Una tumba en Al Ándalus (Gonzalo de Berceo 3) 6. Mentiras y sofismas #4
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6. Mentiras y sofismas #4

Permanecí en silencio hasta que me atreví a preguntar:

— ¿Me está permitido pensar eso?

— Pensarlo sí: para pensar no necesitáis autorización. Pero no vayáis comentándolo por ahí con la simpleza que os caracteriza.

— Cuando empiece el jaleo, en marcha: tírate al agua y remonta el arroyo hasta que hayas sobrepasado por debajo el muro — me susurró Alvar — . Luego no te detengas hasta llegar a la salida. Y una vez fuera, ¡cuidado con la guardia!

Me había proporcionado una camisa y una chilaba que me estaba grande y tenía que recogerme sobre el cordel de la cintura. Además de incómodo estaba aturullado, tras mi encuentro con el pasado en La Chata Cristiana. No podía ni pensar. ¿Y de dónde venía aquel penetrante y espantoso olor?

Acabábamos de llegar al pie del muro, en el costado medianero entre la Axerquía y la medina.

De poco habían servido mis protestas: existiera o no existiera aquel maldito códice, ¿cómo iba yo a hacer para encontrar en una ciudad desconocida una casa con siete jardines sin que sus habitantes, gárgolas o lo que fueran, me denunciaran a las autoridades o me lapidaran allí mismo?

Alvar me garantizó que él mismo se haría cargo de mi ejecución, sobre la marcha y donde fuere menester, en caso de que diera señales de intentar incumplir mi juramento al rey.

Por lo demás, añadió, todo estaba solucionado de antemano por medio de nuestro hombre en Córdoba:

— Te estará esperando al otro lado del muro y, al llegar, te pedirá el santo y seña. Ponte en sus manos. Él sabe cómo evitar a la guardia y dónde podéis pasar la noche sin peligro, y te proporcionará luego las instrucciones para llegar a la Casa de los Siete Jardines y acceder a la biblioteca.

Pan comido, era asunto más para chiquillos que para curtidos hombres como yo.

Una luna recién salida, mediada y creciente, iluminaba el lugar, pero yo había perdido toda noción del tiempo en aquel día que no acababa nunca.

Y andaba sopesando lo que iba a hacer cuando, como decía Alvar, comenzara la fiesta, fuera lo que fuera eso, momento en que debía remontar el arroyo que venía por debajo del muro en busca del río.

Dudaba si, tras tirarme al arroyo ante Alvar, debía detenerme bajo el muro para regresar al rato y escapar de aquella encerrona lo más deprisa que pudiera, evitando la posible vigilancia almogávar por la zona, para salvar el muro y marchar luego hacia el norte, sin parar hasta llegar a la Francia y, desde allí, desaparecer de incógnito por los caminos de la vieja Europa, vagamundo de monasterio en monasterio, como un goliardo sopista, igual que había hecho de joven pero con un buen puñado de años más a cuestas...

¿Podía considerarse eso una traición a Lope muerto, a su memoria, con un duelo fallido, falto de un tiempo de meditación ante una tumba, en el rincón de algún cementerio? No sabía.

Tenía miedo. Miedo, más que nada, de mí mismo.

Si entraba en aquel arroyo, yo solito me metía en la trampa.

Y, ante la expectativa, mi cabeza era una tempestad en la que se agolpaban impacientes las preguntas.

¿Qué pasaría si nuestro hombre en Córdoba no estuviera allí?

¿Había que esperarlo hasta que llegase la guardia a cortarme en pedazos?

¿Cuánto faltaba para el amanecer? Y, sobre todo, ¿cuál era el santo y seña ese que tenía que recibir o contestar yo?

— Pero ¿de dónde sale esta peste que no me deja ni pensar? — fue la única y absurda pregunta que le hice a Alvar.

Durante un instante, Alvar parecía decidido a responderme a puñetazos, pero de pronto comenzó la anunciada fiesta.

Tras un golpe seco resonó el estruendo de un derrumbe, como si se nos estuviera cayendo la muralla encima.

Después, gritos cristianos y árabes llamando al arma a un buen puñado de varas de distancia, y hierros chocando, y juramentos a patadas...

El silbido de una flecha perdida me pasó rozando la cara y me lancé al suelo para cubrirme.

— ¡Vamos, vamos, vamos! — me azuzó Alvar ayudando a levantarme y empujándome por el terraplén hacia el arroyo.

Me metí a zancadas en el agua y supe entonces sin duda de dónde venía aquel penetrante pestazo. El arroyo era pura cloaca plagada de heces y restos que solo podían venir de curtidurías, por su olor pungente.

Me volví hacia Colodro para preguntarle cuál era el santo y seña, pero ya no estaba, así que me agaché y tomé aire para sumergirme y pasar por el hueco abovedado, no sé con qué inventada seguridad de que pronto podría erguirme y caminar.

Pero el paso que di hacia delante fue en falso.

Me hundí completamente en el agua y buceé hacia delante con fuerza.

Cuando intenté subir a la superficie, me di un coscorrón con un techo sumergido.

Aterrado, en vez de volver atrás, cometí el error de buscar a ciegas la salida hacia delante.

Enseguida me di cuenta de que me iba a quedar sin aire. El día más largo de mi vida se estaba convirtiendo en el último. No volvería a ver la luz y me ahogaría en la oscuridad.