notar de raro, e iba a decirle que de un pueblo del sur de Orán, pero con ímpetu juvenil Mateo Sancho le arreó un mazazo de costado que lo estampó contra la pared.
Le había cogido gusto a su herramienta. Hay personas así. Les das un instrumento cualquiera, una maza, un arado, una espada, un arpa, un cepillo de carpintero o una pluma para escribir, y nada más comenzar ya se entusiasman, no pueden parar.
Mientras alguien llamaba al arma, salimos corriendo de allí como almas que el diablo lleva, yo con mi chilaba arremangada. Tuvimos que adelantar a Abulcasán y su séquito, que llevaban nuestro mismo camino pero con ritmo de paseo.
— ¡Muera el gobernador! — gritó Mateo al adelantarlos.
Como iba delante yo, doblé la primera calle a la izquierda y, sin parar de correr, fui torciendo en cada esquina a la que llegaba un tanto al tuntún, pero asegurándome de que nos alejábamos de allí.
Detrás de mí iba Mateo Sancho gritando: «¡Abdalá!
», «¡Abdalá», pero yo ya no recordaba que ese era mi nombre.
Paré, e iba a quitarme la cota de malla cuando Mateo pasó a mi lado a toda la velocidad que le daban sus largas piernas.
Tomé nota de que esta vez no iba de puntillas.
— ¡No no!, ¡cuida, Abdalá! — me gritó.
Un soldado salió de la puerta ante la que me había parado. Y también gritó al vernos:
— ¡Aquí está el que ha atizado a Mohamed!
— ¡Muera el gobernador! — contestó Mateo Sancho a la carrera.
Habíamos ido a parar por el laberinto de calles al mismo sitio del que huíamos, así que corrí de nuevo tras nuestro hombre en Córdoba, que más que ayudarme iba a conseguir que me atraparan sin pérdida de tiempo.
Al rato llegamos a una plaza bastante concurrida, un zoco con puestos, y fuimos quitándonos poco a poco las prendas de soldado, intentando no llamar la atención.
— ¡Por aquí! — me animó mi guía.
Nada más decírmelo, alguien gritó desde el otro extremo de la plaza:
— ¡Allí van, a la alcaicería!
Entramos por un pasaje que atravesaba los bajos de un edificio y daba acceso a un mercado algo más lujoso que el anterior, sobre todo de ropas, que es a lo que llaman alcaicería allí.
A ambos lados se alineaban puestos que exhibían su pobre mercancía de ropavejeros, adecuada a los tiempos: casi nada, pero mucho para una ciudad sitiada desde hacía varios meses.
El pasaje concluía en un amplio patio ajardinado con más puestos y se bifurcaba por sus soportales.
Corrimos y en cierto momento pasamos ante un tenderete de sedas que estaba junto a otro de especias.
Se me encogió el corazón al imaginar allí tirado al desventurado Lope, tal y como se me aparecía en las pesadillas que venía sufriendo desde que supe de su muerte.
¿Íbamos a morir como él?, ¿donde él?
Nos metimos por unas escaleras que se abrían en el muro y daban a los pisos superiores, con más galerías y puestos. Llamé a Mateo Sancho para que se detuviera. Comprobamos que nadie nos seguía.
— Es mejor que nos separemos, Abdalá — me dijo cuando nos habíamos calmado un poco.
Compró dos velos y me enseñó a colocármelos tapando el rostro casi por completo, como hacían las mujeres. Me pareció un disfraz disparatado, pero me explicó que era el modo en que muchos hombres iban también por la calle, una vieja costumbre almorávide.
Decidimos vernos justo a mediodía en la plaza del zoco por la que habíamos accedido a la alcaicería.
Ya a solas, bajé al primer nivel y localicé de nuevo la sedería que estaba junto al puesto de especias. Dentro se movía la sombra de un hombre. Entré y vi con desaliento que no era el sedero que me había preguntado por la casa de Yusef un mes atrás, en San Millán, sino un joven de aire despistado.