Una tumba en Al Ándalus (Gonzalo de Berceo 3) 1. Los peligros del agua
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1. Los peligros del agua

Los peligros del agua

La muerte de Lope me la contó hace muchos años, en una visita que le hice a su casa, mi amigo Yusef, moro de la morería, tal como se la había oído a un mercader de sedas de paso por nuestra villa de San Millán de la Cogolla, el cual, en fin, la había visto con sus propios ojos.

No he sabido olvidar los detalles de lo que me dijo Yusef que le había contado el sedero. Y a este lo conocía, porque había sido yo mismo quien le indicó el camino de la casa de Yusef esa mañana, cuando se coló en la mía preguntando por él.

Algo malo habría hecho Lope — opinaba el aciago mercante — , porque, aunque gritó e insultó a los perseguidores, ni de las acusaciones ni de las cuchilladas se defendió más que alzando su triste muñón, como si la ausencia de brazo lo excusara de la traición o pudiera provocar compasión en la muchedumbre enloquecida.

Después — me dijo Yusef que le había dicho el sedero — arrojaron el cadáver en el callejón que daba a la casa familiar con un cartel mofándose de él.

Si cierro los ojos, puedo verlo tal y como lo imaginé tras conocer el relato de su muerte, y como sigue apareciendo en mis peores sueños: sobre los tablones de un tenderete, con el cuerpo desmadejado y tornasolado de restos de especias y de sangre.

A lo largo de la vida he presenciado cosas terroríficas que luego se han disuelto en el tiempo como azúcar árabe en el vino, pero esa imagen nunca vista no se borra jamás.

Escuché todo el relato de esa ejecución sin saber que la víctima era Lope, pendiente más que nada del pobre Yusef, al que la noticia se la había traído el sedero junto a la de la agonía de un tío suyo, el hombre que lo había adoptado de niño y al que llamaba padre, desahuciado por los médicos y tirado en una cama de su casa en Córdoba.

Yusef contaba todo con enorme aflicción, refiriéndose a Lope con el nombre de «Ben Saíd» y como parte de su familia.

Solo al evocarlo al final dijo algo que me desconcertó, en ese román mozarábigo con que él y su hija hablaban conmigo cuando no me dejaban practicar el árabe con ellos:

— Ben Saíd era un hombre bueno y sabio, un simple músico incapaz de hacer daño a nadie — me explicó — .

De joven vivió una desgracia, renegó de su familia y su religión y se fue de Córdoba.

Después, un cristiano salvaje le cortó el brazo, y abandonó la música.

Se hizo vagabundo y se dio a la bebida, a vivir solo y a gritar disparates por las calles de las villas que cruzaba.

— Yo también tengo un amigo así, renegado, manco, bebedor y sabio en desvaríos — dije, alucinado, sin saber todavía que hablábamos de la misma persona — : pero se llama Lope Ruiz.

Yusef me miró preocupado.

— Ese era su nombre cristiano — confesó agachando la cabeza — . Perdona, no sabía que lo conocías.

Recuerdo que tuve que sentarme en un banco de obra cubierto de hierba que había en el huerto de Yusef para encajar el mazazo.

La dulce hija de Yusef, Aixa, una muchacha a la que quería desde niña, se sentó a mi lado.

No conocía a Lope, y le acababan de comunicar también la próxima muerte de un abuelo que no lo era del todo, al que tampoco conocía y al que, por tanto, no había sabido llorar.

Pero tomó una de mis manos entre las suyas y lloró con pequeños sollozos por mí y por su padre, que no habíamos aprendido a hacerlo.

Yo sigo ahora incapaz de echar una lágrima.

Yusef se quedó de pie mirándonos, y estuvimos así algún tiempo. Recuerdo que cuando me levanté y me despedí con una frase inútil de consuelo, el sol ya se había puesto y Aixa llevaba un rato sin llorar.

La fantasma de Lope no me dejó dormir aquella noche.

Nada más acostarme, plantó las posaderas sobre mi barriga indefensa y comenzó a parlotear atronándome con su jerigonza tan ilustre como inaudita.

Puesto que no habíamos tenido ni entierro ni duelo, acepté de mala gana aquella especie singular de despedida o pesadilla, y me quedé toda la noche tumbado bocarriba, bajo su peso.

Pero ¿qué sabía yo en realidad de mi amigo, el peregrino imposible, el moro que se decía cristiano?

Cuatro tonterías. Nada.

Había entre nosotros mucho afecto y casi ningún conocimiento, más allá de lo poco vivido juntos, por intenso que hubiera sido.

De cualquier modo, mi cuerpo se revolvía ante la posibilidad de llegar a admitir ni por un momento que Lope hubiese colaborado en una matanza encarnando el papel de traidor.

El de víctima, en cambio, le iba como anillo al dedo, pensaba yo mientras su fantasma alborotaba mis intentos de dormir.

Me di cuenta de que la dificultad para mantener una conversación convencional con él, un vagabundo y un desahuciado, me había hecho suponer algunos disparates.

