7. En la medina
En la medina
Seguí avanzando en las tinieblas, sin pensar en la muerte que chapoteaba a mi lado, con el firme propósito de vivir para siempre o morir en el intento.
Me impulsaba con brazos y piernas, y con esa esperanza que adquiere la dureza del diamante porque nace de la desesperación.
Tenía por cierto que iba a morir, pero seguía nadando bajo el agua, y de pronto mi mano derecha no tropezó otra vez contra la piedra, sino que salió a la superficie.
Emergí con los pulmones a punto de reventar. Ahí estaba el mundo, a mi alcance, lleno de aire, aire sin confines ni fondo, aire fresco por todas partes. Lo respiré todo de golpe. Entero, hasta el último soplo.
Dicen por ahí que es dulce morir por la patria, y honorable también, pero en mi arrinconado corazón nada es tan dulce como estar vivo, aunque sea sin honor, ni patria ni motivo, sin demasiadas ganas y sin saber para qué, pero siempre vivir.
Iba a tumbarme a descansar, pero en la oscuridad noté que algo me atenazaba un dedo, tiré de la mano y golpeé con la otra al tiempo y oí el chillido de una rata y movimiento a mi alrededor.
Me levanté de golpe y me di otro enorme coscorrón.
A tientas supe que estaba en un túnel con bóveda de ladrillo, una de esas cloacas que dan fama a las ciudades árabes.
Durante un trecho avancé a gatas, largando manotazos a ciegas para apartar a las ratas, hasta que llegué a una zona iluminada por un resplandor de arriba.
El conducto vertical era la salida: llevaba a algún sitio iluminado y había una cuerda, imaginé que dispuesta para mí.
Descansé hasta recuperar el resuello y trepé por allí sin demasiada dificultad.
Emergí en el suelo de una casa que parecía deshabitada.
Comprobé que lo estaba, y medio derruida.
La puerta de salida daba a una calle. El fingido ataque que habían montado los almogávares al otro lado de la muralla había acabado ya, y el silencio se había apoderado de la ciudad. Pero allí no había nadie esperándome.
¿Y ahora?
Nuestro hombre en Córdoba era una falacia más, una ficción, una fábula para contar a corros de niños en torno a la hoguera, como debería haber previsto.
Siempre que no lo hubieran descubierto y, sometido a tortura, me hubiera delatado.
Ya tendrían hasta mi descripción física.
Y habrían puesto un precio a mi cabeza, pensé, apenas unas monedas.
Oí pasos que llegaban y me aparté del umbral. Venían varios hombres. Cruzaron ante mí, calle arriba. Eran soldados. Entre dos de ellos llevaban a un herido. Por fortuna no se estuvieron a husmear por la casa, pero uno comentó en árabe al pasar:
— ¡Huele que apesta!
A todo se acostumbra uno, y yo ya no sentía el olor que llevaba.
Cuando se alejaron, salí y comprobé que la casa estaba empotrada en la muralla.
No podía permanecer mucho por allí, porque tras el simulacro de ataque era esperable que se montaran rondas de vigilancia por todo el muro y se registraran los posibles escondites.
Me asomé por la calleja que salía frente a mí, avancé por ella sigiloso.
Y caminando a sombra de tejado, molesto por la chilaba demasiado grande y empapada, que dejaba un reguero húmedo tras de mí, llegué a una pequeña plaza con una fuente de varios caños y pilón.
Me sumergí en el agua limpia en silencio, después me quité la ropa, la escurrí y volví a vestirme.
Iba a regresar a las cercanías de la casa en que había emergido por si veía rondar por allí a nuestro hombre en Córdoba, cuando oí un silbido.
Alguien se aproximaba con tranquilidad. Me escondí tras el pilón, y al asomar la cabeza lo vi venir caminando con paso vivo, de puntillas, pero más por costumbre que por sigilo.
Entonces me di cuenta de que silbaba el mismo viejo cantar que había oído en La Chata Cristiana:
Agora que sé de amor, Ay Dios qué grave cosa...
La melodía me transportó. Volví a escuchar a mi madre y las vecinas cantando en el lavadero, adonde las acompañaba de niño. Comprendí de pronto, por puro instinto, que era la contraseña. Y respondí sobre la marcha con un silbido semejante que concluía el estribillo:
... Agora que sé de amor, ¡agora me metéis monja !
— ¡Bravo! — dijo el buen mozo en mozárabe, el dulce román que se habla en Al Ándalus — . ¿Dónde estás, que no te veo?
Salí de mi escondite. La chilaba me arrastraba por el suelo.
— Pero ¿qué haces ahí? — me preguntó.
Era alto y apuesto, y llevaba con elegancia sus pobres ropas, el pelo pulcramente cortado en un coqueto flequillo y la barba rasurada que dejaba a la vista, cuando sonreía, dos hoyuelos sobre su prominente mentón y una dentadura envidiable, en la que no advertí la falta de ninguna pieza.
— No he podido quedarme junto a la casa de la alcantarilla — le confesé agobiado — . Ha pasado la guardia y pensé que iban a volver y a caer sobre mí. Es la primera vez que estoy en Córdoba y no sabía dónde esconderme.
— Tranquilo, tranquilo — zanjó nuestro hombre en Córdoba — . No temas por la guardia, que eso es cosa mía. Ya estás a salvo. Ven conmigo — añadió, echando a andar con sus joviales pasos de puntillas — . Te voy a llevar a nuestra guarida, no temas. Me llamo Muley Muza. ¿Y tú?
