Una tumba en Al Ándalus (Gonzalo de Berceo 3) 3. En la frontera
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3. En la frontera

En la frontera

El que me había pegado la patada no tenía buena pinta, por más que sonriera con cara feliz mostrando la falta de numerosos dientes.

Traía, con desenvoltura, una espada jineta en la mano, un turbante enorme atado a la cabeza, la barba crecida y sucia en extremo afeándole el rostro, el torso desnudo y las piernas enfundadas en unos bombachos plateados que relucían al sol de la mañana, embutidos al final de la pernera en las botas de cuero de cuya dureza tenía constancia mi costado.

Tras él, cinco jinetes estudiaban mi reacción con cierta apatía, armados hasta los dientes de arcos, machetes, hachas y mazas.

Un grupo de amigos en un almuerzo campestre o de romería a la ermita del santo no me parecieron.

Había allí mastuerzos de todos los colores y procedencias.

Uno de ellos, lampiño pero con una cola de caballo que se alzaba enhiesta y bien trenzada desde la coronilla, llevaba colgada al cuello una gran estrella de David de puntas nacaradas y azules.

Otro tenía en la cabeza una cruz cristiana prendida a una cinta.

Me conmovió ver en esa banda de forajidos la prueba evidente de que en Al Ándalus se han unido, en convivencia generosa y provechosa para todos, las tres grandes religiones: mahometana, judía y cristiana.

— Que Dios te dé muy buenos días, fráter — exclamó el más elegante de ellos, en perfecto román y en señal de respeto a mi condición de preste, como si su esbirro no acabara de patearme.

Me había cuidado de no esconder mi calaña religiosa en aquel viaje, pese a que llevaba en el zurrón ropa seglar: hay bandidos que creen que es de mal agüero robar a un miembro de la Iglesia.

— No temas — continuó — : somos un pequeño grupo de amigos que dejaron hace unas semanas Córdoba, al ver la que se le venía encima.

Solo te vamos a pedir que nos ayudes con un poco de comida, o cualquier cosa que tengas por ahí, unas monedas...

Cada vez es más difícil echarse un buen desayuno en estas tierras.

¿Dónde crees que andará tu compañero? No lo veo por aquí, y me gustaría presentarle también mis respetos.

Todo lo rodeado de secuaces que se quiera, pero él era cristiano y de buena cuna, mostraba modales intachables y vestía como un mahometano adinerado, aunque tras su elegante túnica asomaba la cota de malla.

Uno de esos jóvenes aventureros que se desgarran de su familia para hacerse viajeros, juglares o actores ambulantes.

No es raro que acaben asesinando con buenos modales a quien se cruce en su camino.

Además, a todos se les veía que habían desayunado bien ya.

— Digo yo que habrá ido a buscar desayuno — conseguí responder señalando el asombroso horno que había montado Alvar esta vez, un gran cajón con chimenea, al lado del cual se veía una rama larga como una lanza y varias lianas trenzadas con maleza del lugar.

Cualquiera sabía qué esperaba capturar esa mañana, pero la cuestión ahora me traía sin cuidado.

Me castañeteaban los dientes, y no de frío: despejado, cortés e impredecible, el cabecilla era con mucho el peor de la cuadrilla.

Ese no dormía en el campo. La primorosa melena dorada le caía en rizos sueltos sobre los hombros y las espaldas, dejando bien a las claras que había tenido al barbero acicalándolo esa misma madrugada.

Sin duda aquellos forajidos vivían en algún caserío escondido en la montaña, y no pasaban ningún tipo de necesidad.

Mientras calculaba las expectativas de salir de aquella con vida yo solito (una conjetura al alcance de mis saberes: no había ninguna posibilidad), me estaba haciendo entre mí la misma pregunta: ¿dónde diablos andaba Alvar Colodro, el montaraz explorador a cuyas órdenes viajaba yo por aquellos reinos infernales?

Lo imaginé en un escondite muy bien buscado, del que sin duda no iba a salir hasta que aquellos salteadores de caminos no se hubieran largado con mi zurrón tras hacerme tiras la piel.

Comencé a levantarme para ver si encontraba con la charla modo de corregir el desenlace, pero el descabalgado dio dos pasos hacia mí alzando la espada y de pronto me entraron ganas de quedarme sentado como estaba.

El elegante alférez de salteadores me informó de que, mientras venía y no venía mi acompañante, y en vista de que llevábamos más caballos de los que necesitábamos, iba a entregárselos todos a quien sin duda los aprovecharía mejor que nosotros.

Mientras discutiéramos de caballos todo iba bien, así que, aunque el argumento, bien ornado, escapaba a las reglas lógicas que ambos habíamos estudiado, iba a aceptarlo sin discusión cuando vi aparecer a Alvar, como surgido de la nada.

