5. Arrabales #3
Fui el único imbécil que lo reveló, aunque muchos otros lo hablaban y mostraron más prudencia.
Ahí empezó todo. Me presentó al maestro Andrés, otro profesor del estudio, un sabio judío que manejaba a la perfección la lengua árabe — además del hebreo, el arameo, el griego y el latín — , y me emplazó a recibir clases de él para aprender a escribirla y leerla sin coste alguno para mí.
Tiempo después, ese otro día en su casa, tras la cena, me tenía a su merced en el final ya de un largo asedio que había llevado a cabo enredándome sin prisa. Apretó el nudo sin piedad y se cerró sobre mí la trampa.
— Y ahora, hijo: silencio — me pidió cuando el fulgor sangrante de la noche se imponía alrededor de la torre de su palacete — .
Voy a perder un poco más de mi valioso tiempo dándoos a probar algo que sobrepasa vuestras pobres expectativas.
Llamarlo vino es depreciarlo. He pensado referirme a él como néctar, ¿qué os parece...
? No. Demasiado amanerado. Lo que vais a probar, Gonzalo, es un milagro.
Me había invitado a cenar, me había mostrado su curiosa biblioteca — a la que comprobé que habían ido a parar por algún azar varios de los libros desaparecidos recientemente de la del estudio — .
Me había preguntado qué iba a hacer cuando cerraran las aulas en tiempo de Pascua, y yo le había dicho que estaba a la espera de que me aceptaran como sirviente de prelados en la catedral durante las vacaciones.
Me explicó que el vino había que paladearlo, pero que no me olvidara de aguzar todos los sentidos, y en especial los más primitivos y hondos, preferidos de los reptiles que somos en nuestro interior: el gusto y el olfato, porque convocan el recuerdo de lo sublime, de lo que nos hace estremecernos, todo lo que provoca al tiempo fascinación y temor.
— Y esa es la fuerza de este vino sobre el espíritu — pontificó — , os devuelve en sus efluvios al tiempo ya perdido: al patio con el puchero de la madre si sois joven, al granero en que alborotabais las primeras faldas si sois viejo, o al rubor de la primera mentira que nadie descubrió si sois rico.
¡Vino de tierra de moros!, ¡preparaos a caeros de culo!
— dijo poniéndose en pie para rellenar mi copa.
Aunque yo ya estaba bebido más que de sobra, objeté que a los moros no les permiten beber vino (no sabía entonces que mi familia había aprendido de moros a hacerlo).
Odón se rio con ganas de mi desconocimiento del mundo.
Me habló de las viñas, de los borrachos y de los poetas persas que cantan el vino de Samarcanda, una ciudad del Asia en la ruta de la seda, o de los andalusíes en Córdoba.
Me habló también de su familia, intentando hacer pasar por leyenda de amor y de aventuras la crónica de la ambición de siempre, la misma de todos los poderosos, porque los desposeídos carecen de historia de familia, y su heredad es un horizonte invariable de pobreza y sometimiento.
La fábula familiar de los Cheritones empezó a desplegarse con un antepasado normando, un pirata que, en el asalto a la ciudad mora de Xerez, había robado, en una de las alquerías del puerto del Guadalete, por todo botín, una muchacha y una barrica de vino.
Y cómo, en cuanto se enteró de que la raptada pertenecía a la poderosa familia omeya — la de los primeros emires y califas de Al Ándalus — , había vuelto con la joven cargada de joyas para llenar de regalos y pedirle matrimonio al padre y otra barrica de sherry, como llamaba él a la ciudad y a su bebida.
Y así comenzó el comercio de ese vino en la ciudad de Cheriton del condado de Kent, en la Ingalaterra normanda, donde su antecesor se instaló con su ya legítima esposa mora e hizo la gran fortuna familiar.
— Hasta hace unos años — me explicó Odón — , en que se acabó el sherry, ¡ay de mí!
Os estoy dando, a un inútil sin paladar como vos, la última botella de la última barrica que me queda, Gonzalo — bramaba el maestro de Teología — .
Admiradlo, oledlo y probadlo. Descubrid este otro mundo de placeres inmensos... , ¡y despedíos para siempre de él!
Como mi maestro me pidió y pese a estar yo ya más borracho que la misma cuba de la que aquel vino se había extraído, observé su color de oro pálido, olí aquella fuerte marea salada en anuncio de tormenta y, apurando hasta la última gota de un trago, paladeé su amargo y seco sabor a almendras y manzanas verdes, mientras el veneno que traía se apoderaba de mí.
Después no recuerdo nada más.
Desperté al día siguiente en el camastro de un lupanar al que no sabía cómo había ido a parar, con el cuerpo sucio y molido como si me hubiera pasado por encima una caravana de carros de guerra, y con mis calzas de novicio enfundadas al revés: la bragueta en la culera y la culera en la bragueta.
— Lárgate en mala hora y busca buenas compañías de aquí en adelante, mocoso. Ese hombre que te camela es el demonio — me soltó la madona de aquel antro, que se conformó a duras penas con que vaciara los restos de mi exigua bolsa en su mostrador.