4. Tres castillos y un león
Tres castillos y un león
A pleno sol, la muralla relucía como nueva e inexpugnable. Habíamos aprendido de los mahometanos a utilizar las defensas ajenas como propias y a evitar que se arruinaran, pero no tanto a preocuparnos con dejar el acabado como para una fiesta.
En vez de entrar en Córdoba, cruzamos río abajo el Guadalquivir, hacia la orilla siniestra, en una barcaza conducida por un barquero con aspecto también de pastor desubicado, que se puso a las órdenes de Alvar como si fuera su mayoral tras un saludo entre rústico y militar.
Antes de subir los caballos a la barcaza, Alvar arrojó al río la cabeza del bandolero.
— ¿Fue bien el viaje? — preguntó en perfecto árabe el barquero a Alvar.
Me dejó impresionado, no me esperaba que hubiera moros entre los almogávares, pero ¿qué más les daba a ellos ser de aquí o de allá con lo sospechosamente parecidos que éramos todos?
¿Y en qué se distingue a un moro de un cristiano?
Lo sé. Muy fácil: por la ropa, por el peinado, por el idioma, por la forma de rezar...
Eso hace muy sencillo que veamos venir a un moro en nuestras villas y lo sepamos distinto.
Pero en la frontera todo el mundo se imita la ropa y los gestos, se roba los perfumes y la comida, contesta en el idioma en que le preguntan...
No hay por ahí nunca una línea que te indique con claridad de qué lado estás.
— Todo muy bien — le contestó Alvar — . ¿Verdad, Gonzalo?
Quería solo que el barquero se diera cuenta de que yo entendía árabe y por tanto ellos dos no podían hablar con libertad.
— De maravilla — respondí yo en román, dirigiéndome al barquero — . Como un paseo por un jardín al atardecer. Hemos convivido amistosamente con los animales del camino y, ya ves, también hemos cortado alguna cabeza y la hemos ahumado un poco.
— ¿Se ha cerrado ya el cerco? — le preguntó Alvar sin reírme las gracias.
— Por todos lados, como una ratonera — respondió el barquero — , menos el tramo que hay entre la muralla y el río.
Lo estábamos viendo ante nosotros: el Guadalquivir hace un gran meandro para acercarse a los muros del costado sur de la ciudad.
Y deja a su paso, en la orilla diestra, demasiado poco espacio para que los sitiadores acampen a salvo de lo que les quieran arrojar desde las almenas, sean flechas, teas en llamas, pedruscos o calderos de agua hirviendo.
Había, desde allí hasta la puente de piedra, una zona ligeramente arbolada y tranquila, con pequeños grupos de cordobeses sentados en cerco o paseando y mirando al río.
La gente en las guerras intenta fingir que no pasa nada hasta que le cae encima lo que ni siquiera imagina.
— Pero con el río defendido arriba y abajo — añadió el barquero — , en la medina no entra ni sale nadie.
El campamento cristiano estaba situado en la orilla a la que íbamos, en la explanada que deja en su interior el meandro del río, a la que hasta los propios moros llaman Secunda, en latín.
La torre que allí defiende la entrada a la puente había sido tomada también, dejando el viaducto inútil y solitario, cerrado en ambos extremos.
Alvar cruzó impasible las defensas del campamento sin atender a los saludos que nos hacían los centinelas.
Entramos con paso franco hasta su centro mismo.
Unos y otros se volvían a nuestro paso y hasta los altos mandos se nos cuadraban.
Como era imposible que hicieran eso por el pastor mercenario, pensé que me habían confundido con un personaje de importancia.
Un preste con el que nos cruzábamos se paró ante nosotros. Más que él me llamó la atención el monje descalzo que lo acompañaba, que al vernos se detuvo algo alejado, encapuchado en su hábito negro, con la cara en sombra. Tenía el hábito raído, y los pies descalzos calludos de los monjes errantes.
— Le ruego, don Alvar Colodro — dijo el preste tras hacer una reverencia, como burlándose del almogávar pero sin cara de guasa — , que me presentéis a vuestro acompañante.
— ¿Y tú quién eres? — le preguntó Alvar con su habitual descortesía.
— Me llamo Gonzalo de Berceo, hermano, y soy preste como tú — me presenté yo viendo que el otro se había quedado pasmado ante la reacción de Alvar.
— Que me place, lo imaginaba: el experto en códices mahometanos — contestó volviendo en sí.
Y después se presentó con el nombre de Lupo de Fitero, y me dijo que estaba allí para hacerse cargo «humildemente» del próximo obispado de Córdoba:
— ... cuando hayamos acabado con los infieles — añadió.
Y luego el futuro obispo continuó camino, seguido de su monje acompañante, esquivo y achaparrado, que tan mala espina me daba, no sabía por qué.
En la puerta del enorme pabellón de mando, Alvar pidió que fuéramos anunciados a un lancero tembloroso y en tensión por nuestra presencia.
Entonces, mientras esperábamos fuera, fisgando por aquí y allá, vi el pendón que lucía el pabellón y me asusté de verdad: tres castillos y un león.
