Una tormenta perfecta Capítulo 51 #2
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Capítulo 51 #2

A la mañana siguiente hay un sobre blanco impoluto esperándome en el buzón. En él, con la letra de George, dice DOCE AÑOS. Lo abro con ansia.

Querida Frankie:

Hoy volvíamos a casa en el autobús del colegio y las chicas de atrás han empezado a meterse con Avery Harper-Klyne.

Tú te has vuelto y has empezado a reñirlas.

¡Ha sido increíble! Ni siquiera te cae muy bien Avery, pero no te gusta que la gente sea cruel.

Estaba pensando que eres la chica más guay que conozco, pero también he pensado que eres la más guapa.

Tienes el pelo y los ojos bonitos y creo que tu cara es preciosa.

Estoy bastante seguro de que te parecería horrible que te lo dijera, así que no voy a mandarte esta carta.

G EORGE

La primera vez que la leo me río. La segunda vez, lloro. Haría lo que fuera por abrazar al George de doce años y decirle que deberá tener paciencia, que él entiende su propio corazón mucho mejor que su mejor amiga el de ella.

En la parte de atrás del sobre, George ha escrito una pregunta: «¿Quieres más?».

Llevo la carta en el bolsillo de atrás de los pantalones todo el día. No sé por qué pospongo responder, si ya da igual si quiero o no quiero más. Lo necesito. Después de cenar, escribo «sí» en un trozo de papel y lo dejo en la casa nido.

Por la mañana, me espera otro sobre.

TRECE AÑOS

Querida Frankie:

Vale, voy a decirlo y punto: me gustas. Ya lo he dicho. Me siento… raro, pero también bien.

Hoy hemos estado nadando y luego leyendo al lado de la piscina. Te he mirado y las palabras me han venido a la cabeza como si las estuviera diciendo otra persona: «Te gusta Frankie».

Eso explica MUCHAS COSAS. Como por qué pienso en ti cuando no estamos juntos y sueño contigo. Mimi dice que estoy colado por ti. No sé cómo lo ha sabido, pero creo que «colado» es una palabra tonta. Y nada de esto me parece tonto.

G EORGE

Cada mañana me espera una carta nueva.

QUINCE AÑOS

Pensaba que salir con otras chicas me ayudaría a que dejaras de gustarme, pero creo que no funciona.

No hago más que compararlas contigo y nunca están a la altura y me siento un capullo.

Pensé que Nicole podía ser diferente. Es guapa y lista y cuando hacemos nuestras cosas me olvido de ti.

Pero entonces haces algo como dibujarme un mapa de todos los lugares a los que quieres que viajemos juntos o gritarle al profesor de Francés o, peor aún, cerrar los ojos cuando bailamos con una enorme sonrisa en la cara, y vuelvo a estar jodido.

DIECISÉIS AÑOS

¡No me puedo creer que me hayas pedido que me acueste contigo! ¿Sabes las ganas que tenía de decirte que sí? ¡¡¡Quiero acostarme contigo porque me gustas!!! No para que puedas «terminar ya con esto». ¿Sabes el daño que hace eso? ¿¿¿Qué me estás contando, Frankie???

¡La cosa es que estaba muy bien antes de todo esto! Pensaba: «Vale, George, no le interesa tener novio. No es por ti, es que todavía no está lista». Había pasado página.

Pero ahora no puedo dejar de pensar en nosotros juntos en la cama. O en el campo por la noche. O en el armario. Y me entran ganas de darme un puñetazo a mí mismo por haber dicho que no.

DIECIOCHO AÑOS

Estás al otro lado de la pared, en la cama, pero yo no puedo dormir.

Hoy hemos comprado todo el material que necesitas para la escuela.

He estado a tu lado en la cocina viendo cómo lavabas cada cuenco y cuchara y cuchillo con muchísimo cuidado y he sentido que no podía respirar.

En ese momento he sabido que estaba enamorado de ti.

Pensaba que quizá sería más fácil una vez que nos mudásemos a la ciudad. Gente nueva. Un espacio compartido y muchísimas posibilidades de enfadarnos con el otro. Pero es mucho peor. No hay forma de escapar de ti ni de lo que siento.

Te quiero, Frankie. Te quiero. Te quiero. Te quiero.

