Una tumba en Al Ándalus (Gonzalo de Berceo 3) 3. En la frontera #2
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3. En la frontera #2

Si sabía manejarla, me iba a resultar bastante difícil esquivarla, así que me arrojé desde la palmera impulsándome lo justo para caer sobre él.

No me esperaba, y consiguió parar solo a medias el golpe que le di con ambas rodillas entre el pecho y la adarga.

Vinimos los dos con el caballo al suelo, perdió él en esto el hacha, y cometió luego el error garrafal de arrastrarse a por ella sin pensar en cómo había caído yo: tan cerca la veía.

Pero con algo de suerte, yo había conseguido caer erguido y trastabillante, y pude arrearle con fuerza y en la cabeza tal patada que me dejó dolorido una semana el pie descalzo.

Llegué el primero al hacha y, asiéndola con ambas manos, la puse ante mí para cuidarme de su embestida, imitando una posición que había visto hacer en ejercicios a quienes manejan bien un armatoste así, entre los que no me encontraba.

Ya era mío, de cualquier modo. Y cuando vi que empezaba a recobrar el sentido, le di órdenes claras, para que no me obligara a volver a pelear:

— Arrodíllate y levanta las manos, que las vea yo muy bien.

La saeta que le atravesó el cuello dejándolo seco cuando las rodillas aún no hincaban la tierra se la lanzó Alvar, que volvía al galope, con la ballesta que le había quitado al bandolero jovenzuelo.

Estaba claro que prefería no andarse cuidando de prisioneros. Me juré no preguntarle nunca qué había sido del muchacho de la ballesta.

Así que el pastor amante de su ganado no era tal.

Cualquier zagal puede sobrevivir en el monte y encontrar atajos que otros ni imaginan, pero nunca había visto a un guerrero capaz de acabar sin despeinarse con cuatro jinetes armados.

Ni mucho menos un disparo de tanta precisión lanzado al galope y con la presa en movimiento.

Entonces, pasado el peligro, podía ya recordar de qué me sonaba a mí el latinajo Despierta hierro: el grito de guerra de los almogávares.

Era un almogávar, y de los buenos: uno de esos mercenarios montaraces que frecuentan desde hace siglos las fronteras y han hecho de la guerra su vida y su pasión, casi siempre sacados de las majadas por otros como ellos, y en busca de una existencia mucho más lucrativa y algo menos aburrida.

Yo por entonces creía que solo los había en la frontera de Aragón, reclutados en el Pirineo, pero me equivocaba.

Los soldados de fortuna surgen como setas al paso de la guerra.

— Si ves venir en la batalla a un almogávar, es porque ya te ha atravesado con la espada — me dijo un viejo soldado una vez.

Cuando vi que Alvar desmontaba sin esperar a que el caballo parase, lanzaba al suelo la ballesta y se dirigía a donde había caído el alférez, que estaba boqueando sin aire, recostado con la espalda en su caballo herido y quieto, eché a correr también hacia allá.

— ¡Espera! — le grité, pero solo se me ocurrió añadir — : ¡Ese es cristiano!

Se rio con esa risa suya, que parecía más bien un aullido de chacal.

— Está reventado — me dijo — . Es lo mejor para él, y para mí.

Y le propinó cuatro elegantes tajos de su alfanje. Con el primero le cortó una oreja, con el segundo la otra, con el tercero — el más doloroso, que le provocó a su víctima un quejido largo y desgarrado — la nariz, y con el último le rebanó con finura la cabeza, que rodó por el suelo.

Caso resuelto, me dije. Ya sabía quién había degollado a Yusef después de torturarlo, y a Aixa después de acecharla y violarla, dejando únicamente rastro de su paso por los escenarios del crimen en sus cuerpos vapuleados.

El mercante en sedas y el imán de la morería de San Millán abandonaban la corta lista de sospechosos para siempre.

Ahora solo había que averiguar qué buscaba Alvar en casa de Yusef. Y, después, incriminarlo, detenerlo y llevarlo ante la justicia. O recibirlo en confesión, escuchar durante una semana o dos sus pecados y ponerle una penitencia que lo encaminara por la senda del bien hacia la gloria eterna.