¿Había estado escondido cerca? ¿Tras una palmera que crecía allí mismo, muy inclinada por los vientos de la sierra? ¿O tras la barbacana semiderruida que había junto a la palmera?

El caso es que ya había conseguido salvar buena parte del trecho que nos separaba de su escondite, fuera el que fuera. Los bandoleros también lo localizaron, siguiendo mi mirada indiscreta.

Cuando el pastor Alvar se sintió observado por todos, agachó la cerviz, se puso a cuatro patas y comenzó a arrastrarse lloriqueando:

— ¡Piedad, señor, piedad, para gente humilde y sin dinero!

Tras cierto momento de estupefacción, el que me había atizado soltó la carcajada sin poder contenerse, y el resto lo siguió, a excepción del cabecilla, que ni siquiera sonrió.

— Tranquilo, caballero — le soltó el alférez previniéndose — . Y no te acerques más que...

Pero Alvar, en vez de detenerse, dio de pronto pasos rápidos de galope más perruno que humano, y al tiempo lanzó un grito, una especie de ladrido de hiena que nos dejó a todos sobrecogidos:

— ¡Despierta, hierro!

¿Había gritado en latín? El latín era impensable en un pastor acostumbrado a departir filosofía con cabras, pero era latín lo que había berreado, preludio de lo que iba a suceder.

El grito y el ataque asustaron al caballo del alférez, el más cercano, que se puso de manos, y el atildado cristiano, sin descolocarse, desenfundó con presteza su espada jineta de la vaina en que la llevaba a la espalda.

Entonces, alzándose de golpe y sacando de entre las ropas un alfanje que nunca antes me había mostrado, Alvar detuvo la cuchillada primero, y luego y de un tajo desjarretó al caballo, que, sin decir este hocico es mío, se volcó de costado sobre su jinete.

No contento con eso, el irreconocible pastor se lanzó sobre el siguiente bandolero, el de la estrella de David al cuello, que todavía no se había enterado bien de que le había llegado la hora de rezar sus oraciones, y, sin darle tiempo siquiera a levantar el brazo con la maza, lo acometió con el alfanje de punta atravesando la cota de malla y trinchándolo a él como a un pollo.

Lo tiró por la grupa, saltó sobre su montura y, a golpe de talón en los ijares, embistió con ella al tercer jinete.

Viendo venir sobre él al mismísimo diablo, el tercero, un negro que sí había tenido tiempo de armarse, lanzó sobre Alvar un tajo de diestra tan desatinado que le dejó al descubierto el flanco, por donde recibió su no buscada y mortal recompensa.

No salía de mi asombro con el merodeador caprino. Sabía latín (¿dónde había oído yo esa frase?) y con su pequeño sable y sin defensa había dejado fritos a tres salvajes en un santiamén.

A todo esto, yo, atento a cualquier oportunidad que surgiera para salvar el pellejo y viendo que el que me había despertado con modales poco refinados se había girado a contemplar la irrupción inclasificable de Alvar sin guardar las distancias conmigo, le devolví la patada desde el suelo, alcanzándolo con el talón en sus partes más débiles, lo que lo dejó doblado y como pidiendo que, al incorporarme, le atizara en la nuca con uno de los muchos cascotes diseminados por aquellas ruinas.

El joven caudillo cristiano andaba medio reventado por su caballo e incapaz de levantarse, palpándose el costillar hundido bajo la grupa con esa expresión desorientada que tantas veces he visto en los que sufren heridas mortales, como diciendo: «No es nada, chico, no hay de qué preocuparse, esto se cura con un poco de paciencia.

Una semana vendado en cama y a vivir, que son dos días».

Así que Alvar se lanzó a por el cuarto jinete: un ballestero que debía de acabar de enrolarse en la banda, porque tenía cara de niño, con sus ricitos morenos, y llevaba una de esas cotas de malla que te cubren entero, aunque con la capucha quitada.

Al ver lo que sucedía, el muchacho aguijó su caballo y salió a todo galope en dirección hacia el llano en vez de buscar el bosque para esconderse: yo creo que se le había desbocado.

Mi jefe pastor me abandonaba a mi suerte con el quinto jinete, que vino a por mí con la bestia bufando mientras él agitaba, con giro de aspa de molino, el hacha de doble filo que traía.

Así que le lancé el mismo pedrusco con que había abatido a su compinche, del que fácilmente se libró con una adarga redonda y pequeña que también portaba.

Pero eso me bastó para esquivar de un salto el hachazo de la primera embestida.

Corrí entonces hacia la palmera inclinada que había servido de escondite a Alvar, y gateé por ella, trepando hasta alejarme en la altura de su brazo.

Cuando me volví, el quinto jinete se había detenido abajo y tomaba impulso para lanzarme el hacha y demediarme en dos Gonzalos.