Capítulo 52
Mimi está en la puerta esperándonos. Lleva batín y su peluca pelirroja, fuma un cigarrillo fino y tiene la mano desocupada cruzada sobre el abdomen.
—Francesca, querida. —Señala con la cabeza el cofre que me he guardado bajo el brazo—. Llevo años diciéndole que te las dé. No dejaba de repetir que estaba esperando el momento perfecto y yo le decía una y otra vez que eso no existe.
Asiento.
—Pero no sé si yo habría estado preparada para recibirlas. Ahora estoy lista.
Siento el peso de la mirada de George en mi cara mientras Mimi sopesa lo que acabo de decir. Le quita importancia con un gesto de la mano.
—Tonterías —dice—, lo estás defendiendo, como siempre.
Ladeo la cabeza.
—Y tú le has guardado los secretos.
—A regañadientes. —Mimi le da una calada al cigarro sonriendo—. Pero ahora todo ha salido a la luz. Et qu’est-ce que tu vas faire, ma chère?
— Laisse-la —dice George en un tono firme.
Lo miro para que me lo traduzca, pero él niega con la cabeza.
—Nada.
Mimi se aclara la voz.
—He preguntado qué pensabas hacer al respecto.
No me doy cuenta de que he ido acercándome poco a poco a George, apoyándome en su costado, hasta que me pone una mano en la espalda.
—Ya te lo diremos. —Le doy un beso de buenas noches. Me dirijo a la biblioteca con George a mi lado—. Pero no nos esperes despierta.
George cierra la puerta al entrar, lo cual sofoca la risa de Mimi, y yo miro a mi alrededor.
Esta habitación me parecía enorme, imponente.
Ante las vidrieras cuelgan gruesas cortinas de brocado sujetas por el centro mediante cuerdas con borlas en las puntas.
Las alfombras persas cubren casi cada centímetro del parquet.
Hay una enorme chimenea de piedra, dos butacas orejeras muy mullidas y un sofá de cuero con capitoné.
Y, por supuesto, los libros. Las paredes están recubiertas de estanterías llenas de novelas y biografías, y la sala huele a sus viejas páginas.
Cuando éramos muy pequeños, George y yo hicimos grandes planes con los que mejoraríamos la Casa Grande si fuéramos los dueños.
Pondríamos un tobogán acuático desde la ventana de su dormitorio hasta la piscina y plantaríamos un laberinto de seto de cedro y un campo de calabazas para Halloween.
En Halloween, convertiríamos la casa en una mansión encantada tan maravillosa y aterradora que los padres traerían a sus hijos desde Peterborough para verla.
Yo me disfrazaría de bruja, y George, de hechicero.
Ahora todo me parece algo desgastado y polvoriento, y siento ganas de cuidarlo. Con una mano de pintura y algo de trabajo duro. Aireando las cortinas para que no huelan a humo.
Dejo la caja, me cuelo detrás de la estantería y abro la puerta del armario. Tiro de la cadena que enciende la bombilla y me impacta lo pequeño que parece el espacio. Somos demasiado grandes.
—Aquí no vamos a caber —digo volviendo la cabeza hacia George.
—Hemos crecido.
Me quedo mirando la bombilla que cuelga sobre el metro y medio de suelo que hacía las veces de cuartel general de nuestra amistad, donde hicimos planes y escribimos votos y discutimos sobre un laberinto imaginario.
No recuerdo qué edad teníamos la última vez que nos refugiamos en el seno de aquel armario.
Me pregunto si sabíamos que nos estábamos haciendo demasiado mayores para su estrechez.
¿Se nos enredarían las extremidades? ¿Tendríamos una edad en la que estar pegados se nos hacía raro?
Nunca volveremos a ser esos críos que conspiraban en voz baja y contaban cuentos.
—Qué triste —digo volviendo al lado de George—. ¿No te gustaría que pudiéramos acurrucarnos ahí dentro y debatir qué pondríamos en el centro de un laberinto?
—Un jardín secreto —dice él.
—Una fuente —insisto.
Una discusión que tiene tantos años como nuestra amistad.
—Es triste —dice George—, pero no me gustaría volver al pasado.
—¿No?
George cruza la sala y viene hacia mí.
