6. Mentiras y sofismas
Mentiras y sofismas
— Levantad de una vez, viejo venenoso, para que os dé el trato que merecéis — dije impaciente ante un Odón derribado por mi puñetazo, muchos años después, en La Chata Cristiana, el antro de mala muerte al que me había llevado Alvar al final de nuestro paseo por la Axerquía.
— Pero ¿quién os ha mentido, hijo mío al que crie enseñándole cuanto sé sobre la religión verdadera y el insensato diablo? — gimoteaba Odón de Cheriton buscando el resuello arrodillado — . ¡No creáis lo que de mí van pregonando las raposas en los lupanares!
Seguía siendo el mismo, capaz de liar a tres obispos y hasta al propio rey de Castilla y León para que me obligaran a jugarme la vida en busca de un libro.
— Haz lo que te plazca, como si quieres filetearlo — comentó Alvar Colodro cuando consiguió dejar de reírse de Odón — , pero es él quien tiene que darte las señas del Códice Wallada en Córdoba. Y sin el códice no puedes regresar de allí.
Y, además, ¿de qué me servía darle una paliza a un saco de carne y sebo sin principios? Él no iba a cambiar, ni yo tampoco. Por pura pereza, dejé caer ahí el telón sobre nuestra melodramática e improvisada comedia.
— Me habíais asustado, muchacho — exclamó mi viejo maestro, mientras, sin quitarme la vista de encima gateaba hasta la mesa y se ponía en pie, apoyándose en ella y en la silla y a punto de volcar ambas — .
Ea, brindemos por los viejos tiempos. ¡Rosafresca!
, ¡Rosafresca!, ¡Encarnación! ¿Dónde se habrán metido estas rameras de pocilga...
? ¡Ah! ¡Al fin! ¡Acoged al fiero Alvar y a maese Gonzalo como merecen tras su larga odisea, pese a que ninguno de ellos sería capaz de distinguir una hembra de un saco de hortalizas!
¿Queréis que os lleven algo de comer a sus habitaciones, por cierto?
Cuando desaparecieron los mercaderes de aquí, dejaron los almacenes llenos de grano y vino y pescado en salazón.
Gonzalo, para vuestra falta de brío siempre es necesaria una mujer de cierta edad, con paciencia.
Alvar: tú con Rosafresca, que te va a enseñar la única pelea que pierden siempre todos los valientes.
— ¡No no no! — exclamó Alvar, rojo como una sandía cordobesa cortada por la mitad y atemorizado igual que si le hubieran plantado delante las seis cabezas serpentinas de la mismísima Hidra.
— Vamos, ven con tu mamá que no te va a pasar nada — dijo lanzando una carcajada la tal Rosafresca, y lo atrapó del brazo — . Pero que luego no me pague como hacen los suyos, dejando armas en prenda — le espetó a continuación a mi profesor.
— ¡Será por dinero! Odón se encarga del pago, mira que eres rapiñera.
Al ver la encerrona, casi echa a correr Alvar, el adalid del rey.
Aquello merecía un cantar de frontera de cinco mil versos, cuya composición aplacé para cuando saliera de allí, si es que salía.
Y luego ya se sabe lo que pasa con esos grandes poemas, que los va dejando uno hasta que se desvanecen en el éter.
Sin duda, con solo el título de Alvar el almogávar me habría dado ya buenos dineros.
Menos mal que todo está escrito, a la espera solo de que alguien lo recuerde en una mañana de arrobamiento.
Allí estuvo negociando, parecía que en vano, el correveidile Odón, que sin duda quería hablarme sobre el códice a solas.
Como un pájaro en una mazmorra o una sortija en un charco de barro, apareció, para mayor estorbo, una niña de siete u ocho años que se puso a tirar de la falda de Rosafresca pidiéndole que jugara con ella.
— ¡Encarna! ¡Cuídame a la niña que tengo lío! — pidió la madona.
— ¡Ven acá, corazón! — dijo su comadre saliendo de la portezuela tras el mostrador.
No sé entretanto qué le diría Odón a Alvar para cerrar el acuerdo, el caso es que el almogávar se fue siguiendo los pasos de Rosafresca más animado.
— ¡Y que alguien nos traiga de una vez una cántara de vino, Encarna! — gritó Odón — . Que parece que andáis dormidas, y yo aquí, disecado.
No solo se acomodaron de nuevo las tañedoras de rabel y laúd en el estrado, sino que, por si tuviéramos poco martirio, se les unió una más, corcovada, cantando una vieja canción en román:
Agora que sé de amor, Ay Dios qué grave cosa ...
— El Códice Wallada es la obra perfecta — me decía, una vez que nos acomodamos en uno de los escusados — .
Se trata del asombro del mundo, Gonzalo, y esto no lo sabríais medir ni aunque la Santísima Trinidad se posara sobre vuestra indigna cabeza y os iluminara con su verdad, pero habréis de asumirlo de quien es más sabio que vos.
Con las joyas engastadas en sus tapas de cuero se puede comprar Córdoba y aún sobraría para proveerme de por vida de un vino bastante mejor que esta basura aguada.
Y guarda en su interior los secretos de la ingente ciencia que acumuló durante años la familia omeya: ¡la flor de Al Ándalus! Una panda desbocada de rijosos.
