2. Carta de paz #2
Tuvimos un largo forcejeo, que desembocó en el final previsto.
Le dije al abad que andaba torcido con mi propio duelo por la pérdida de tres grandes amigos.
Le dije que me había arruinado porque el monasterio no me había satisfecho el pago de mi último poema (ni del primero tampoco, si a eso íbamos, pero me contuve).
Le dije que Córdoba era zona fronteriza y llena de peligros para un monje, más aún si andaban por allí tropas castellanas y leonesas.
Le dije que en nuestra morería había un asesino peligroso para la convivencia armónica de cristianos y mahometanos, labor en la que yo representaba al abad mismo.
Le dije, por último, que el imán estaba acusándome del crimen a voz en cuello.
¿Quería, en fin, que se posibilitara una rebelión de quienes, entre sus siervos, mayor riqueza y con menos exigencias daban al tesoro de su comunidad monástica? , ¿y en mi ausencia?
— Saldrás con Alvar Colodro, y a sus órdenes, mañana mismo, para cumplir la encomienda de localizar, copiar y traducir ese Códice«Wayada » — sentenció el abad con gesto de hastío, refiriéndose al gañán aquel como si fuera una autoridad de apellido ilustre.
Después se sirvió otro vino para él solo, como había hecho ya su acompañante.
— Se pronuncia «Wal-lada» — le corregí, que es una de las cosas que más fastidian a un abad.
Entonces, más por extrañeza real que por ganas de seguir discutiendo, le pregunté por qué me habían elegido a mí. ¿De verdad no había un solo cristiano en Córdoba y alrededores que supiera traducir del árabe?
— No sé qué habrán visto en ti los obispos — respondió — . Pero parece que es un libro que no todo el mundo puede leer. Tú sabrás de quién te has ganado la confianza.
Suspiré como si estuviera desesperado. Y luego me serví y bebí yo también un buen trago, temeroso de que entre ambos se acabaran mi cantarilla sin dejarme ni catarla.
El vino me regaló un instante de paz. Al fin y al cabo, necesitaba alejarme de mi casa y de su infausto pozo. E iba a poder buscar la tumba de mi amigo Lope y sentarme un rato allí a recordarlo.
— Lo que no acabamos de entender, ni yo ni la guardia, es por qué la tiraste a tu propio pozo... — me susurró al oído en la puerta dom Juan, cuando el pastor ya había salido — . Pero tú sabrás. De eso en breve no va a quedar ni rastro. Si te portas bien, puedes despreocuparte.
Y se fue.
Alvar Colodro volvió al amanecer con gélido semblante, montado a pelo en un caballo blanco, con otros tres que llevaba sujetos con cuerda a su brazo, uno alazán, otro pío y el tercero negro, todos de planta andalusí.
Encaramado a su noble bestia, se acentuaba más aún lo mequetrefe y malencarado que era.
Quizá, además de pastor de cabras, se daba mañas de ladrón de caballos.
¿O se proponía que viajáramos solos, sin descanso, con montura más fresca a cola, y en relevo?
No me pareció mal. Así alcanzaríamos antes al sedero, para el que tenía unas cuantas preguntas.
La curiosidad impertinente siempre ha sido mi punto débil, por más que tenga comprobado que todo mal nos acaba atrapando por no saber quedarnos tranquilos en casa, sentados junto al fuego y con la puerta atrancada.
Para sobrevivir hay que aprender a entretenerse solo.
— No tengo silla para un caballo así — le avisé.
— Rechazan cincha estas bestias — dijo.
Como un idiota pensé que podría resistir el viaje a pelo, de muchacho montaba siempre sin aparejo. Si bien no es menos cierto que por entonces alcanzaba de una pedrada a los conejos y el único miedo que me daban las mujeres era el de que se quedaran con el tocino de mi merienda.
Pero cuando, en vez de tomar hacia San Millán para subir luego al Camino Francés, Alvar enfiló por una cañada hacia el sur como si no estuviera ahí mismo la sierra de la Demanda, me pareció demasiado: le dije que por ahí no conseguiría ni harto de vino llegar a Burgos.
— No vamos por Burgos. Sígueme, que por aquí he venido y atajamos nuestros buenos días.
— ¿Y dónde calculáis que vamos a hacer noche entonces, mi señor Alvar Colodro? — le pregunté sin lograr reprimir la burla.
En muchas leguas no había por allí más que campo, montaña alta y todo al sol.
— Haremos noche donde se nos haga de noche — contestó sin darse la vuelta para contemplar la cara que se me había quedado.
Me supe en presencia de otro de esos mareantes sabios rústicos y con redaños que llaman puño a la mano cerrada, pan al pan, y al vino, vino.
Sin duda el apellido Colodro indicaba lo que tenía en la cabeza para pensar: un zapato de madera en vez del serrín habitual.
Fueron inútiles todos mis consejos, argumentos y ruegos.
Se le había metido, en el diminuto espacio que sus cejas dejaban entre sí (por cortesía o reverencia hacia la nariz, sería), la formidable idea de que se podía recorrer Castilla entera monte a través hasta Al Ándalus, y no hubo forma de desviarlo un ápice de su disparate visionario.
Adiós a toda paz y todo descanso y adiós al interrogatorio del sospechoso mercader de sedas.
La refinada crueldad del abad me había puesto a las órdenes no tanto de un simple, que lo era, como de un loco de remate, decidido a renunciar a una posada, un jarro de vino, un jergón de paja y hasta a una improbable posadera complaciente y codiciosa.
Y si bien a todo se puede renunciar, la imprudencia es en el viaje un mal sin solución, y lo más probable era que en menos de una semana los dos estuviéramos descansando entre zarzas, como alimento de fieras, lo cual, por alguna razón, no me atraía.
La muerte pertenece a la clase de asuntos que siempre se pueden dejar para otro día, como la limpieza de las ollas, remendar la ropa y perdonar a los que nos ofenden.
El único consuelo que encontré es que el mismo peligro que iba a correr mi vida en ese viaje, sumado al interés por la observación siempre provechosa de un ejemplar loco de nuestra especie humana, iba a ayudarme a llevar el duelo por mis amigos en aquellos días.
Pasé la primera noche casi entera en vela, con buena parte del Zodiaco danzando sobre mí, y sorprendentemente protegido de alimañas por los ronquidos espantables de mi superior, aunque completamente desvelado por la misma razón: Alvar tenía el sueño de los vigilantes, con ronquido tan desparejo como atronador, que de repente se quebraba en silencios interminables para volver a comenzar su rugido, con el triple de fuerza, justo cuando ya lo daba por muerto de asfixia.