Así que ese ser sin infancia ni juventud en realidad había nacido y vivido en Córdoba...

Así que se llamaba Ben Saíd... Así que tuvo una familia y sucedió algo, una tragedia, que lo llevó a renegar de su religión y abandonar su casa y su pasado.

Lope sostenía que había peleado, como yo, en el bando cristiano de las Navas de Tolosa, y cuando le oí decirlo por primera vez, compartiendo cena en una mesa de una taberna en Silos, pensé que se trataba de un delirio o el deseo de proveerse de un pasado admisible para las gentes entre las que intentaba integrarse con escaso éxito.

Pero más tarde supe cómo había perdido el antebrazo, y me acordé de un citarista, moro renegado, que fue mutilado de manera semejante por orden del entonces maestre de campo y luego compañero mío de estudios en Palencia, el monje giróvago Aznaro, un diablo al que una y otra vez me he enfrentado en esta vida que pronto se acabará.

Aquel músico se hacía llamar «el Halcón», y presumía de ser descendiente de Abderramán el Inmigrante, el primer emir de Al Ándalus.

Lope tenía sus mismos ojos azules, claros y brillantes, y cierta pelusa dorada en la calva, como si fuera herencia alicaída de la famosa melena pelirroja del Halcón.

¿Podían ser Lope y aquel músico mutilado la misma persona?

¿Empezaba a conocer a mi amigo después de muerto?

Tanto daba, en realidad — quise pensar entonces y pienso ahora con menor dificultad — : tras un tiempo muertos, todos los hombres nos parecemos bastante.

Al amanecer, sin pegar ojo, decidí quitarme de encima la fantasma de Lope, puse a calentar vino con miel para el desayuno, lo tomé a trompicones mientras me vestía, salí afuera, crucé el huerto, abrí la puerta del cercado y fui al pozo en busca de agua para refregarme el rostro y despejarme antes de acercarme de nuevo a casa de Yusef.

Quería preguntarle todo lo que llevaba rumiando la noche entera: qué desgracia le había ocurrido a Lope para hacerse cristiano y salir de Córdoba tan joven. Y, si acaso lo sabía, con qué excusa lo llevó la muerte a regresar allí. Y también de qué conocía él mismo a Lope.

Pero, sobre todo, quería preguntarle dónde paraba el mercachifle que le contó la muerte de Lope, porque había cosas que no me encajaban: ni su supuesta traición ni su indolencia para dejarse morir.

Yo mismo había conocido al sedero fugazmente el día anterior, y no me había dado buena espina: se me coló sin permiso en casa aprovechando que mi puerta está siempre abierta, y no paraba de husmear por todas partes preguntándome por qué no había alfombras en el suelo, ni manteles en las mesas ni tapices en las paredes.

Solo cuando, harto de él, le pedí que se largara de una vez y me dejara en paz, me preguntó por Yusef y le indiqué el camino de su casa.

Absorto en mi recuerdo del sedero, llegué al brocal del pozo, pero el cubo estaba caído dentro y atorado: no había quien lo izara.

Lamenté mi descuido pensando que me lo habría dejado, de nuevo, en el pretil y sin asegurar. No era la primera vez que un animal, intentando beber restos de agua, lo volcaba. Inevitablemente, vinieron a mí las palabras de Cristo:

— ¿Cuál de vosotros, en teniendo oveja caída al pozo, no bajara por ella aun siendo día de reposo?

Yo mismo, dije entre mí. No andaba ni con ánimo ni con fuerzas para semejante tarea, y además no era mi día de reposo. Así que me quedé fastidiado y sin idea de qué hacer.

Ahora sé que el destino me estaba ofreciendo la oportunidad de dar media vuelta y meterme en casa cerrando puertas, ventanas y postigos.

Si jamás hubiera tenido esa desordenada necesidad de agua tan temprano — ni que fuera el vino del desayuno — , puede que durmiendo, y durmiendo y durmiendo más aún me hubiera librado de los males de aquel día y los siguientes.

Pero quería saber, y decidí continuar con mi determinación.

¿Quién mejor que Yusef, al fin y al cabo, para ayudarme a desatascar el pozo?

Tenía que volver a su casa. Éramos vecinos, pero por afinidad habríamos podido ser hermanos.

Como yo, que vivo en una casa de piedra a las afueras de Berceo, apenas a una milla del monasterio, Yusef también vivía a las afueras de la aljama en la que se hacinaba la comunidad mudéjar, extramuros de San Millán.

Hace muchos años me lo encontré un día merodeando por el huerto de casa, dando pasos de sonámbulo con una horquilla de fresno, y cuando salí con una cantarilla de vino a pedirle que se sentara conmigo y preguntarle qué se le ofrecía, me dijo:

— Si me pongo a cavar aquí vas a pensar que estoy loco, ¿eh? ¿Me permites hacerte un pozo ahí fuera? — dijo señalando la zona algo alejada del cercado en la que está ahora el pozo.

— Por aquí no hay agua, ya la buscamos mi hermano, mi padre y yo...