Iba a ser bastante difícil hacerse una idea del libro, porque la imaginación de Odón se disparaba en todas las direcciones posibles al hablar de él. Me explicó a continuación que el arma de la que se hablaba en «El bastón de Dios», el libro que lo cerraba, no era un arma cualquiera.
— Un arma nunca vista capaz de poner en fuga al más temible ejército o de rendir los muros de una ciudad en el tiempo que tarda en asomar completo el disco del sol.
¡El arma del Armagedón! — exclamó con entusiasmo apocalíptico — .
Ligera como un venablo, pero cargada con una aguja de metal candente, que atraviesa desde la lejanía los escudos, las armaduras y los cuerpos, así tengan el sebo de tres barrigas como la mía.
— La capacidad soñadora de Odón no daba tregua — .
¿Podéis imaginar un ejército de soldados — dijo poniéndose en pie y agitando el brazo desarmado en el aire — , cada uno con un bastón de Dios, a pie o a caballo, en mitad de la batalla?
De acuerdo. Daban ganas de echarse a correr ante un arma así, suponiendo que pudiera existir, y el miedo se convertía en pánico de solo imaginarla en manos de cualquiera de los reyes del entorno o, peor aún, de Alvar, que la pondría rápido en manos de ambos bandos a un precio escandaloso.
— ¿Y desde cuándo os interesa a vos la santa guerra, venerado maestro en el arte del vicio y la holgazanería? — le pregunté, bastante harto.
— Es evidente que ni un proyectil lanzado por el bastón de Dios lograría abrirse camino por tu mollera rocosa — se lamentó.
Con su irritante tendencia a remontarse hasta los días del santo Job, me explicó que desde que llegó a Palencia y se instaló como profesor había establecido correspondencia con uno de los descendientes de la familia omeya, con la excusa de intercambiar sabidurías místicas y el verdadero fin de interesarse por la carestía del sherry que le enviaban a su familia para comercio desde tiempos inmemoriales.
El sabio omeya lo invitó a su palacio de Córdoba, y allí le contó que el bodeguero que elaboraba en Xerez el vino para la familia se había largado años atrás con la fórmula a Sicilia.
Y ya nadie conocía el secreto para hacer aquel vino único.
Sin embargo, hablando con los siervos de la casa, Odón se enteró de que en la enorme biblioteca de la familia se hallaba el Códice Wallada, cuyo verdadero título era Tesoro de la sabiduría de los omeyas, una joya del conocimiento con varios opúsculos acumulados a lo largo del tiempo por los omeyas: el del arma, que efectivamente no le interesaba demasiado, y otro indispensable para Odón.
— Se trata de un estudio fundamental que contiene la fórmula del sherry, escrita por el sabio fenicio Magón.
¿Alcanzan vuestros sesos sin sustancia a hacerse una idea de lo que os estoy diciendo?
Un secreto fenicio ancestral que, por extraños procesos alquímicos de su cocción, convierte un mosto insulso en el legado más importante de la Antigüedad.
— ¿Queréis decirme que me habéis metido en una misión suicida para conseguir una receta de fermentación de vino que os enriquezca? — le lancé a la cara.
Odón miró con preocupación mis puños crispados de nuevo.
— Sosegad, Gonzalo: sosegad. ¡Yo no necesito dinero!
¡Tengo mucho más de lo que vuestra familia de prostitutos y zorras podría acumular vendiendo sus cuerpos treinta veces cada día desde el principio hasta el final de los tiempos!
¡Soy lord por fin! Pero os excuso el tratamiento, aún ni lo he comentado en mi entorno, no quiero que esa caterva de miserables huela el dinero.
Mi padre, avaro como una rata de cloaca, al fin se ha retirado al infierno, y ya estará sorbiendo fuego por su robusto trasero, para alegría de mi difunta madre.
Me explicó que, sin embargo, el que iba a hacerme rico era yo, explotando la fabricación del vino.
Me cedía el secreto en cuanto lo encontrara, con su habitual generosidad, con tal de que le enviara lo que necesitaba para su retiro: apenas cuatro barricas anuales, una pequeña asignación con la que daba su generosidad por pagada.
El comerciante era su abuelo, él solo había llegado a maestro de Teología, sermonero y bebedor impenitente, y con eso se conformaba.
Me sosegué. ¿Qué lograba yo obligándole a comerse su sombrero a golpes? Nadie iba a conseguir meterle nunca entre sus espesas cejas que hay quien prefiere a cualquier dinero seguir vivo los años que buenamente pueda.
Luego Odón pasó a hablarme de la hija del sabio teólogo con el que se escribía, que andaba al frente de la biblioteca de la Casa de los Siete Jardines.
— Mujer tan juiciosa como fascinante, con tetas como manzanas del Líbano, pero peligrosa cual gárgola... Vos, con la sensibilidad de alcornoque que tenéis en todo lo que os cuelga, no podríais juzgar algo así.
Y, por supuesto, la mentada gárgola, seducida por Odón, le había proporcionado acceso libre a su cuerpo, primero, y de inmediato al códice. Así de fácil, buena jugada, la dama y el códice. Tan sencillo que no me creía ni la mitad del cuento.