Parecía aún más desnortado cuando abría la boca, pero resoplé aliviado.
— Gonzalo de Berceo.
— Ya. — Se detuvo a mirarme con una sonrisa de reproche — . Y yo Mateo Sancho, pero digo tu nombre árabe, no nazareno. Si vas por ahí hablando en mozárabe y diciendo que te llamas Gonzalo de Berceo, mañana duermes en la cárcel.
— Pues no sé...
— Te voy a llamar Abdalá. Sí. Ese es tu nombre. Abdalá te viene como anillo al dedo.
¿Tenía que ser tan majadero mi único aliado en la ciudad?
— ¿Y árabe sabes, Abdalá? — me preguntó en árabe.
— Poco las hablo pero mucho las entiendo bien — le dije para que se asombrara con mi acento y mi soltura.
— Tendrá que valer — replicó con cierta soberbia — . Diremos que eres de un pueblo del sur de Orán. Los bereberes de por allí hablan el árabe a su aire.
Fui tras Mateo Sancho por toda la medina pasando calles como cuentas de un rosario.
En más de una ocasión tuve la sensación de llegar por segunda vez a un lugar, y supuse que intentábamos confundir a posibles perseguidores.
Atravesábamos de vez en cuando plazas en las que había grupos de personas tumbadas durmiendo, a veces familias enteras.
Me explicó que eran de los que habían podido escapar de la matanza de la Axerquía, y no encontraban otro acomodo.
— Son combativos, porque están en la ruina y la guardia los maltrata, así que pueden sumarse a la causa contra el gobernador.
¿La causa contra el gobernador? Por si no tuviera bastante con andar de puntillas, resultaba ser idealista y humanitario.
Sin duda, Alvar se habría buscado el modo de apoyar una suerte de rebelión de los cristianos mozárabes que quedaban en Córdoba, o nazarenos, como ellos decían.
Pero yo no sabía en qué medida era consciente Mateo Sancho de que los mozárabes no le parecían, ni a Alvar ni a la mayoría de los cristianos, medio moros sino moros completos.
En cierto momento paró mirando hacia todas partes y golpeó rítmicamente una pequeña portezuela de madera con los nudillos:
Agora que sé de amor, Ay Dios qué grave cosa...
Debía ser esa la guarida de los nazarenos, porque la puerta se abrió de inmediato, por sí misma o al conjuro de la contraseña, sin que apareciera nadie.
Entramos y comenzamos a caminar enhebrando salas, escaleras y crujías, caminando por lo que parecían varias casas unidas entre sí por corredores internos.
Me explicó que la comunidad cristiana cordobesa hacía ya muchas generaciones que vivía de incógnito en aquel pequeño barrio, y que habían unido sus casas para poder defenderse y escapar.
— Desde la llegada de los almohades, hace ya varias generaciones cada uno de nosotros somos dos: un mahometano y debajo, escondido, un nazareno.
Los habían obligado a islamizarse bajo amenaza de desterrarlos o eliminarlos.
— Aquí estarás bien — añadió abriendo la puerta de un cuarto — . Aquí teníamos nuestro nido de amor Rosafresca y yo. ¿Cuánto tiempo quieres quedarte?
El nombre de Rosafresca me hizo gracia. Como el de la coima de La Chata Cristiana. Sería común entre nazarenas, como decían ellos, para oírlo dos veces en tan pocas horas.
— Bueno, no sé. Lo que sea necesario antes de entrar en la Casa de los Siete Jardines — contesté — . Tengo que hacerme con el Códice Wallada cuanto antes.
— ¿El códice qué? — preguntó.
— Wal-lada — le dije, intentando esforzarme en la pronunciación.
Me pareció preocupante que nuestro hombre en Córdoba tuviera tan poca información. Pero entonces me di cuenta de que quizá estaba siendo indiscreto. No sabía hasta qué punto podía hablar con él sobre mi misión, y menos en voz alta, exponiéndome a que alguien nos escuchara.
— Ah, sí. Muy bien — dijo — . Yo duermo aquí cerca. Descansa, Abdalá. Mañana te convocarán para el desayuno. Y allí me cuentas.
Se fue sin más.
Mi cuarto tenía un pequeño camastro y dos puertas: malo de guardar, pero bueno para huir.
Abrí la segunda puerta y vi que daba a otra escalera.
Subí para husmear un poco y había allí una torreta desde la que se podía contemplar toda Córdoba bajo la luna.
La huida era poco menos que imposible. Había que volar un buen rato para alcanzar los tejados más cercanos, siempre volcados a un agua sobre patios centrales.
Regresé al cuartucho y me tumbé en el camastro a intentar dormir.
En la pesadilla estaba huyendo de los soldados de la guardia por callejuelas inmundas, así que cuando desperté y oí ráfagas de gritos en árabe, pensé que provenían aún de mi fastidioso sueño.
— ¡Alto!
— ¡Todo el mundo al suelo!
— ¡A mí la guardia!
— ¡Somos la guardia, imbécil!
— ¡Ah, me has matado, perro!
Todo eso sonaba fuera de mi cabeza, me decía mi miedo, y le di la razón. Me puse en pie justo cuando Mateo Sancho irrumpía en la habitación.