4. Tres castillos y un león #3
— Todo se andará con Alvar, y sobre ruedas.
Tendrás la información y protección necesarias, descuida — dijo quitándose el problema de encima — .
Ahora interesa que me jures fidelidad y que ni bajo tortura has de dar a nadie noticia de tu encomienda ni de lo que puedas averiguar del códice y su contenido.
Quizá se tomaba muy en serio los secretos ocultos en códices difíciles de encontrar.
El caso es que me dio una espada para que me la ciñera, y a continuación me hizo subirme encima de un escudo que el maestresala había plantado en el suelo a un costado de la mesa.
Tuve que poner una mano sobre el adefesio del estandarte, y levantar la otra desenvainando la espada.
Varios pastores que habían entrado me alzaron sobre el escudo y me giraron mirando hacia naciente.
— Repite conmigo tras dar dos tajos al aire haciendo la señal de la cruz: «Yo, fray Berzas, desafío en el nombre de Dios a todos los enemigos de la fe, y de mi señor el rey y de su tierra».
Pronuncié con solemnidad aquella tontería con la también infantil esperanza de que, al jurar como fray Berzas, a nada me comprometía y podría impugnar el juramento si acaso resultaba necesario.
Hubo aplausos, ovaciones y vivas al rey y a fray Berzas.
— Ahora devuélveme la espada, que es de las buenas — añadió su majestad al final.
Luego me llevó ante el futuro obispo de la nueva Córdoba, el maestro Lupo de Fitero, con el que ya había hablado yo al entrar en el campamento, como hombre de importancia.
Antes de que llegáramos se levantó para largarse el monje que lo acompañaba y que en ningún momento del festejo se había quitado la capucha.
Hubo quien durmió allí mismo la siesta harto de vino, y yo entre ellos, hasta que me despertó Alvar, el adalid del rey, pidiéndome que lo siguiera a las afueras del campamento.
Alvar se detuvo ante un cercado que delimitaba un amplio terreno en el que un caballero con la cruz de la orden de Calatrava al pecho andaba lanceando un toro no pequeño.
Siempre he admirado a los caballeros de Calatrava, que presumen de rezar doscientos sesenta y siete padrenuestros cada día.
No es poco mérito. Desde detrás de la cerca lo observaban varios compañeros de su orden y, más allá, otros de no tan buen ver, gentes de rapiña de las que siguen a los ejércitos y, junto a ellos, soldaderas de las que viajan a la caza de los jornales de los soldados o de un marido cualquiera, pues bien se sabe que bueno, lo que se dice bueno, no lo hay, y menos entre soldados.
El caballero andaba muy ufano con su inalterable media melena repeinada hacia atrás, templando con los recortes, quiebros y caracoleos de su caballo al toro, al que ya había picado cuatro o cinco veces con la lanza, dibujándole finas listas de sangre roja sobre el cuero negro.
Nunca había visto una forma tan aburrida de entretenerse, y una vez más sentí una sincera compasión por quienes no saben leer ni escribir ni dar un paseo ni quedarse tranquilos en casa viendo caer la tarde.
Para sentirse vivos, necesitan cualquier cosa que los ponga en peligro, como suele ser el caso de un toro si le das la lata y le buscas las cosquillas.
— Cuando entres en la medina de Córdoba — me dijo Alvar sin preámbulos y sin atender a los alardes del caballero — , te llegas a un palacio conocido como la Casa de los Siete Jardines.
¿Cómo? Muy sencillo: con la ayuda de nuestro hombre en Córdoba — recalcó como si se tratara de la solución de todos los dilemas — .
Allí hay una biblioteca en la que se encuentra el Códice Wallada.
Escondido entre demasiados libros, por desgracia.
— Bueno, antes tendrás que explicarme — le recordé — qué gano yo con entrar de infiltrado cristiano a husmear casas en una ciudad asediada... poniéndome a tiro de sus defensores.
— La vida.
— Si no la pierdo en mi misión, ¿no?
— La pierdes aquí mismo porque te rebano el cuello si traicionas tu juramento al rey, que te convierte en almogávar y por tanto a las órdenes del adalid real, que soy yo.
De que a las primeras de cambio me iba a rebanar el cuello no había ninguna duda, desde luego.
— Vale. Sin ningún problema entonces. ¿Puedo hacerte una pregunta sobre otra duda?
— Al servicio de vuesa merced — dijo mostrando su esencia de pastor vasallo de algún abusivo señor.
— ¿Soy almogávar ahora con lo que ha hecho el rey? ¿No tengo que pasear un rebaño o tratar de hacerme amigo de alguna cabra?
— Ya está todo — contestó sin entenderme.
— Otra cosa más: ¿a quién se le ha ocurrido la bonita idea de que voy a poder encontrar un libro que no conozco en un palacio que no conozco?
— Tú sabrás la fama que te has creado en la Iglesia, yo no decidí quién entraba, ni menos ir a buscarte tan lejos. Orden real.
Mi limitada fama en la Iglesia hasta ese momento era de poeta de arriendo, que yo supiera. Quizá estaban buscando a alguien que no cobrase los encargos.
— A propósito — añadí, cambiando de tema, ahora que lo tenía mirándome a los ojos — : ¿no podrías decirme tú dónde localizar cuando esté dentro a un cordobés llamado Ben Saíd, de nombre cristiano Lope Ruiz, que dicen por ahí que trabaja para ti?
Me mantuvo la mirada sin inmutarse mientras pensaba una respuesta adecuada. Cuando no llevaba la piel del león, Alvar se ponía la del zorro.