—Pero te prometo que atesoraré los recuerdos, las discusiones y los retos. Todas las carreras, todas las partidas de Marco Polo. Todos los árboles que escalamos. Todos los errores que cometimos.
George levanta la mano y me coloca un mechón de pelo detrás de la oreja. En esta biblioteca, recordando, me siento atrapada entre dos mundos.
—Yo también los atesoraré —prometo—. Todas las noches que miramos las estrellas. Los bares de mala muerte. Los trayectos a caballito. Todas las comidas que compartimos.
—Los desastres que limpié.
—Las mañanas en las que tu voz fue lo primero que oí —le digo.
—Son los mejores momentos de mi vida —dice George.
Y podría haber muchos más.
—Siento no haberte contado lo de Nate —dice—. No sabía cómo hacerlo y no quería que me odiases, pero te prometo que lo habría hecho.
—Lo sé.
«Te conozco».
George se ha pasado años guardando sus sentimientos dentro de ese cofre de madera. Está aprendiendo a dejarlos libres. Los dos estamos aprendiendo.
—Me sorprendió y me dolió —le digo—. También me asusté. No tenía espacio para ver las cosas desde tu punto de vista.
—Lo siento —repite—. No te imaginas cuánto lo siento.
—Creo que sí. Sé que te he hecho daño y me odio por ello.
Las cartas… me han roto el corazón, George.
—Parpadeo para no llorar—. Siempre has sido la persona más importante de mi vida, pero nunca me he permitido imaginar que pudieras ser más que un amigo.
Cada vez que me descubría preguntándome si podía haber algo más, apartaba ese pensamiento y me decía a mí misma que no significaba nada.
Cuando te fuiste del piso, no me permití pensar por qué sentía que me habías arrancado un trozo de corazón y te lo habías llevado contigo.
Por lo menos tú has sido sincero contigo mismo.
Yo fui demasiado cabezota para ver lo que podías ser para mí.
—Mi mejor amigo. Mi amante. Mi alma gemela.
—Frankie —dice dándome la mano—, me encanta lo cabezota que eres.
Me río.
—Eso es absurdo. Tú eres absurdo. Y estoy muy enamorada de ti.
Sus labios están sobre los míos antes de que haya terminado de decir la frase. Otra carcajada me sube por la garganta. George me besa y yo lo beso. Creo que esto es lo que había en el centro del laberinto. George y yo besándonos todo el tiempo posible.
Me aparto mirando esos ojos azul oscuro.
—Te quiero, Frankie. Mi amor por ti es una parte fundamental de quién soy. Lo llevo hasta en los huesos, un soneto escrito en la médula.
—Absurdo —digo con la sonrisa más grande de todas.
—Frankie. —Mi nombre sale ronco de sus labios.
—George.
Se traga su nombre con un beso ávido. Me levanta del suelo y me lleva hasta el sofá. Se sienta y me baja con él de modo que me quedo a horcajadas sobre su regazo. Enrollo los brazos en su cuello.
Él me lanza una sonrisa antes de volverme a besar.
—No me puedo creer que pueda hacer esto.
—Y lo haces pero que muy bien.
Sonríe.
—Te quiero, Frankie. Eres todo lo que sé sobre el amor.
Nos perdemos en los labios del otro. En nuestras confesiones susurradas.
En el contacto. Y vuelve a parecerme nuevo.
Nos contamos secretos con las manos. Nos hacemos promesas con la lengua.
Nos desnudamos el uno al otro con reverencia y nos damos besos llenos de devoción en la mandíbula y los hombros y las cicatrices.
—¿Sabes qué he querido hacer siempre? —me pregunta mientras me quita la ropa interior.
—Dime —suspiro.
Me lanza una sonrisa pícara y señala el armario con la cabeza.
—¿Crees que cabremos?
Me tiende una mano.
—Solo hay una forma de averiguarlo.
Nos colamos en el armario con gran dificultad y dentro hay el espacio justo para que George me empuje contra una pared y suba mi muslo hasta su cadera.
Se cuela dentro de mí con un empujón que nos deja a los dos sin aliento.
Nos miramos a los ojos y no es el pasado lo que veo ante mí, sino el futuro.
Un sinfín de posibilidades. Toda una vida de aventuras. Risas. Discusiones. Bailes. Viajes. Sexo. Comida. Amistad.
Y una constante.
Nosotros.