6. Mentiras y sofismas #2
Me explicó entonces que, con el cierre definitivo del Estudio General de Palencia, Odón había pasado a dar clases en el de Salamanca. En algún momento le reveló al obispo dom Martí la existencia del Códice Wallada con «El bastón de Dios».
Luego el obispo, como era de esperar, había hablado con el papa y, por mandato de este, con el rey Fernando, para ofrecerle dinero aportado por las diócesis para la toma de Córdoba.
— Ciento veinte mil maravedíes, ni uno menos — decía Odón, pero sería otra de sus exageraciones — , a cambio de compensaciones en tierras y casas tras la captura de la ciudad, y de la asociación entre los bandoleros del Vaticano y todos los lameculos de la corte castellana y aragonesa, incluido ese asno sodomita que tienen por rey, para la construcción del arma, en el mismo tiempo.
Es decir, todo lo que en buen latín llaman los prelados el santo negocio. Gracias a esto el rey Fernando había convertido la conquista de Córdoba en la cruzada cristiana del momento, y se había apañado para que la empresa se hiciera solo con ejércitos castellanos y leoneses.
La inminencia de nuevas de guerra larga y creciente era espantosa, qué duda cabe. Pero yo seguía pensando en otra cuestión:
— Bien, si vuestra gárgola os dejó ver el códice — le comenté entonces — , imagino que cogeríais la receta del vino y la descripción del mecanismo del arma, y por tanto ya no necesitamos localizarlo.
Me miró con ojos vidriosos.
— Como sabéis no puedo leer árabe — alegó — . Dejo esas minucias para zánganos sin futuro como vos. Y no me permitieron encargar una copia.
— Tampoco entiendo cómo es posible que los omeyas se quedaran sin vino por ausencia de su bodeguero, pese a tener acceso a la fórmula del códice — añadí acorralándolo.
Bebió un trago largo de su copa antes de responder:
— Aquella mujer, Leila, la pérfida gárgola, me embrujó.
Con su rara belleza y mirada de gorgona, capaz de succionar los espíritus de quien cae en sus brazos, me extrajo a mí el corazón mismo por la boca para arrojárselo a los perros.
No había conocido más intensos placeres en todos los días de mi vida, Gonzalo: vuestro lujurioso ánimo de sodomita, pero pasivo y femenil, no puede entender todo esto.
Fue también una pesadilla cruel. Hui de aquel infierno poco antes de que semejante bruja me arrebatara el alma para vendérsela a Shaitán, el Satanás sarraceno.
Me dolía sobre todo que considerara posible hacerme tragar que la heredera de la más prestigiosa familia andalusí hubiese aceptado compartir su lecho con semejante adefesio sin miedo a que se hundiera bajo su peso. Osadía nunca le había faltado.
En ese momento irrumpió Rosafresca, muerta de risa, contando a voz en cuello en árabe:
— Menudo almogávar, tiembla como un niño y no ha habido forma de que se le enderezara. ¡No había visto cosa igual en mi vida! Y, mirad, me ha dado tres dinares de plata por atizarle con un palo, lo único que lo pone contento. ¡Hasta mi Virgen del Auxilio se reía, desde su hornacina!
Hubo fiesta y carcajadas de mujeres. Odón se levantó a intentar poner calma y evitar que el almogávar se enterara de que las burlas eran con él, y al rato salió Alvar como si nada.
Y yo me quedé envuelto en mis dudas.
A esas alturas solo tenía una cosa clara: lo más probable era que Odón jamás hubiese visto el Códice Wallada y estuviese hablando de oídas, a partir de rumores de sirvientes.
— Lárgate en mala hora y busca buenas compañías de aquí en adelante, mocoso — me había dicho la madona del antro en que desperté medio roto, con las calzas embutidas al revés, la noche en que Odón me dio a probar, para remate de mi borrachera, el xerez, con sus sombras ácidas y amargas de manzana y almendra.
No conseguía recordar nada después de haberme dejado llevar en aquel viaje de sabores y olores, pero al llegar dolorido y abochornado al Estudio General me entregaron recado del mismo Odón: una nota en papel y un rollo en pergamino.
En la nota me avisaba de que pasaría a recogerme temprano a la mañana siguiente de camino a Toledo.
El rollo de pergamino era la copia mía de un documento de contrato que traía al pie su conocido sello — la estampa de un san Odón de Cluny escribiendo en su pupitre bajo un dosel, pero mucho más orondo de lo que conviene a un monje de vida beata — y mi rúbrica con escritura temblorosa de enajenado.
Me había comprometido a trabajar con él en la vieja ciudad durante los seis siguientes meses por un jornal que no aceptaría ni un mozo de mulas.
Intenté echar atrás el acuerdo, pero no había escapatoria. Era ir con Odón a Toledo o volver a casa de mi padre, donde a aquellas alturas de mi juventud nada se me había perdido.