Porque ya no me quedaban noches a solas con él para la solución aparentemente más sencilla: matarlo mientras dormía, si uno juntaba valor para acercarse ante sus rugidos.

Lo contemplé con asombro mientras decapitaba también a los dos que había dejado yo fuera de combate.

Era, sin duda, un salvaje de nacimiento, el mismísimo demonio en carne y hueso, que después, como un niño entusiasmado con el desayuno que le esperaba, calentó en el magnífico horno que había preparado por la mañana unos tasajos de lobo que le quedaban de su última caza, me ofreció mi parte, y comió la suya de dos bocados.

A continuación tomó la cabeza del alférez, la despojó del cuero cabelludo con la lustrosa melena incluida, y la colocó en un compartimento del horno en el que se acumulaba el humo antes de salir por la chimenea.

Lo había fabricado precisamente para ahumar la cabeza. Así que ya sabía de antemano que nos andaban siguiendo los salteadores.

La refriega me había dejado tan débil que por más que quisiera no pude excusar comer, y hube de apartarme de allí para hacerlo. Comí con asco, pero comí.

Desde muy joven he aceptado que lo que hace cualquier hombre no está muy lejos de lo que en el fondo soy yo, ya se trate de un monje, un soldado, un campesino o un vihuelista.

Y ya sea moro, judío o cristiano. Pero aquel día me resultó muy difícil mantenerme en esa idea.

Y al tiempo me sorprendía no sentir odio hacia aquel salvaje, culpable de la muerte de Yusef y Aixa.

¿Por qué? ¿Quizá porque me acababa de librar de morir a manos de aquellos infelices?

¿Mi cuerpo estaba agradecido? Yo había peleado por mi vida igual que él, y no lamentaba haber vencido.

No. Salvada la enorme distancia en habilidades bélicas, no había tanta diferencia entre Alvar y yo.

Pero, vergüenzas y asombros aparte, había aún un enigma fundamental pendiente de aclararse.

¿Qué buscaba Alvar en casa de Yusef y Aixa?

¿Por qué los torturó? Por entonces no sabía, como ahora sé, que la mutilación del rostro es una costumbre persa adoptada y traída por los árabes a nuestras tierras como castigo de prisioneros y esclavos a los que se deja vivos para ejemplo de otros.

Alvar, según imaginaba yo y aún creo, había utilizado ese recurso para torturar a Yusef, y quizá también a su hija, en busca de una información que a lo mejor había conseguido.

Pero al bello alférez de los bandoleros no quería torturarlo: como mucho fastidiarlo antes de darle muerte...

Vi desde lejos, con indiferencia, cómo rapiñaba los cadáveres.

Amontonó junto a su zurrón el lamentable botín de cruces cristianas, anillos de plata musulmanes, estrellas de David...

Y fabricó una lanza pelando con su alfanje la rama que había visto junto al horno al despertarme.

Tras aguzar el extremo hincó en la punta de la lanza la cabeza ahumada del cristiano, le restituyó con habilidad el cuero cabelludo con la vistosa melena dorada y enganchó la lanza a su caballo con las lianas que también se había preparado, para llevar la cabeza a modo de estandarte.

— Vamos, que hemos perdido demasiado tiempo — exclamó subiendo al caballo.

Enseguida comprendí el sentido de sus pertrechos.

En zonas de frontera siempre hay ejércitos, y tras un ejército van invariablemente hordas de carroñeros, con mucho el grupo más temible de una tropa.

Estábamos expuestos a nuevos encuentros como el que habíamos tenido, pero las medidas de Alvar funcionaron, los salteadores hablaban su mismo lenguaje, y aunque sentimos el aleteo de aves ignotas ululando cerca del camino que llevábamos, y movimientos repentinos y fugaces entre los matorrales, nadie nos molestó, ni se dejó ver ante la presencia de la espantosa insignia almogávar: la cabeza ahumada y mutilada del alférez de forajidos.

Pensé que si encontrábamos un libro con palabras cristianas que obligaban a la paz, el primero al que habría que leerle la devota fórmula era Alvar Colodro.

Con aquel salvaje a mi vera y bajo un sol cada vez más agobiante, estaba a punto de completar un viaje en vertical hacia las tinieblas de mi corazón y de la guerra.