Una tumba en Al Ándalus (Gonzalo de Berceo 3) 20. La tumba de Wallada #2
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20. La tumba de Wallada #2

Me gusta imaginarlas a las dos saliendo, cada una de su habitación, con el corazón pulsando en la garganta y la piel ardiente, al encuentro de la amada en el fondo de aquel estanque.

Quizá fue en ese lecho en donde decidieron las dos hacer desaparecer el libro familiar con el arma de guerra para impedir que otros descendientes de la familia omeya se armaran y comenzaran un nuevo tiempo de guerra y destrucción.

Y quizá allí mismo Muhya, enferma de celos, envenenó a su amada y la enterró con su códice, para luego ir a la biblioteca y borrar minuciosamente todo rastro de la obra en el catálogo.

En cuanto a la tumba, había sido excavada en el centro de la estancia, y tapada luego con un austero montículo de tierra, en el que descansaba una plancha de madera con una inscripción en árabe que no dejaba lugar a dudas. Leí en voz alta:

— Wallada bint al-Mustakfi.

Debajo del nombre estaban escritos los versos del poema de Muhya que preludiaba el asesinato por envenenamiento y concluía de manera enfermiza el idilio, como ocurre tantas veces.

Los dos almogávares colocaron sus antorchas en los hacheros de aquella cámara al tiempo nupcial y mortuoria para proceder a excavar la tumba de la princesa, turnándose, con una pala que descansaba desde el entierro contra una pared.

Estábamos, por fin, profanando el último enterramiento intacto de aquella ciudad vencida, siguiendo una costumbre victoriosa que unía más de lo que quisieran ellos a los atletas de Cristo y de Mahoma.

Crucé los dedos para que la humedad hubiera corrompido el códice haciéndolo ilegible, pero la tierra salía seca.

Cuando la pala dio con la mortaja, los almogávares la sacaron y la pusieron a los pies de Aznaro, que la rajó para remover impaciente los huesos y acabó volcándolos sobre la tierra.

El Códice Wallada cayó al final sobre los restos, sacando de ellos una nube de polvo. Era un códice oblongo, cubierto por una bolsa de viaje de cuero que albergaba y protegía al tiempo la encuadernación. No era tan grande como había imaginado, sino manejable para la lectura, en un cuarto mayor.

Aznaro deshizo el nudo de la cinta que remataba la bolsa de cuero y sacó el códice.

Como no leía en árabe, me lo pasó para que comprobara yo que «El bastón de Dios» estaba dentro.

La encuadernación, del mismo aire de algunas que había visto en la biblioteca de Leila, pero más cuidada, permanecía casi intacta.

Parecía el recubrimiento de un portón que diera acceso al paraíso: se había armado, sobre tablas de madera, con un delicado cuero rojo — piel de cabra, parecía — , y mostraba una estrella grande central con otras menores rodeándola, sobre un fondo de lacerías pequeñísimas, delicadas, labradas a mano con gofrado y dorados que esquivaban con primor la simetría.

La artesana que había hecho ese trabajo amaba el contenido.

Su tapa trasera se extendía en una solapa para volver sobre la principal, donde se cerraba con broches de plata para proteger el canto delantero una vez extraído el libro de su bolsa de viaje.

Era muy grueso. Cabía ahí la sabiduría de la familia omeya, y también muchas de sus vanidades y tonterías.

— ¡Parese hecho di ayer! — exclamó Lope.

Pero más aún me sorprendió por dentro: como códice armado con distintas obras al través de los siglos, cada codicilo estaba escrito sobre un soporte distinto, desde el papiro de dos caras a la vitela, pasando por pergaminos de variadas pieles, todos igualados al tamaño del menor para la encuadernación, que había sido capaz de respetar intactas las distintas manchas de los textos.

Pertenecía a una época ya perdida en la que se valoraba cada palabra y se escribían en la página con la consciencia inefable de estar dibujando el mundo.

