5. Arrabales #2
Almogávares del mismo aire entre ovejero y borreguil que su jefe nos saludaron cuando accedimos a la Axerquía por una puerta fortificada con una pequeña torre albarrana.
La calle principal, la única despejada, partía de ahí y atravesaba el arrabal desde el exterior hasta la muralla medianera.
Para evitar cualquier intento de asalto desde la medina, las demás calles estaban cortadas y, según íbamos andando, más y más atrincheradas o barradas: atravesadas de vigas y restos de muebles de las casas, varias de ellas tiznadas por el fuego.
La ruina de una ciudad, como la de una familia o la de una persona, nunca deja de ser una visión instructiva, porque cada casa que se derrumba deja a la vista algo que duele al verlo, el caballito de madera de un niño, un libro calcinado, un cántaro roto, una olla con restos de arroz, alguna prenda de ropa manchada de sangre...
, los alrededores del alma de sus habitantes, que persisten en el lugar donde vivieron sus penas y alegrías.
Atravesamos primero una zona residencial de villas separadas entre sí por amplios jardines, varios de ellos ahora devorados por el fuego.
Cerca ya de la muralla, Alvar me llevó por otra zona de pequeñas calles, y, sorteando obstáculos, llegamos a un caserón con un farol colgado en la puerta, que iluminaba la entrada, y un cartel en árabe sobre el dintel:
FONDA DE LA CHATA CRISTIANA
Fondas llaman en Al Ándalus a esos tabernuchos que sirven lo mismo para borrachos que se afanan en el vino que para mercaderes que toman habitación allí mientras paran en la ciudad y guardan el género en sus dependencias.
Alvar me explicó que había mantenido el lugar en funcionamiento para solaz de sus hombres en los relevos, pero no se veía mucha gente por ahí.
La sala grande, llena de mesas rodeadas de sillas de tosca madera, estaba casi totalmente vacía, como los salones adyacentes, de esos que usan los mercaderes para hacer sus cambalaches o subir de consuno el precio de la harina y echarle después la culpa a la guerra, la lluvia que anegó cosechas o el empedrado.
En medio de la sala había un patio cuadrangular rodeado de sobrias columnas, y en el centro del patio, sobre un anafe con brasas, hervía un caldo contra el que me previno Alvar.
— Dicen que lleva sin parar de bullir desde el comienzo del califato. Renuevan las brasas y los huesos...
Por el desagradable olor, me parecieron huesos más bien de viajero endeudado que de res o de cabra.
Detrás del patio, al fondo, en un pequeño tablado, se representaba un espectáculo sin espectadores y más entristecedor que deleitable, a cargo de dos mujeres que, juntas, resultaban inverosímiles.
Una era escuálida como un suspiro y frotaba con un arco un rabel abombado con forma de pera.
Debían de faltarle o sobrarle cuerdas, salvo que el propósito fuera aquel chirrido semejante a un gato que araña una plancha de metal para afilarse las uñas.
La otra, muy voluminosa, soplaba con desatinado ahínco una flauta delgada a la que parecían haberle taponado la mitad de los agujeros.
Cualquiera habría sentido prisa por salir corriendo de allí sin mirar atrás, salvo un almogávar casi anciano, adormecido por la embriaguez, que sonreía complacido sentado a una mesa.
Solo se veía a otro cliente, un hombre del tamaño del portón de una sala capitular.
Sentada en sus rodillas, con los pechos rebosando por el escote, retozaba una mujer que le susurraba con cariño y picardía alguna terneza al oído.
El hombretón se puso en pie con la chica en volandas, se dio la vuelta, la dejó en el suelo, e hizo restallar un cachete en su trasero, al que ella respondió escupiéndole en árabe un insulto desconocido para mí.
Nos reconocimos casi al mismo tiempo el uno al otro.
— ¡Gonzalo de Berceo! ¡He ahí el fruto prematuro de una barragana y un ahorcado!
— bramó el enorme hipopótamo abriendo los brazos, a la espera de que fuera yo allí, a desaparecer entre los pliegues de sus carnes —.
¡Qué lozano os encuentro! ¡Parece mentira que además de sietemesino seáis tan gran hijo de puta!
