4. Tres castillos y un león #2
— Ya se va notando el halo de gracia en torno a vos — exclamó con arrobo, sentado junto a Alvar, el obispo de Salamanca, dom Martí, al que recordaba bien de una lección magistral que nos dio de jóvenes en el Estudio General de Palencia.
Enseguida llegó mi momento estelar. Aprovechando que todos estaban entretenidos atacando el puerco asado con castañas que nos habían servido, cogí con absoluta naturalidad, en vez de mi copa vacía, la del rey a su lado, que estaba bien llena, y me la apliqué de un trago a la salud perdida de mi pobre Lope, del que, observando cómo me la robaba cada vez que comíamos juntos, aprendí bien que si uno obra con total desparpajo nadie se fija en las barrabasadas que hace.
Fue el único momento de paz que tuve desde que todo empezó, y casi puedo decir que hasta que regresé a casa. Y no solo eso, sino que pronto recibí mi recompensa, porque, cuando el rey notó que su copa estaba vacía, pidió que le trajeran una frasca a la mesa.
— Este maestresala — me murmuró — en vez de catar el vino se lo aprieta sin dejar gota. Lo que nos vamos a reír el día que alguien intente envenenarme.
Me pasé la comida al servicio de mi majestad, rellenándole la copa en cuanto se mojaba apenas los labios sonrosados, y llenándome a continuación la mía hasta los bordes, para recuperar el tiempo perdido en los veinte días de viaje.
— Amigos míos, queridos todos — exclamó el rey cuando retiraban los restos del banquete, y se levantó y alzó su copa después de limpiarse con gesto muy cortés la grasa de los labios con el mantel — : he decidido dar nombre ya a la torre que tres valientes disfrazados de árabes tomaron en el barrio cordobés de la Axerquía, y a la puerta que abrieron para tomarlo y pasar a cuchillo a los incautos que vivían allí, dejándonos la medina preparada para la conquista.
El nombre de quien, al mando de los tres y con ayudas de dentro, consiguió que comenzáramos con tanto provecho el cerco de Córdoba: ¡puerta de Colodro, por Alvar Colodro, que hoy regresa con nosotros!
Hubo una intensa ovación para el héroe, que, tan inmune al halago como incapaz de practicarlo, se mantuvo ocupado maniobrando con su distinguido mondadientes.
El único que no celebró nada allí fui yo. ¿Era posible que esa «ayuda de dentro» se refiriera a Lope, asesinado por una turbamulta que lo acusaba de traidor? ¿Estaba Alvar, el asesino de Yusef y Aixa, implicado también en la muerte de Lope?
Todos callaron al ver en el rey ademán de continuar el brindis:
— Os quiero recordar lo que me dijo la Virgen de las Batallas cuando se me apareció en sueños — y aguzó la voz un poco — : «Ve, hijo mío, y hazme a Córdoba cristiana, conviértela en cuartel de invierno y recreo de tus huestes.
¡Que no quede allí moro vivo ni mezquita sin bendecir! ¡Arrásala!». ¡Bebamos, por la Virgen!
Todos bebimos con solemnidad, yo más que nadie en honor de Lope, y solo después se desató la locura de los vivas y los mueras, la lluvia de restos de vino de las copas lanzadas contra la cubierta y los cánticos de batalla coreados.
Los ánimos se fueron apaciguando mientras el servicio traía los aguamaniles, y al final, inclinándose desde su silla a la mía, el rey me tomó del brazo y me dijo:
— Habrá que arrasarla, no cabe duda, pero antes está tu misión. No puedo entrar hasta que me traigas tu trofeo. Alvar te habrá dado ya los detalles.
— No todavía, mi señor — le dije — . Pero ¿arrasar Córdoba decís? ¿No habrá dentro siquiera un hombre bueno?
El rey lanzó una carcajada, y celebrando mi humor como «sabio en libros y palabras sagradas» afirmó, no sé con qué grado de burla, pero alto sin duda:
— Ahora serás en Córdoba mi heraldo y mis ojos y mis oídos.
¿Has visto alguna vez el Códice Wallada que vas a buscar?
El mismísimo papa ha puesto para este asedio dinero de varias de las diócesis, y espera disponer de sus secretos cuanto antes.
«Después de Al Ándalus viene Jerusalén», ha proclamado.
Se entendía entonces la razón de tanto quebrantahuesos revoloteando por allí.
La de siempre, en verdad: nuevas tierras a cambio de un adelanto de dinero de cada diócesis, que sería luego devuelto en edificaciones, fincas, siervos moros para trabajar el campo y privilegios.
Córdoba ya no era nada en comparación con el mítico califato de los tiempos de esplendor, pero se decía que había allí para repartir más riqueza, aún, que en Toledo cuando se tomó, entre palacios, mezquitas y huertas, por no hablar de las famosas alquerías rodeadas de sembrados a lo largo del río.
— No, por cierto — le contesté — . No sé qué sea ese códice ni lo que contiene, y cuantas más pistas se me den para encontrarlo, mejor. Ni siquiera...