¿Estaría allí el rey? Imposible.
— Mi majestad os da su permiso — dijo el lancero nada más volver.
Habría dicho «majestad» por decir, pensé.
Hay ministros que llevan el pendón real y guardias que llaman majestad a cualquier tuercebotas.
Las últimas noticias de su majestad, la de carne y hueso, que habían llegado a San Millán lo situaban hacía muy poco en Valladolid, en el entierro de su mujer y de una infanta recién nacida.
Los desplazamientos de los reyes no suelen ser ni sencillos ni veloces, pero ni con trescientos almogávares abriéndose paso por ríos, quebrados y montañas le habría dado tiempo a llegar con su corte hasta Córdoba, según mis cálculos.
Entramos caminando por una alfombra bermeja que daba pena pisarla, llenos de polvo como veníamos.
En torno al palo que sostenía la cubierta del pabellón había una gran mesa presidida por un personaje que, o yo andaba borracho por vía de encantamiento, puesto que no había probado gota, estaba bordando un estandarte.
De camino, el maestresala me preguntó el nombre. Se lo dije con suma claridad, pero no era el más hábil en su oficio:
— Alvar Colodro y fray Gonzalo de Berzas — nos anunció.
Iba a corregirle, pero me quedé pasmado cuando me di cuenta de que, en efecto, el que bordaba el estandarte era el mismísimo Fernando el Santo, como ya empezaba a llamársele por entonces, pese a que todavía no eran públicos los muchos milagros que su hijo Alfonso proclama de él, convencido de que conseguirá más pronto que tarde santificarlo.
No me lo esperaba ahí, y menos en labores de costura tan indispensables, pero con eso quedaba demostrado que era el rey nuestro señor, y por consiguiente de naturaleza distinta a la del resto de los humanos.
Lo último que he oído decir sobre el mausoleo con su cuerpo incorrupto de la catedral de Sevilla es que quien se acerca a tocarlo queda curado en el momento de distintas enfermedades, preferentemente el garrotillo y la ceguera.
Y no había ninguna duda de que se trataba de él: lo delataba la media melena ni rubia ni bermeja, herencia normanda de su abuela Leonor Plantagenet.
Pero sobre todo se lo identificaba por su rasgo más genuino, aunque comentado solo entre susurros por los que acostumbramos a ser chusma enredadora: la bizquera.
Era mi rey. Un ser casi sobrenatural, dueño de la tierra que pisamos y al que hay que pagar, sin parar, pechos y diezmos por causas también casi sobrenaturales, o no siempre comprendidas por las mentes simples de los súbditos.
Por primera vez estaba en presencia de un rey, y comprobé, como había oído, que hablan en susurros y sin mirar a su interlocutor.
Quizá por la bizquera, tardé en darme cuenta de que no se dirigía a Alvar, sino a mí, cuando, a pesar de haberme extendido antes de nada la mano para que le hiciera la merced, me regañó:
— ¡Venga, déjate de cortesías, por favor! — Y añadió — : Es un honor tenerte con nosotros, mi querido fray Berzas.
El tacto de su piel tendría efectos prodigiosos, pero no me curó la melancolía ni el cansancio.
— El honor es muy mío — le contesté — , y me gustaría conocer también quién me ha recomendado a vos para agradecérselo.
— Todos sin excepción hablan maravillas de ti, ¿verdad, Alvar?, como gran experto en códices. ¡El ideal para tan alta misión!
Estaba claro que la ocurrencia de llamarme no era del rey, y que además de no recordar mi nombre no tenía ni idea de quién me había propuesto. Alvar, cuya única virtud era su desprecio de la lisonja al rey, estaba descartado de antemano.
— Pero hazme la merced de sentarte a mi siniestra, que la diestra la tengo para mi adalid, ¡el heroico y grande Alvar Colodro!
¿El zapato de madera, el almogávar, el seductor de cabras? ¿Ese era su adalid?, ¿el héroe?, ¿el hombre señalado por el destino? No quería imaginar qué salvajada habría hecho Alvar para que el rey lo tratara así. Entonces, ¿era él el que ponía firmes a todos a nuestro paso?
Trajeron comida y cubierto para Alvar y para mí, pero nadie nos sirvió vino.
Así que solo se me ocurrió una solución: acerqué mi copa a la del rey hasta dejarlas juntas, pues la del comensal de mi zurda, dom Gonzalo — otro obispo, el de Cuenca, según supe luego — , me quedaba muy lejos. Después esperé el momento oportuno.
Alvar le contaba al rey que el viaje había sido aburrido y sin incidencias. Por su parte, el rey nos mostró los pinchazos que llevaba en las yemas de los dedos.
— Esta enseña fue acuchillada por los moros cuando llegábamos a Córdoba en una algarada en que mataron a mi portaestandarte — sentenció desplegando el trapo en que bordaba cuando llegamos — . ¡La Virgen de las Batallas se me apareció para decirme que la cosiera con mis propias manos!
Era, sí, una efigie de la Virgen, pero le había quedado como un eccehomo, con la boca abierta en gesto torcido, como si gritara de espanto.