Una tumba en Al Ándalus (Gonzalo de Berceo 3) 2. Carta de paz #3
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2. Carta de paz #3

Desperté ya de día y sin haber pegado ojo.

Alvar había desaparecido, y por un momento pensé que me habría abandonado a mi suerte, pero lo cierto es que una especie de horno de obra con chimenea que había montado antes de acostarnos funcionaba a todo trapo, y los cuatro caballos seguían amarrados ahí al lado.

Aún no me había puesto en pie cuando apareció con una robusta liebre tomada de las orejas, la desnucó, la despellejó con eficacia y la metió en su horno aderezándola con no sé qué ramilletes que había escogido por ahí.

Alfeñique pero resolutivo. Nos habíamos acostado tras compartir un bocado de pan que le quedaba apenas, así que nunca había desayunado tan suculentamente.

Alvar viajaba sin hablar, con los cinco sentidos en el camino, y yo, que en vano comenzaba disquisiciones de varia lección para amenizar el viaje, no conseguí que abriera la boca si no era para bostezar o regoldar con esa furia volcánica que le provocaba de inmediato la digestión de cualquier alimento.

En la cuarta mañana desperté con la chimenea crepitando, pese al calor que hacía, y de nuevo solo y a la intemperie.

Vi que esta vez faltaba un caballo y seguí su rastro.

Me interesaba averiguar cómo diablos hacía Alvar para cazar sin flecha y sin honda unos almuerzos casi siempre veloces como liebres o esquivos como lagartos o serpientes.

Lo imaginaba experto en localizar madrigueras y en saltos sigilosos y acrobáticos.

Seguí las huellas por una loma rocosa, y oí un relincho: andaba cerca. En la cima asomé la cabeza entre dos peñas.

Menudo susto.

Sobre una piedra plana, desnudo, sudoroso y jadeante, Alvar luchaba a brazo partido — o eso me pareció al principio — con una cabra de gran tamaño a la que había tumbado bocarriba...

Hasta que me di cuenta de la verdad y conseguí asimilarla: estaba fornicando con ella bajo la mirada atenta de su corcel, parado allí mismo, y de la propia presa, que no había conseguido escapar pese a hallarse en su terreno.

Dios sabe cómo la habría cazado a caballo por esas peñas.

Me quedé como alma hechizada que pasea por el infierno, incapaz de apartar la vista, hasta que conseguí arrancarme de allí.

Volví a nuestro campamento como un niño asustado, y comprobé que las desdichas vienen ensartadas como negras perlas de un collar del que somos el hilo: se me había acabado el vino, que había cogido en pequeña cantidad confiado en ir reponiéndolo en las postas.

Mi primer impulso fue tomar mis dos caballos y regresar a San Millán.

Pero lo cierto es que no sabía ni dónde estaba ni, mucho menos, cómo volver a casa.

Si era capaz de forzar a una cabra, ¿por qué iba a respetar a un indefenso cura de pueblo?

Cuando regresó, Alvar cargaba con la cabra muerta.

— Con esto tenemos para una semana — dijo.

Y se puso a desollarla.

Alegando que tenía mal estómago, le pedí que no contara conmigo para el almuerzo y me alejé.

Ni pisamos pueblo ni nos cruzamos con nadie más allá de una pareja de labriegos podando en verde un campo de vides altas con un campanario al fondo que bien podría ser de alguna población de Guadalajara o de Toledo, pero a la que Alvar no hizo ni amago de acercarse, pese a que llevábamos ya siglos sin vino.

— Eso es Cobeña, donde nací — me dijo — . Ahí no entro yo ni con los pies por delante.

Agradecí que no me explicara por qué no podía volver a su pueblo.

Alvar cabalgaba por el monte como si recorriera su casa, cruzaba ríos y cordilleras como quien va con los ojos cerrados de la cama al hogar, localizando a la primera el vado, la puente, la garganta o la colada más remota, por rutas que de tan apartadas nos mantenían al menos a salvo de malos encuentros, más abundantes cuanto más se acerca uno a una zona de frontera.

Una buena tarde, descendiendo ya de Sierra Morena, llegamos a un cúmulo de ruinas esparcidas por la loma de una montaña, lo más parecido que vimos a población alguna.

Poco después me enteraría de que aquello había sido una ciudad de historia efímera, llamada Azahara, fundada por un califa y destruida por el siguiente.

— Allí está Córdoba, a dos leguas — me dijo, señalando a naciente — . Mañana llegamos.

No se veía nada, pero sí se sentía ya el calor que siempre identificaré con Córdoba, como si estuviéramos en el borde de una sartén y a punto de zambullirnos en el aceite hirviente.

Hice cálculos: si llevábamos dieciocho días de viaje, a falta de uno, y desde San Millán a Córdoba hay veinte jornadas en verano y sin que medien catástrofes, habíamos ahorrado exactamente una jornada gracias a los atajos de Alvar.

Iba a burlarme de él, pero decidí no hacerme mala sangre y me dejé llevar por la alegría de estar a tan poco de tomarme un vino.

Mientras él preparaba sus hornos y buscaba forraje para los caballos, paseé por unos jardines tomados por la maleza, con estanques cubiertos de arena pero repletos de frutales de los que escogí algún melocotón, y no pocos albaricoques, brevas y ciruelas.

Aquella noche, en medio de tanta desolación de escombros, mampuestos y cascote, dormí como un califa en la ciudad que va a abandonar al amanecer por puro capricho.

Pero no fue tan bueno el amanecer. Me despertó una patada que me hizo rodar por el suelo en cuesta un par de varas.