Una tumba en Al Ándalus (Gonzalo de Berceo 3) 1. Los peligros del agua #4
9%

1. Los peligros del agua #4

El entierro partió al día siguiente de la casa de Yusef con su cadáver y el de Aixa envueltos en sábanas blancas atadas con sogas, sobre un carro, y seguido por un puñado de hombres compungidos — los más cercanos a Yusef, los que trabajaban con él — y sus mujeres llorosas.

Al entrar en la morería se fueron sumando más y más personas.

A muchos los conocía bien, a algunos apenas los había visto.

Cualquier otro día, aquellas mujeres estarían ocultas tras las paredes y celosías, casi siempre juntas, a cargo de los niños, la alimentación y la casa, o de sus embarazos y los de las vecinas, y de sus partos y crianzas.

Y los hombres andarían dando tumbos, apoyados contra las paredes en las esquinas, hablando sin parar en la plaza.

Acosados a diezmos para el monasterio, los moros merodean siempre en busca de un encargo, miran de soslayo y hoscamente, y, cuando aparecen cristianos para usarlos como herramientas parlantes en sus campos, se agrupan a la espera de que el encargado los escoja tras mirarlos como a bestias, midiéndolos a ojo de buen cubero.

Así que luego es fácil sorprenderlos haciendo gestos sospechosos, con movimientos de aire taimado, vengativo, hipócrita y peligroso, como el que tienen siempre los explotados, y que justifica al fin el miedo y el desprecio con que los tratamos.

Aquel día, sin embargo, en procesión, cuando todos nos detuvimos ante la casa del imán, que hacía allí las veces de mezquita, no se distinguían de mí en su tristeza.

Puesto que los cadáveres no pueden entrar en las mezquitas por su impureza (aunque yo no sé qué será eso), el imán salió a la puerta y, tras asegurarse de que todos estábamos mirándole, comenzó su epitafio por Yusef.

Aunque aprendí el árabe en la niñez, jugando con una muchacha de la morería cuya madre trabajaba en el telar del convento con la mía, de entrada no presté ninguna atención al discurso del imán, porque lo consideraba un ignorante, pero al cabo me sorprendió su voz expresiva imponiéndose en la mañana. Y no pude escapar a lo que decía.

— ... Yusef nos traía el agua a casa, y el agua es vida que le sobrevive, así que no vamos a olvidarlo.

Una vez le pedí que me enseñara a manejar su vara de fresno para encontrar agua, y ¿sabéis lo que me reveló?

«La vara solo sirve para concentrarse, el agua la encuentro yo», dijo.

«La encuentra mi cuerpo. Todos los cuerpos saben dónde hay agua, solo hay que escucharlos.

» Así era Yusef, y lo voy a recordar, lo vamos a recordar cada vez que bebamos, porque el agua de Yusef sigue fluyendo para nosotros.

No como el agua estancada, que pronto se convierte en puro veneno.

Como suelen hacer estos sermones de hueca palabrería en los corazones encogidos, el imán estaba logrando conmoverme. Y yo que había pensado que aquel hombre al frente de los fieles mahometanos tenía que ser tan estúpido e insensible como un abad...

— Yusef excavó una vez un pozo para su mejor amigo. Para alguien a quien Yusef quería mucho, pese a que no es de nuestra sangre, porque era un hombre muy generoso — añadió, llevándome hasta el borde mismo de la lágrima, y dejó después un largo silencio.

Varias miradas se volvieron hacia mí. Entonces me di cuenta de que no eran miradas compasivas.

Llevaba muchos años atendiendo los problemas de la morería en su relación con el monasterio y los habitantes de San Millán.

Y había conseguido establecer algunos lazos firmes con ciertas familias, favorecido por el hecho de que el abad me hubiera arrebatado muy pronto la difícil labor de cobrar los diezmos: no se fiaba de mí y hacía bien.

Pero había gente que no me abría la puerta y no me miraba con buenos ojos, como era de esperar.

El discurso del imán siguió alabando las virtudes de Yusef. Recordó frases del Corán, y solo al final volvió al agua y al pozo.

— Así que os pido que ahora penséis solo en el agua que fluye, como Yusef fluía entre nosotros.

Os pido que no penséis en lo que le han hecho a él y a su hija.

Os pido que no penséis en esos pozos con agua estancada, porque el agua estancada acaba siempre convirtiéndose en veneno.

Sino que lo recordéis a él, generoso, trayéndonos su agua, que nadie puede quitarnos por mucho que ahora él haya muerto.

Que no recordéis ahora, por favor, que la sangre nunca se convierte en agua.

Conocía ese refrán árabe que Yusef mismo me había explicado tiempo atrás: la sangre derramada no se convierte en agua y desaparece, hay que limpiarla. Es una incitación a la venganza contra los extraños que derraman la sangre de la familia.

¿Estaba acusándome el imán de la muerte de Aixa, de su cadáver en mi pozo, y por tanto también de la muerte de su padre? ¿Estaba buscando que me lapidaran ahí?

Mientras la comitiva se ponía en marcha de nuevo, se alzaron algunos gritos.

«Perro cristiano» no fue ni mucho menos el peor insulto que se oyó.

Movimientos sinuosos, rostros que bisbisean entre sí: no sería aquella la primera insurrección en una comunidad mudéjar de la zona que acababa con un preste muerto.

Pensé en el pobre Lope perseguido en el zoco de Córdoba, su cuerpo entre tablones bajo el polvo de especias.

¿Era posible que fuéramos a morir los dos de modo semejante y en tiempos cercanos?

Tal y como tenía el ánimo, no es que me preocupara demasiado.

Y lo que sí sabía es que correr no me iba a servir de nada.

Me dispuse a alzar la voz para comentar un par de cosas que no les vendría mal saber, muchos jamás me habían oído hablar en árabe y eso quizá ayudaría a poner a algunos más de mi lado.