En Toledo, mi misión fue buscar para mi maestro libros de relatos de procedencia oriental en la biblioteca que había reunido el arzobispo del lugar, el temible y erudito Rodrigo Jiménez de Rada — cuya fama cruel conocía yo de primera mano de la campaña en las Navas de Tolosa — .
El buen arzobispo se había empeñado en evitar la quema de tanta idolatría árabe para recabar en ella información sobre la religión mahometana con la candorosa pretensión de impugnarla y destruirla a través de sus propios textos.
No funcionó, como era de esperar. Los libros de quienes adoran a Dios con otros nombres suelen parecerse demasiado a los nuestros.
Una vez localizados los cuentos, tenía que traducirlos al latín para surtir las compilaciones y los sermones que, a su vez, Odón de Cheriton publicaba y vendía por toda la cristiandad bajo su prestigiosa firma.
Pero la cosa se torció de entrada: Odón estaba mal informado y allí no había sino códices de astronomía y medicina, tratados de astrología, epítomes de magia para deanes y de alquimia para perturbados, opúsculos sobre las propiedades curativas y místicas de las piedras, herbolarios con recetas de bebedizos prodigiosos...
Nada de verdadero provecho para mover los corazones y desnudar las bolsas de los fieles incluyéndolo en un sermón eclesiástico.
Puesto que mi maestro no sabía una palabra de árabe y me pagaba a tanto la hablilla traducida, empecé poniéndole en latín cuanta fábula de Esopo recordaba, fingiendo que las traía de una compilación de por allí, pero sabía bien hasta dónde podían llegar mis pocas letras por entonces, y hube de moverme por las aljamas de la ciudad en busca de otras bibliotecas.
Fue así como entré en contacto con eruditos mozárabes, tanto judíos como cristianos, a los que debí de resultar simpático, porque me fueron abasteciendo del material que buscaba.
Comencé con la Historia de Ahiqar, un Esopo asirio que me proporcionó tiempo de gracia para buscar sin agobios más material.
Mientras tanto, Odón desaparecía, para mi alegría, hasta que de vez en cuando me invitaba a cenar en alguna alquería de los arrabales toledanos y luego me llevaba de gira por los antros y me atiborraba de vino hasta que me salía por las orejas.
En Toledo, la gran ciudad, aprendí al tiempo a navegar en la lectura de códices lejanos que trataban de mí y a perderme sin mí en tugurios donde la vida de un hombre o de una mujer no vale casi nada — dos monedas o una palabra dicha al oído — y los amigos vienen y se van con un soplo de viento y sin dejar señas, o se convierten en desconocidos, o encuentran la muerte sin motivo que pueda averiguarse, y son reemplazados por enemigos al momento.
Allí no se hacían preguntas e, igual que había muertes instantáneas, había también amores eternos que duraban apenas unas horas.
Alguno contaba que al volver a su casa la había encontrado convertida en un convento de monjas coptas o en un lujoso burdel, si no tomada por una familia de bereberes o un regimiento de soldados cristianos en amenazador estado de embriaguez.
En sitios así, luego nunca nadie recuerda nada, ni yo tampoco a la mañana siguiente de aquellas noches de gira con Odón, cuando, arrojado en el camastro de alguna mancebía de mala muerte, amanecía con el cuerpo y las calzas desgarrados, la cabeza abrumada por una resaca tremebunda y la bilis pugnando con el vino por escapar del sufrido estómago.
Nada ha ocurrido, me repetía, pues solo recuerdo voces lejanas, mordiscos en la piel, carcajadas, besos inmundos, música atronadora, achuchones, aullidos de can siempre despierto en lejanía: como si ya no hubiera una vida anterior ni tampoco esperanza de un porvenir.
Pasaron los meses y tenía ya el trabajo casi acabado cuando Odón me comunicó que había de regresar con urgencia a Palencia por la repentina enfermedad de un sobrino a su cargo.
¿Un sobrino normando de Odón?, ¿a su cargo?
, ¿un descendiente del pirata y la princesa estudiando en Palencia?
Qué absurdo que nunca hubiera ni oído hablar de él, me decía yo mientras lo ayudaba a trasladar el equipaje desde sus habitaciones en el palacio del deán, donde vivíamos, a la taberna de postas del norte de Toledo.
Solo cuando mi maestro agitaba la mano por la ventanilla del carro que partía, recordé aquel consejo que una vez me diera:
— Si os veis en la necesidad de mentir, mentid con convencimiento, pero contemplad que vuestra mentira sea lo más inverosímil posible.
La gente inculta y arrastrada como vos cree con más facilidad lo inverosímil.
Confían en que nadie se atrevería a decir algo tan increíble al mentir.
Ya lo afirmaba Tertuliano, a quien no os conviene leer: Se cree, precisamente, porque es absurdo.
— ¿Y vos mentís? — le pregunté al oír su consejo, pues ya me había parecido escucharle mentiras como catedrales en distintas ocasiones.
— Siempre miento — dijo, atrapándome de nuevo en uno de sus sofismas.