2. Carta de paz
Carta de paz
— ¡Qué vergüenza, si Yusef os viese!
No fui yo quien habló. Lo hizo por mí una mujer, esposa de la mano derecha de Yusef, y ella misma uno de los más fuertes asideros de muchas mujeres de allí:
— ¡Me apartaré como es mi obligación en el entierro, pero aquí en la calle no vais a poder taparme la boca! — gritó a los que le pedían silencio.
Y luego acusó a los que me habían insultado, recordándoles que jamás Yusef habría dejado a su cuidado a su hija y mil veces la había dejado al mío.
— ¿Queréis que diga los nombres de todos los que la han pedido por esposa en los últimos dos años sin que Yusef lo aceptara?
Podemos empezar por el imán mismo, si os parece bien.
Quizá debamos buscar en esa lista al asesino, y no entre los amigos de Yusef que lo querían y respetaban, a él y a su hija.
Arropada enseguida por los aludidos, que eran también amigos míos, y por alguno más, aquella mujer valiente me salvó, y por eso puedo contar que una de las mayores alegrías de mi vida la tuve cuando, tiempo después, llegó el día en que me presenté en su casa a agradecerle aquellas palabras, a ella y a su marido, con toda la ceremonia que supe montar.
Ninguno de los dos revelamos, ni en ese momento ni nunca, que habíamos pasado una larga infancia juntos, hasta que sus padres le prohibieron salir a la calle para que dejara de vivir la vida silvestre de los niños y le taparon con ropajes el pelo y la piel.
Me salvó, sí: los insidiosos callaron, el imán hizo como que no oía y la comitiva se puso al fin en marcha hacia el almacabra, que es como llaman ellos a sus cementerios.
Y allí me quedé yo, cada vez más necesitado de saber la verdad, y con el imán ya haciendo sin duda compañía al sedero en la lista de sospechosos del crimen.
De buena gana habría salido con mi rucio a la caza del sedero, que, según me confirmaron en la taberna de postas, había partido al amanecer hacia Burgos y con destino a Córdoba en una pequeña caravana de mercaderes de esclavos y especias.
Pero no los alcanzaría ni en dos días. Y ya sabía la respuesta del abad a cualquier propuesta para ausentarme de mis obligaciones un tiempo: «No».
¿Cómo convencerlo de que merecía la pena atrapar a un moro asesino de moros o limpiar mi honra ante una comunidad de desharrapados? De ninguna manera.
Y si, de cualquier forma, iba y me enfrentaba al sedero, ¿qué me diría él? Que no era culpable ni sabía quién diablos habría podido matar a Yusef. ¿Y cómo podría demostrar que mentía?
Quería encerrarme en casa, atrancar las ventanas, meterme en la cama.
Pero no podía dejar de pasear y de darle vueltas al crimen.
Decidí, entonces, sentarme a intentar descifrar los dibujos simbólicos que llevaba Aixa esculpidos en la piel y había copiado.
Los desplegué en mi escritorio. Eso me calmó, primero, y consiguió, poco a poco, ocupar todos y cada uno de mis pensamientos.
Tras un buen rato entendí que mi intuición inicial era correcta.
Se trataba del trabajo de un artista calígrafo, grabado con una letra cúfica ornamental, bella y minuciosa.
Convertí las vueltas geométricas de las letras en una sucesión de palabras sincopadas que no llegaban a formar un texto.
Pero, con ayuda de los listados de léxico árabe que guardaba en la memoria acumulados durante mi aprendizaje y mis lecturas, fui despejando y completando las palabras en busca de sentido.
Después de diversas tentativas fallidas, descubrí, al fin, dos versos comprimidos en uno de los dibujos.
Una vez descifrado el primero, el otro resultó mucho más sencillo.
Para comprenderlos a fondo, tuve que trasvasarlos a cuaderna vía, en recto román. Me salían con más palabras, como suele ocurrir siempre que se traduce: un poema menos comprimido e impactante a la vista, pero muy fácil de grabar en mis mientes:
Para gloria fui hecha, Alá será garante,
y altiva voy mi vía, que yo tracé fragante.
Del sol de mis mejillas doy riendas al amante
y mis besos te ofrezco si vienes suplicante.
No me parecieron los versos más adecuados para grabar en el cuerpo de una muchacha, ni mucho menos. ¿Quién y cuándo lo había hecho? ¿Con qué sentido? ¿Cómo lo permitió Yusef, su padre? ¿O se haría a sus espaldas?
No hay misterio mayor ni más doliente que el que somos los unos para los otros.
Pero nada de eso me servía para dar con el asesino de mis amigos.
Así que abandoné defraudado mis pesquisas.
Salí al huerto, cogí la carretilla y una pala, y sin alejarme mucho de la casa comencé a llenarla de arena y piedras.
Fui hasta el pozo y eché dentro todo lo recogido.
Había que cegarlo.
Pero al tercer viaje estaba extenuado. Decidí entonces encerrarme de nuevo en casa a hacer un poema sobre la vida del mártir Lorenzo, torturado a la parrilla como mi ánimo, con la esperanza de que esa vocación de poeta ermitaño que antes jamás había sentido se apoderaría de mí.
