Una tumba en Al Ándalus (Gonzalo de Berceo 3) 5. Arrabales
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5. Arrabales

Arrabales

En ayuda de la indolencia de Alvar vino, para colmo, el grito de horror que lanzaron los espectadores del alanceo.

Los dos nos volvimos. Dentro del cercado, el toro le acababa de descoser las tripas al caballo, que cayó rendido con las entrañas esparciéndose en tropel ante sí.

Y ahora se disponía a hacer lo propio con el jinete, al que vimos correr en busca de la cerca y con escasas posibilidades de alcanzarla antes de que el toro lo hiciera picadillo.

Los espectadores huyeron en dos grupos en direcciones opuestas.

Todos menos uno, que saltó adentro, corrió hacia el toro llamándolo a imponentes voces y silbidos de pastor, y lo distrajo, mientras el caballero se ponía a salvo aterrado, dándose un buen porrazo al saltar la cerca, entre las carcajadas de las soldaderas.

Entonces el recién aparecido enfrentó al toro corriendo hacia él y, cuando la embestida parecía inevitable, dio un salto salvando su paso con una voltereta en el aire, para caer en el suelo tras su grupa, de pie, con los brazos en cruz.

Sin saber dónde se había metido su víctima, el toro se frenó clavando las pezuñas en la tierra y levantando una enorme polvareda.

La ovación ante aquella peligrosa extravagancia se oyó en Córdoba y hasta en Sevilla.

— Déjalo por tu bien, Benito de Baños — masculló Alvar entre sí — , que ese ya ha catado la sangre y está muy vivo.

Así que se trataba de uno de los almogávares de Alvar, pastores de rebaños variados. Me pregunté si después de marear al toro, el tal Benito se entretendría enamorando a sus vacas.

Pero sin atender a Alvar, el almogávar siguió citando al animal y anduvo volando saltarín una y otra vez sobre él hasta que la bestia, que había perdido bastante sangre con las lanzadas iniciales, se detuvo agotada a coger aire, mientras el matatoros se llegaba a la cerca, para felicidad de las soldaderas y rabia de los de Calatrava.

— Ben Saíd, o Lope, está muerto — contestó al fin Alvar volviendo a mirarme y sin pestañear — . Lo acorralaron en el zoco y lo mataron.

— ¡Ma-ta-to-ros!, ¡ma-ta-to-ros!, ¡ma-ta-to-ros! — rugía la gente en torno al ruedo.

— Ya. No parece muy seguro trabajar con vosotros allí dentro, ¿eh? — le dije a Alvar, como de pasada.

El toro estaba parado, con la cabeza gacha y la lengua fuera, listo para que alguien lo rebanara en filetes, y Baños volvía ahora, acercándose a él con una espada en una mano — un estoque francés de esos que de punta atraviesan las cotas de malla como si fueran mantequilla — y en la otra la camisa, que se había quitado y mantenía baja, agitándola a ras de suelo ante el toro, que seguía como modorro el movimiento pendular con que Benito lo adormecía.

Entonces Baños avanzó dos pasos, y el toro embistió tozudo hasta ensartarse él solo por la cerviz en la estocada que le venía. Cayó redondo.

Aquello fue el acabose. Varios compañeros de Baños saltaron la cerca para felicitarlo, mientras las soldaderas gritaban para que se acercara a donde estaban, pues ni por asomo pensaban arrimarse ellas al toro muerto.

— Yo mismo le avisé a Lope de que no le convenía exponerse, pero bebía demasiado y resultaba incontrolable — dijo Alvar encogiéndose de hombros.

La interrupción del revuelo con el toro había dado a Alvar tiempo suficiente para buscar una excusa, pero lo que decía sonaba razonable: el sedero le había contado a Yusef que Lope iba borracho y como perdido cuando lo perseguían.

De pronto, por el otro lado de la cerca, el caballero de la cruz de Calatrava al que Benito de Baños había salvado, jinete en nueva montura, saltó el obstáculo lanza en ristre y enfiló hacia el matatoros, que lo vio venir y detuvo a sus amigos mostrándoles con gesto altivo la palma de la mano, erguido y sin alterarse.

Parecía que al repeinado no le había sentado bien que un vulgar vaquero le hubiera salvado el pellejo y arrebatado los aplausos generales.

— Pobrecito mío — dijo Alvar.

Se refería al caballero, entendí por la sonrisa que se le había puesto.

No hubo tiempo para contradecirle. Sin atender a los chillidos de las soldaderas, Baños se mantuvo inmóvil mucho más de lo necesario, amagó con saltar por donde el caballero traía la lanza, a la siniestra, pero por sorpresa dio un salto sin apenas impulso que lo desplazó a la diestra del pecho del caballo.

Cuando el caballero intentó rectificar la orientación de su ligera lanza, ya lo estaba rebasando.

Y al erguirse tras su salto, el matatoros lanzó un tajo seco con el filo del estoque que le rajó a su oponente el muslo de la pierna izquierda, haciéndolo caer como un saco por el costado de la lanza.

Sin órdenes que cumplir, el caballo se detuvo.

Aquí no hubo ovaciones, sino un silencio asombrado.

Ni falta que le hacían a Benito de Baños.

