Una tumba en Al Ándalus (Gonzalo de Berceo 3) 1. Los peligros del agua #2
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1. Los peligros del agua #2

Un pozo. Como si nada. Me dejó de piedra.

Yusef era zahorí, conocedor del agua viva, experto en sus flujos en acequias para riego de huertas, capaz de alzarla en fuentes y surtidores o encauzarla bajo tierra o represarla en albercas y hasta en pequeños lagos, o de elevarla sobre las casas y las puertas de los cercados de las huertas, capaz incluso de bombearla desde lo profundo o de recogerla y escupirla con cangilones de norias de movimiento terco.

Eso le había proporcionado en pocos años alguna riqueza y cierto estatus en la morería.

Unos días antes de que me regalara un pozo sacado de la nada en el mismo huerto de mi casa, le había echado yo una mano con su hija.

Aixa había florecido de pronto y sin que Yusef se diese ni cuenta, y era pretendida por el imán del lugar, incapaz de alimentar a las tres mujeres que ya tenía con los diezmos que les malcobraba a sus fieles.

Yusef me explicó, preocupado, los problemas que se le vendrían encima en cuanto lo rechazara.

Yo, como preste encargado de las relaciones entre cristianos y mahometanos, conocía bien al imán. Y se me ocurrió contarle un cuento:

— Me dice el abad que andas mirando a la niña de Yusef. Y pide que te comente de buenos modos que él la vio primero.

Fue más que suficiente para que no volviera con la barrila a por agua del huerto de Yusef, y aunque yo no le dije a mi amigo nada de nada, él algo se sospecharía, porque se plantó en mi casa, cavó donde le decían sus saberes de mago y sacó de la nada agua para siempre, que me evitaba bajar medio monte camino del arroyo y subir luego acarreándola.

Sí. Éramos vecinos, pero nos encontrábamos a gusto hablando, como hermanos que se conocen de siempre.

Pensando en todo ello me llegué a la casa de Yusef aquella mañana.

No me extrañó el silencio, pese a que siempre andaba trabajando desde temprano en alguno de sus ingenios, y temí que el dolor por las últimas noticias lo hubiera dejado postrado en cama.

Pero cuando me acerqué y vi la puerta abierta, no me gustó.

La mía está siempre así si ando por casa, y a veces me olvido de cerrarla incluso cuando salgo, pero esa no es costumbre mora.

Llamé sin atreverme a entrar, mas Yusef no respondió.

Me asomé y vi que por el suelo del amplio zaguán en que Yusef solía trabajar andaban tiradas en desorden sus herramientas, que siempre dejaba, cada una, en su sitio asignado: compases, martillos, tarugos de madera, mapas, planos.

Entonces entré llamándolo a voces hasta el huerto.

Allí lo vi. Me acerqué golpeándome la cara para asegurarme de que no era otra pesadilla.

El cadáver de Yusef estaba atado al tronco de la higuera, decapitado, con una enorme mancha de sangre sobre una de las camisas que usaba para dormir.

La cabeza había caído de costado al suelo, a su lado, con los ojos abiertos.

Le habían mutilado la nariz y las orejas.

Tuve que apartarme al pozo del centro del huerto a vomitar el desayuno y la comida que no había podido digerir la noche anterior.

Cuando salí de mi parálisis, me lancé a la casa gritando ahora el nombre de Aixa.

No me estuve a analizarlo, pero dentro todo andaba revuelto como en el zaguán, el contenido de los baúles al pie, rodeándolos, y los muchos códices de Yusef caídos en el suelo ante las estanterías.

Tenía ciento o más, qué sé yo, casi tantos como el propio monasterio...

Muchos comprados o heredados y no copiados de su mano, me parecía.

Y algún diván de poesía andalusí le había pedido prestado alguna vez, aunque la mayoría eran libros sobre ingenios para el agua, regadío de huertos y características de plantas y sembrados que no me interesaban demasiado.

Crucé las dos estancias principales y subí a la carrera la escalera.

En la habitación de Aixa, los juguetes de madera estaban tirados y la lana del jergón esparcida por el suelo.

La ventana había quedado abierta y, enganchado en la jamba, vi un jirón de ropilla suya, que conocía bien porque ella misma la tejía y me enseñaba siempre cada pieza al acabarla.

— ¿Tú crees que algún día podré pasear con esta camisola por los jardines del palacio de mi padre en Córdoba? — me preguntaba en árabe con suave voz, en las largas conversaciones en las que se ofrecía, divertida, a ayudarme como maestra a practicar su lengua para que no se me olvidara.

Miré abajo, grité su nombre con fuerza. Nada.

Salí de la casa buscando el rastro de Aixa con el corazón batiéndome las sienes y un nudo en la garganta.