Pese a que debían de haber pasado ya más de quince años desde la última vez que lo vi en una taberna de París, durante un infausto viaje de novicio que hice, Odón de Cheriton no había cambiado en absoluto.
Pero yo, sin saber por qué, había borrado hasta ese momento por completo de mi recuerdo su rostro esférico y barbudo de sonrosadas mejillas.
Me acerqué como demandaba, conteniendo todas mis emociones para evitar que ninguna línea de mi rostro las desvelara.
Y cuando lo tenía ya apenas a un paso, en vez de meterme en su abrazo, le lancé un ictus de gancho a la barriga.
Espiró con un resoplido todo el aire que llevaba dentro y cayó al suelo de rodillas, desfondado.
— Levantaos, Odón de Cheriton, viejo pervertido, y pelead como si fuerais un hombre y no escoria — le dije apretando los dientes.
Ya sabía quién era el culpable de que las más ilustres cabezas de la Iglesia y el rey mismo me hubiesen puesto en el punto de mira de una saeta que comenzaba a buscarme las espaldas en aquella inhóspita ciudad de frontera.
La carcajada de Alvar logró que el estridor del rabel y la flauta se apagaran de una vez. Huyeron las madamiselas músicas al olor de la refriega, y la acompañante de Odón escapó también, pero con mayor discreción, por una portezuela que había, tras un pequeño mostrador, en un rincón del lugar.
Cuánto daño me hizo y qué poca vergüenza tenía mi excelente profesor y abyecto ser humano.
— Bien: ya habéis probado lo fundamental de mi bodega...
Aunque es evidente que carecéis de la sensibilidad necesaria para apreciar este tinto de los valles del Mosela.
O este clarete de Burdeos, en la Aquitania.
O aquel blanco de los bancales del Rin...
Ah, ¿y qué me decís del vino de las colinas de Chianti, en la Siena toscana, de cuerpo sangrante y traslúcido como el cutis de una doncella?
¿Nada? Cuando os doy a beber mis caldos, Gonzalo, tengo la sensación de estar derramando el vino...
¡Hay más entendimiento sensible en vuestros calcañales que en vuestras mientes!
Ni la muerte, tan a mi acecho ahora, conseguirá que olvide la tarde en que Odón de Cheriton, mi maestro de Teología en el Estudio General de Palencia, se adueñó por fin de mi pensamiento, mi alma y la mayor parte de mi tiempo.
Me había invitado a su gabinete en lo alto de la torre del palacio en que vivía, en la gran Rúa del centro de Palencia, desde donde se dominaba el atardecer rojizo y brillante reverberando sobre las aguas del Carrión, tras la muralla.
Como novato al que un gran maestro le honra con su familiaridad, yo estaba tan entusiasmado que había descuidado la defensa.
El viejo Odón llevaba ya dos años empeñado en mi educación, desde la primera clase en que, en vez de darnos la anunciada disertación sobre las personas de la Santísima Trinidad, nos sorprendió hablando, en su tan culto como brusco román, del mercado Viejo de Palencia y todo lo que se podía encontrar de buena mañana en sus tenderetes, y luego de las hazañas de Alejandro Magno, y por último de la necesidad de encontrar y practicar un verso que, como el alejandrino galo, hijo predilecto del verso goliardo, traspasara las cadencias del latín al román local:
— ¡Dam-DUM, dam-DUM, dam-DUM-pa!, un hemistiquio.
¡Dam-DUM, dam-DUM, dam-DUM-pa!, el otro.
¡Este es el verso del futuro! — escandía golpeando con las palmas de sus manazas el pupitre del estrado desde el que gobernaba el aula — .
Es difícil de creer, pero usáis el oído con más torpeza que lo que os cuelga entre las piernas, infectos aprendices de nigromante.
En el estudio de Palencia, alumnos y maestros nos tratábamos de vos para dar pábulo a la ficción que hace a un hombre de letras algo de importancia.
Recuerdo que, cuando acabó la clase, pidió que alzaran la mano los que supiéramos hablar árabe, y yo, que había jugado de niño en esa lengua con una muchacha, levanté la mano.