1. Los peligros del agua #3
En el hombro izquierdo había, como esculpido y formando un cuadrado, un ornamento de intrincados y sinuosos trazos lineales.
Y en el otro hombro, otro motivo semejante, pero diferente en su dibujo.
Parecían símbolos complejos, de significado incomprensible para mí.
Hasta entonces no había visto nada así inscrito en piel.
Solo esos sencillos signos (cruces, estrellas, anclas) que llevan escondidos por el cuerpo algunas mujeres osadas como recompensa a quien encuentre el camino secreto para acariciarlas.
O los estigmas con que los esclavistas infaman el rostro de los ilusos que han intentado fugarse de su rebaño humano.
Pero aquello era el trabajo de un artista, trazado con afán y deleite. Y aunque no sabía nada de inscripciones en la piel, las de Aixa no parecían recientes.
Me extrañaron tanto los dibujos que imaginé que podían esconder alguna información, y decidí copiarlos en un papel, asegurándome de que no erraba los trazos, casi calcándolos.
Al hacerlo pude distinguir rasgos de letras árabes en cúfico geométrico, que es el que utilizan los moros para sus decoraciones.
Pero eran palabras truncas que parecían volverse sobre sí mismas, ilegibles.
Algo que no tenía ningún sentido para mí. Guardé los dibujos.
Cuando acabé las penosas exploraciones, me dirigí a la morería con el carro cargado y cubierto.
Llamé a la puerta de la casa del imán y le hice el sucinto relato de lo que me había encontrado en casa de Yusef y en mi pozo.
Lo encajó con serio asombro. Puesto que Yusef no tenía familia allí, le pedí al imán que se hiciera cargo del entierro y que tratara de ello con los tres hombres que trabajaban para él y en los que Yusef tenía total confianza.
Antes de irme se me ocurrió preguntarle si se había presentado ante él en los últimos días un comerciante en sedas cordobés, y me dijo que no. Nos interrumpió el grito desgarrador de una de sus mujeres, que se había acercado al carro a curiosear la carga que había debajo de las mantas.
Me fui de allí atolondrado, pensando en el sedero, intentando reconstruir en mi memoria los perfiles de su rostro, la figura y sus no tan claras intenciones cuando se había colado en mi casa el día anterior preguntando por la de Yusef.
Me había contado que había viajado a vender sus telas a Pamplona y ahora regresaba a Córdoba, aunque antes tenía que darle ciertas noticias a Yusef el Cordobés.
Entre ellas, como supe luego, la muerte de Lope.
Ahora había que ponerlo al frente de los sospechosos por el asesinato de mis amigos.
No tenía aspecto sanguinario, pero ¿quién lo tiene si no es metido en faena?
Ningún loco criminal va mostrando su saña a cuantos se cruza, y nunca se sabe de qué madera es el serrín que se apoderará tarde o temprano de nuestro entendimiento.
Con el sedero en la cabeza volví al bosquecillo de robles.
Busqué en vano algún rastro más en el lugar en que las huellas de Aixa descalza se desvanecían, y luego en un radio cada vez más amplio, pero no fui capaz de encontrar nada de nada, como si su raptor hubiera sido un espíritu, volara como un pájaro o reptara sobre la hierba como una pequeña serpiente venenosa, sin apenas doblegarla ni rozar el suelo.
No había tampoco rastro de la llegada del depredador a la casa de Yusef o de su partida en persecución de Aixa, o de su llegada con ella al pozo de mi casa.
Era evidente que aquel espectro volátil sabía borrar sus huellas con cuidado.
Pero pude reconstruir un orden de sucesos que parecía lógico: había entrado de noche en la casa de Yusef, lo había atrapado, había sentido a Aixa escapando, y había atado y amordazado al padre con fuerza, como mostraban las marcas en las comisuras de los labios y el pañuelo caído junto al cuerpo.
Después había perseguido a la hija de camino a mi casa, la había violado — por puro deseo o como parte de la cacería — , la había torturado y mutilado y la había arrojado a mi pozo (no conseguía entender por qué, ¿quizá para esconderla?
, pero cualquiera que viviera allí iba a encontrar el cadáver por la mañana), para volver por último a por Yusef y torturarlo también en busca de lo que fuera que estuviera buscando.
Con esa reconstrucción de las andanzas del criminal, me llegué al monasterio e informé de todo lo ocurrido al abad dom Juan y al jefe de su guardia, con detalle, como era mi obligación.
— ¿Y quién me arregla a mí ahora el surtidor del estanque del claustro, que se estropeó ayer? — me preguntó el abad, como molesto porque ni Yusef ni su asesino se interesaran por las cosas importantes del monasterio.