Planeé montar en unos días una de esas historias que sacuden el fervor y los bolsillos de los fieles.
Pero ni en lo poco que quedaba de mañana ni en buena parte de la tarde, con el entendimiento enmarañado, alcancé a concebir más que un único verso:
Los que ahora somos conviene que muramos.
La mejor prueba para saber si un verso merece la pena es olvidarse de él, para recuperarlo con el tiempo, si acaso ha permanecido prendido en la memoria.
El problema es que olvidar es un acto que se lleva mal con la voluntad de hacerlo.
Pero entonces llamaron a mi puerta y me olvidé por completo del verso.
Abrí. Era el abad. Venía con un pastor malencarado, sin afeitar, cejijunto y alfeñique, con un sucio casquete de paño a modo de gorra, atado con fuerza bajo la barbilla con dos cinchas que comenzaban anchas, cubriéndole las orejas, y acababan finas en el lazo.
— Carta para el preste Gonzalo de Berceo — dijo dom Juan, como si fuera él el mensajero.
Les di paso con la mejor cara que pude componer, los llevé al huerto, les pedí que se acomodaran en el cenador bajo el techo de caña trenzada que sustenta la umbrosa parra y me dispuse a leer la carta en cuanto me la dieran.
— Morapio no tienes... — se lamentó el pastor, que había puesto sus abarcas con las polainas de cuero, bastante sucias, sobre la banca en la que iba yo a sentarme.
Traje una cantarilla de vino y les serví. El pastor venía con sed. Alzó la copa y se la trasegó en un parpadeo antes de pasarse la manga de paño de la pelliza por los labios. Solo entonces me entregó aquel hombre de pésimos modales la carta, con toda la solemnidad de que fue capaz.
Pensé que con un poco de suerte se trataría de una de esas cartas ominosas que piden matar a los mensajeros, como la que llevó a Almanzor el padre de los siete infantes de Lara. Pero venía con el sello quebrado, sin duda por el abad, así que mis esperanzas se desvanecieron pronto.
— ¿De dónde llega? — pregunté, por preguntar algo.
— De Córdoba — dijo el abad adelantándose al pastor.
Palabra mágica donde las hubiera en ese momento. Tuve un presentimiento esperanzador, pese a que nada bueno podía esperar viniendo del abad. Desenrollé la misiva, que estaba en pergamino de cordero nonato, como si fuera para el abad mismo.
Venía, en efecto, dirigida a mí. Miré antes de nada las firmas.
¿Qué era eso? ¿Una broma?
Los nombres, las rúbricas y el sello del anillo de tres famosos prelados estaban bien claros al pie: dom Gonzalo, obispo de Cuenca; dom Martí, de Salamanca, y dom Juan de Soria, el de Osma.
Leí las palabras en tropel. Era un requerimiento para que viajara a Córdoba con el fin de buscar un libro escrito en árabe que llevaba el pomposo nombre de Códice Wallada .
Al parecer, el Códice Wallada incluía entre otros libros muy valiosos un opúsculo titulado «El bastón de Dios», que iba a acabar con las guerras de una vez por todas, ahí es nada.
Y a imponer al tiempo, por si fuera poco, la religión de Cristo: en los reinos ibéricos, primero, y después en el Reino de Jerusalén y en todo el orbe conocido, desde donde sale el sol hasta el ocaso.
Una suerte de Evangelio de la Paz. El Santo Grial de la literatura.
Parecía, efectivamente, una niñería firmada por tres patanes. ¿Habían vuelto acaso los tiempos primitivos de iluminación?
La carta concluía ordenando que me presentara en Córdoba sin dilación para encontrar, primero, el Códice Wallada, y traducir a román, después, «El bastón de Dios».
¿Acaso no había gente capaz de hacer eso por allí? ¿Acaso lo querían en cuaderna vía los señores obispos? ¡Qué sandez!
Al tiempo que leía pensaba en cómo debía reaccionar.
¿El abad me había tendido una trampa tras enterarse de que había estado preguntando por un viajero a Córdoba en la taberna de postas?
Demasiado rebuscada para tratarse de una broma suya.
Pero, si en el fondo la carta era, además de disparatada, cierta, ¿a santo de qué esos obispos que no me conocían me proponían a mí para buscar un códice árabe en Córdoba?
¿Me pedían ayuda quizá inspirados directamente por el propio papa Gregorio, que no era improbable que a su vez hubiera recibido alguna sugerencia de lo más alto?
— ¿Córdoba ha caído en manos cristianas? — pregunté.
No estaba intentando ver si era seguro meterse en Córdoba o no. Mi ánimo devastado no era capaz de plantearse asuntos tan razonables en ese momento. Quería saber si esa historia de la traición de Lope que había propiciado la toma de un barrio tenía algún viso de verosimilitud.
— No, al menos cuando yo salí con el recado — contestó parco aquel mensajero disfrazado de pastor.
Enrollé la carta y se la devolví.
— Es una pena, pero no puedo ir a Córdoba ahora — dije.
Es lo que me dictó el instinto. Si quería asegurarme de que el abad permitiese que fuera allí, tenía que mostrar mi oposición de entrada.