Pasan cinco días y no hablamos. Me pregunto si George siente que necesito espacio, tiempo para asimilar cada carta y dejar que reconfigure nuestra historia.

Cada una es una revelación y las guardo como el tesoro que son en mi cuarto, donde las leo una y otra y otra vez.

Pienso en ese chico de ojos azules que tiene miedo de compartir lo que siente con su mejor amiga y en cómo se convirtió en un hombre que guardaba su corazón bajo llave.

Me pregunto si hemos estado perdiendo el tiempo o si nos estábamos haciendo más fuertes.

Si nos estábamos preparando, aprovisionando, equipando para la batalla.

A George y a mí siempre nos ha costado compartir con el otro las emociones que nos hacían más vulnerables. Él no quería poner en peligro la solidez de lo que teníamos, mientras que yo he estudiado sus ojos azules y me he negado a ver lo que había en ellos, pero quiero dejar de mirar para otro lado.

Arranco una hoja de mi libreta y escribo un mensaje para él. Lo llevo al buzón después de cenar.

Las cigarras cantan todo el día durante el verano, pero callan en cuanto cae el sol.

Todo es quietud. El aire lleva el dulzor de la hierba recién cortada.

Mi padre la recorta cerca de la casa, pero, en el campo, me roza las piernas como un secreto.

Algo se mueve por el seto y me quedo quieta buscando un conejo o un zorro, pero no veo nada. Las sombras me engañan.

Al acercarme al hueco, un topillo del bosque corretea por mis pies.

Me agacho observando cómo se aleja corriendo más allá del cedro.

Cuando me levanto, George está al otro lado.

Su pelo está más largo que la última vez que lo vi, una tormenta marina sobre su cabeza, y las mejillas ásperas por la barba de pocos días.

Va descalzo, tiene un agujero en la rodilla del vaquero y a su camiseta no le vendría mal un planchado.

Parece una canción de amor. En las manos lleva un pequeño cofre de madera de caoba, con flores grabadas en la tapa.

Me he pasado horas y, seguramente, días de mi vida preguntándome qué guardaba George en él.

Levanto la hoja de papel.

—Iba a dejarte esto.

—¿Qué dice?

—Dice: «Me gustaría leer el resto de mis cartas».

Incluso en la oscuridad veo la diversión en los ojos de George.

—¿Tus cartas?

—Están dirigidas a mí. Técnicamente son mías.

Veo cómo se le mueve la nuez al tragar. Nunca había pensado que esa acción pudiera ser tan bonita hasta que me fijé en el movimiento de la nuez de George. Me tiende la caja.

Yo la acepto y paso las manos por encima de los lirios de la tapa.

—Era de mi madre —dice—. Hay más cartas dentro. Postales. Notas. Puedes quedártelas todas.

Levanto la vista sorprendida.

—Siempre he creído que aquí guardabas material prohibido.

—No exactamente. —Se rasca la mandíbula—. Aunque algunas cartas son un poco… imaginativas. Estás avisada.

Nos sonreímos, nerviosos, y siento como si estuviera conociéndolo de nuevo.

—Es que no me lo creo —musito—. Tardaré un tiempo en asimilarlo.

—Tómate el tiempo que necesites. Estaré aquí cuando estés lista para hablar.

—Gracias —susurro.

Asiente.

—Buenas noche, Frankie.

Lo veo marcharse y siento como si se llevase mi corazón con él.

—George. Espera.

Se detiene y vuelve la cabeza.

—No quiero leerlas sola.

Hace una pausa antes de señalar la Casa Grande con la cabeza.

—¿Quieres entrar?

Una brisa cálida baila entre las copas de los árboles.

—No lo sé. Dicen que ahí vive una bruja.

Vuelve caminando hacia mí con una sonrisa tirándole de las comisuras de los labios.

—No es una bruja —dice—. Es mi abuela. No hay ojos de tritón ni patas de rana. Y tampoco hay gato negro ya.

—Hum. —Echo un vistazo a la Casa Grande, detrás de George—. No lo tengo claro, parece como si ahí pudiera vivir una bruja.

Su voz es tan suave como el aleteo de las hojas en las ramas.

—Tendrás que confiar en mí.

Me recorre la cara con la mirada y luego levanta una mano y me acaricia el pómulo con el pulgar. Un estremecimiento me baja por la columna.

—Entra, Frankie.