Saludó a su compaña lanzando besos volados en círculo que no concluyeron hasta que los recibió también el grupo de patidifusos caballeros de Calatrava.

Abrazado por los suelos a su pierna herida, el alanceador se retorcía y chillaba de dolor.

— ¿Y qué le pediste a Lope que hiciera para que se lo cargaran por traidor? ¿Os abrió una puerta de noche? ¿Mató a alguno de los vigilantes?

Se rio con ganas. ¿Lope ayudarle a pasar a la Axerquía?

Jamás le habría confiado a un borracho información sobre un plan de ataque.

Me explicó que Lope a lo que le estaba ayudando era a localizar el Códice Wallada.

El rey, pese a que no sabía ni cómo me llamaba, le había encargado a Alvar que fuera a buscarme a San Millán, pero Alvar había preferido tomarse su tiempo para ver si daba con el manuscrito sin mi ayuda.

Infiltró a uno de los suyos en el lugar donde estaba la biblioteca, el palacio al que llamaban Casa de los Siete Jardines, y se enteró de que había por allí un cristiano renegado, Lope.

Y entonces tuvo una plática con él y lo convenció de que le ayudara a localizar el códice.

Imaginé que lo habría convencido como a mí, con el cuchillo en la garganta.

— Era un borracho muy leído — añadió — . Lo mataron de una puñalada, imagino que por presumir de contactos con cristianos.

Una puñalada por buscar información de un libro secreto no son treinta puñaladas por una traición que pierde a una ciudad. La muerte de Lope tenía ahora dos versiones y, por tanto, más misterio de lo que parecía.

¿Qué más dará una que treinta?, pienso ahora. La muerte, cuando viene, no se para en minucias como esa. Conozco guerreros que han muerto de un romadizo y niñas que han sobrevivido a una soldadesca de borrachos. Todo depende de si te ha llegado la hora o no.

Pero entonces necesitaba darle vueltas a todo eso. Y quizá, si estaba condenado a pasar a la ciudad, como parecía, podría buscar algún testigo del asesinato de Lope distinto del sedero, quien probablemente no habría conseguido salvar el cerco a su regreso.

— Pero ¿qué estáis buscando en el códice?

Si me voy a meter en el matadero y van a hacer embuchados conmigo, quiero saber al menos para qué me estoy jugando el tipo, y reconocer el libro cuando lo vea.

Por fuera y por dentro. ¿Qué hay escrito en «El bastón de Dios»?

¿Un discurso divino que volverá pacíficos a los hombres? ¡Por favor...!

— Nada de cuentos religiosos. Por si te sirve de ayuda, el texto trata sobre un arma.

Así que en esas estábamos. La paz se iba a conseguir con un arma, el bastón de Dios. Si quieres la paz, ten a mano la garrota, dijo el artesano de garrotas. Estaba claro: armas, comercio, dinero y nada de paz, sino todo lo contrario.

¿Un arma de puño, arrojadiza, tipo ariete o de rueda?, iba a preguntarle para divertirme un rato. ¿Como una catapulta o como un carro de combate? Pero la cuestión tampoco me importaba tanto. Era el momento, y se lo lancé:

— ¿Y eso es lo que buscabas en casa de mi amigo Yusef? ¿El libro con un arma? ¿Y él qué tenía que ver con armas? ¿Por eso lo torturaste?

Lo que más me sorprendió de la caja de sorpresas que era Alvar lo conocí a lo largo de aquella breve conversación: su desparpajo. Ni le temía a la verdad ni le preocupaba su reputación.

— Tu amigo había estado a cargo del códice en los tiempos en que vivía en Córdoba, o no sé si en su busca, como él juraba — contestó — . Pero quedó claro que no sabía nada de nada. Si no, me lo habría dicho. No hubo suerte.

Daban ganas de atizarle de repente, tan relajado como parecía, aunque sabía bien que no llegaría a rozarlo y que después haría de mí lo que quisiera, el imprevisible alfeñique.

— ¿Y la niña? ¿Qué sabía la niña?

A eso, al menos, no contestó.

No me apetecía conocer al compinche de Alvar, el matatoros Benito de Baños, que se dirigía a donde estábamos después de demorarse en un saludo burlón a todos los espectadores que había reunido.

Me di la vuelta y eché a andar hacia el campamento, a ver si encontraba donde tumbarme un rato y se me pasaba el dolor punzante aquel que me atravesaba la cabeza por la nuca.

— Nos vemos al anochecer — me dijo.

— No te preocupes, no voy a irme muy lejos — le contesté.

— No puedes — exclamó con sorna.

Con la edad he aprendido que los días son largos y los años muy cortos, hasta el punto de que a veces me pregunto cómo podrán caber esos días interminables y tristes en un año tan fugitivo.

Pero entonces era joven, y me sorprendió que, desde que un bandido me había despertado aquella misma mañana de una patada, la noche se demorara como si hubiera desaparecido en la eternidad.

Y caía al fin la noche cuando Alvar me llevó Guadalquivir arriba a cruzar, con otro barquero, a la orilla diestra, donde estaba el barrio que había tomado por sorpresa, al que llamaban la Axerquía, al este de la medina cordobesa.

Uno de esos barrios por los que se desbordan las grandes poblaciones en arrabales, defendido por muralla propia, excepto en los lienzos medianeros que compartía con la ciudad.