Una tumba en Al Ándalus (Gonzalo de Berceo 3) 6. Mentiras y sofismas #3
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6. Mentiras y sofismas #3

Esa misma tarde, mientras en mi cuarto, en un altillo del palacio del deán, andaba traduciendo el último relato del penúltimo códice pendiente, intitulado El libro de los engaños de las mujeres, oí abajo, en portería, inoportunos gritos de mujer.

Y, como el escándalo no remitía, bajé a ver lo que se cocía allí.

Había en el portal una dama de muy mala catadura. Estaba gritándole al deán de Toledo, Domingo Pascual, que el arzobispado le debía veinticuatro sueldos.

Yo intentaba siempre alejarme de Domingo Pascual, mi anfitrión en Toledo, un hombre santo al que muchos habían visto en la batalla de las Navas de Tolosa entrando y saliendo por entre las filas de sarracenos y mamelucos como Pedro por su casa, sin otra arma que la cruz del primado que portaba con la cabeza muy alta, y sin que nadie lo hiriera.

Como aseguraban algunos, los moros ni lo veían, porque la Virgen volaba a su lado dándole protección.

Pero, esta vez, Domingo Pascual no se las prometía tan felices. Aquella mujer lo tenía enfilado y ni la Virgen habría podido evitar que se echara sobre él a destriparlo, si no me hubiera visto bajar a mí. Se giró al oír mis pasos y me señaló:

— ¡Y ese...!, ¡ese era el embriago que venía a veces con él! Una lástima de mozo que iba siempre empapado de vino hasta las calzas. Menudas algaradas armaba el par de pecadores. El otro era grande como un oso y azufrado, y ladraba igual que perro callejero.

Me quedé como si un rayo me hubiera paralizado en pleno descenso por la escalinata, con cada pie en un escalón y la boca cerrada. En la puerta del palacio del deán se había agrupado un puñado de curiosos desocupados, sin duda fabulando con el motivo por el que una meretriz le lloraba al deán.

— ¡Y me deja a deber nada menos que veinte y cuatro sueldos de vellón!

Aquí lo pone escrito con tinta — y enarbolaba temblorosa un papel — , con su dos delante y su cuatro detrás: veinte y cuatro.

Que una su algo tiene de cuentas y números, y es honrada y trabajadora, y nada se inventa, y en lo tocante a su persona humana, limpia es como una patena.

Domingo Pascual tomó el papel y lo leyó con desgana.

— ¿Qué broma es esta? — me preguntó extendiéndomelo.

Era la letra de Odón:

Eres una zorra y me vas a chupar el culo 24 veces.

Firmado: Ebrahim de Torremocha

— No tengo idea, señor deán — dije después de tragar saliva — . Yo a esta mujer no la conozco de nada. Pero parece la letra de Odón de Cheriton.

— Ni Odón de Farfantón, ni Odón de Farfantona.

Se llamaba Ebrahim de Torremocha, y me debe a mí veinte y cuatro sueldos, que me dijo que trajera aqueste papelote para cobrarlos al monseñor deán o al monseñor arzobispo, y si está el arzobispo, con él quiero hablar.

¿Y este — añadió refiriéndose a mí — de qué se va a acordar, si venía hecho unos zorros con el otro, que lo manejaba como a un títere?

Me cago en todo — concluyó la perdularia.

Mientras yo me quedaba ayudando al portero a convencer a aquella mujer de que dejara de gritar, el deán Domingo Pascual subió las escaleras y bajó al rato con una bolsa que le entregó. Ella se sentó en los escalones de entrada y contó las monedas de seis en seis.

Leer no sabría, pero contaba a velocidad de vértigo y sin error. Cuando se fue en buena hora, me comunicó el deán:

— La bolsa tuya que nos diste a guardar, de diez sueldos, queda confiscada — esa palabra usó — hasta que tu maestro Odón nos devuelva los veinte y cuatro.

— Pero pero pero... — objeté yo, carente de argumentos y de la desenvoltura para discutir con un deán sobre el que cuentan que la Virgen voló una vez.

Eran los ahorros del jornal que Odón me había ido racaneando, y que, por temor a posibles robos, yo había entregado a quien al final me los robó.

Cuando, tras luengos días de camino a pie y comiendo lo que a mi vez me acostumbré a confiscar en huertos y jardines, llegué de vuelta a Palencia, me fui directo al palacete de Odón a pedirle mi dinero confiscado por el arzobispado.

— La muy zorra os ha engañado a vos y al mentecato del deán — me dijo — , con un papelucho con mi letra falsificada por algún novicio sin vergüenza ninguna.

La verdad es que me ofreció su cuerpo con entrega apasionada, presa de amor por mí.

Pero, despechada cuando vio que no volvía, decidió vengarse.

Y vosotros, botarates, le habéis pagado el cuádruple de lo que cobra por sus servicios a los que no la enamoran.

Con Odón aprendí muchas cosas: a hacer sermones que enardecieran al espectador, a hacer míos los cuentos ajenos, a comprender y trabajar la cuaderna vía, a beber como si no hubiera un mañana...

¿Lo hay acaso? Ya no importa. Lo cierto es que no consigo recordar ni un solo conocimiento teológico ni una enseñanza de verdadero calado moral que me transmitiera en aquellos años, pero sí varios pensamientos heréticos que expresaba con tanta desenvoltura que me hizo creer, durante mucho tiempo, que yo no entendía lo que decía.

Así que de todas sus enseñanzas no literarias solo puedo agradecer una.

Fue durante una de las discusiones retóricas con las que solía enredarme a partir del quinto vino, sobre el sentido de la vida, a propósito de una conocida línea del Eclesiastés en la que se habla de la ausencia de novedad en el presente con respecto a los tiempos pasados.

— Es cierto. Es innegable: nada hay nuevo bajo el sol. Todo lo que pensamos y lo contrario ha sido pensado ya, y lo que hacemos fue hecho antes y carece de valor — decía yo, ufano.

— Entonces, ¿por qué creéis en Dios? — me dijo.

— Creo en él por revelación de la Iglesia: porque existe, y es mi fe — solté de corrido.

— Es posible que sea a la inversa — dijo mirándome burlón.

— ¿Cómo sería eso a la inversa?

— Que Dios exista porque vos, que no servís más que como despojo para usar en la vanguardia de una batalla perdida, creéis en él.