Encontré huellas de pequeñas babuchas que tomaban la dirección de mi casa, y con cierto alivio comprobé que no había otras huellas siguiéndola.

Pero la ansiedad no cedía, porque era evidente que, si buscaba mi ayuda, no la había encontrado.

A la altura del bosquecillo de robles cogí una de sus babuchas azules al borde del sendero, y pasados los robles la otra. A partir de ahí había corrido descalza. Para entonces yo también corría. A menos de cien varas de mi casa su rastro se desvaneció como por arte de magia.

¿Había caído sobre ella el asesino de Yusef como un halcón sobre un conejo arrebatándola sin darle ni tiempo a gritar? ¿Dónde estaba yo cuando Aixa me buscaba y me necesitaba? Tirado en la cama y ofuscado en mis propios desvelos y sufrimientos, incapaz de escuchar sus gritos.

Entonces supe dónde iba a encontrarla.

Me recuerdo corriendo con las babuchas azules en la mano. Cuando llegué a mi pozo había buena luz, no como al amanecer, y se podía ver un bulto entre los reflejos del agua.

La llamé como un idiota, pero sin gritar, para no inquietarla si estaba viva.

Me descolgué por las hendiduras excavadas en las paredes por su padre para bajar a limpiar el pozo.

Tan alterado bajaba que a punto estuve de resbalar y caer.

Según me iba acercando, entreveía su cabello negro flotando extendido en finos haces de sombra concéntricos contra el reflejo plateado del cerco de agua.

Saqué primero la cabeza y luego, no sé ni cómo, el cuerpo, que se había atascado con el cubo en uno de los salientes sumergidos de las paredes.

Dejé sus restos sobre la hierba y me senté por fin apoyando la espalda en el tronco de la encina.

Cerré los ojos. Imagino que tampoco supe llorar entonces, aunque ahora no lo recuerdo todo. Me sentía culpable.

¿Quién había sido capaz de hacer una cosa así?

El zumbido de las moscas me distrajo del dolor para devolverme a mi profunda alteración. Fui a por una manta para tapar los restos.

Afortunadamente, decidí no fijarme en el rostro, mutilado como el de su padre, y todavía hoy, aunque entre brumas, puedo recordarla viva y en su esplendor casi infantil.

Como siempre me sucede ante una muerte, y pese a todas las evidencias, quise pensar que, en el fondo, Aixa no había sufrido.

Pero no había resquicios para aceptar una mentira así.

De cualquier modo, lo que más me agobiaba en aquel momento era el cadáver de Yusef que había dejado atado a la higuera de su casa. Cargué mi Lucio con los despojos de aquella pobre muchacha y me encaminé allí sumido en la culpa y la desolación.

Llegué al fin a la casa y desaté el cadáver de Yusef.

Mi único propósito era llevar los restos de padre e hija al imán de la morería para que se encargara de su sepelio, consciente de que hasta que no estuvieran enterrados los dos no iba a poder sentarme a masticar mi dolor.

Pero mientras vaciaba el carro de Yusef de sus enseres para cargar allí los cadáveres, me di cuenta de que, si los entregaba, nunca iba a poder examinarlos en busca de indicios para averiguar quién había cometido aquel crimen.

Y sabía lo que iba a pasar: sabía que en algún momento se me acabarían la compasión y aquel enorme deseo de hundirme en la oscuridad y el silencio, y que poco a poco llegaría y se impondría el odio, que siempre acude cuando lo llamamos, capaz de acabar de una vez con la serenidad necesaria para seguir viviendo en paz.

Sabía también que lo único que acalla el odio es la verdad, y quería empezar a registrar lo que pudiera de la verdad con mis propios ojos.

Así que me armé de valor para examinar, al menos, el cuerpo de Yusef.

Baste decir que el criminal lo había torturado antes de la muerte en busca de lo mismo que, sin duda, lo llevó después a revolver la casa entera, señal de que no había conseguido arrancarle dónde se hallaba el tesoro.

Los dedos de la mano derecha estaban dislocados y quebrados, y le había cortado las orejas y la nariz con un cuchillo o una espada muy afilada, antes de decapitarlo de un tajo, todavía vivo, como mostraba la sangre que le empapaba la pechera de la camisa.

Las comisuras de los labios estaban ligeramente desgarradas y ensangrentadas.

Había un pañuelo de Yusef enrollado, caído junto a la higuera.

Se trataba de un verdadero especialista en la búsqueda de información, si es que solo era uno, aunque por allí no había rastro de nadie más que de Yusef.

Luego, el lastimoso examen del cuerpo de Aixa, segado en el final de la pubertad, dejó en evidencia que había sido forzada. Tenía moratones en el torso, en las piernas y los brazos. Tenía restos de piel en las uñas. Tenía sangre entre los muslos...