Hoy los escribas bostezan sobre las frases que trasladan como autómatas al papel, sin preocuparse de guardarlo también en la memoria para que forme parte de su mapa de pensamientos. Desdeñan la posibilidad de crear en su imaginación un palacio personal que albergue los versos y la prosa de su vida.

— ¡É códico di cuando il califa daba una libra di oro per cada libra di texto manoscrito! — se emocionó Lope.

Abrí por cualquier parte y vi versos y anotaciones musicales de lo que parecía una canción de amor.

Pero enseguida, como lectores ávidos que no pueden resistir la curiosidad de conocer el desenlace antes del nudo de la obra, nos dirigimos al final del libro saltando relatos de aventuras y manuales de bien morir y obras de teatro para sombras parlantes.

Allí nos esperaba, tras el tratado del fenicio Magón sobre la extraordinaria fermentación del vino de Xerez, el opúsculo codiciado por tantos: «El bastón de Dios».

La única duda que me quedaba en ese momento era la de si sería un poema ficticio de Muhya o de Wallada, del que podríamos extraer pautas hermosas para entender la vida, o la auténtica descripción de un arma factible y lista para destruirla, encargada a algún ingeniero sin escrúpulos por el pertinente señor de la guerra.

Hubiera preferido, sí, que fuera un poema.

El tratado tenía las instrucciones adecuadas para la construcción de un arma que, más allá de la metáfora del título, llamaba «lanza de fuego».

Había una ilustración con una suerte de dragón lanzallamas que, bien visto, no era sino un gracioso caballero montado sobre un caballo blanco, enarbolando una gruesa lanza que arrojaba fuego por un remate trompetero.

El caballero sostenía la lanza con la caña apoyada sobre una horca metálica que el caballo llevaba a modo de cornamenta coronándole la testa.

Y al pobre animal le habían puesto una coraza que lo cubría por entero, sin aberturas ni en los ojos, para que no se espantara al ver las llamas ante sus hocicos.

Visto así, en manos de un fantoche y despidiendo llamitas, daba más risa que miedo.

Aunque ya se sabe que las ilustraciones de los libros las hacen monjes, hombres de letras encerrados, que nunca han viajado ni visto nada parecido a lo que pintan, y ninguno dudamos de la capacidad de destrucción del arma descrita en el texto, el famoso bastón de Dios, tan enigmático como codiciado.

Pensé que me habría gustado tener tiempo para leer el Códice Wallada, un libro que, al fin y al cabo, trataba sobre saqueos bélicos y saqueos de amor. Un libro sin orden ni lección, imaginé, como la vida misma.

— Acabad ya con ellos — dijo Aznaro a los almogávares.

Debo reconocer que me decepcionó bastante que mi íntimo enemigo ni siquiera tuviera ganas de matarme con sus propias manos.

— Un momento — se me ocurrió decir, por puro instinto de supervivencia — . Habrá que leer todo eso y vos no vais a poder hacerlo.

Uno de los almogávares, que estaba desenfundando la espada, se quedó a medio camino a la espera de que se confirmara la orden, y le caí encima propinándole en la frente un golpe contundente con el canto del códice, que demostró ahí que al menos como arma tenía posibilidades.

Animado por mi osadía, el muy imprudente Lope se abalanzó desarmado y manco, con un grito, sobre el otro almogávar, que le largó una cuchillada.

Recé para que la esquivara pero no pude comprobarlo, ocupado en reducir al mío.

Cuando conseguí mirar, comprobé que estaba herido en el pecho y sosteniéndose apenas para no caer.

Se me iba a morir por segunda vez en tan poco tiempo.

Por mi parte, había conseguido inmovilizar a mi contendiente montándome sobre él, justo para darme cuenta de que estábamos ya perdidos.

Enfrentado a un Lope tambaleante que intentaba taparse el pecho con la mano ensangrentada, el almogávar se estaba tomando sin ninguna prisa el tiempo necesario para acabarlo de un golpe certero, y en el mismo momento entraban otros dos pastores por la puerta arrojando sus malditas azconas, una hacia mí y otra hacia Lope.