Una tormenta perfecta Capítulo 51
95%

Capítulo 51

Treinta días después de haber visto a George por última vez, me despierto antes de que el sol haya salido del todo como si alguien hubiera dicho mi nombre, pero la habitación está vacía.

El único sonido es el del batir de las cortinas de la ventana abierta.

El corazón me late deprisa. ¿Se me ha olvidado hacer algo, ir a algún sitio? No se me ocurre nada.

Cuando me levanto para cerrar la ventana, me encuentro el cielo a pinceladas de carmesí y rubí. Todavía no hay rastro de lluvia, pero el dulzor del aire me indica que se acerca.

«Cielo rojo al amanecer es que el mar se ha de mover».

Una mancha marrón me atrae la vista hacia el seto. Son dos conejos disfrutando de su desayuno justo al lado del lugar en el que se separan las ramas de cedro. Igual que cuando era pequeña, siento que algo me llama, algo me está esperando.

Descalza, bajo las escaleras sin hacer ruido y camino deprisa, en camisón, por la hierba reluciente de rocío.

Los conejos se lanzan hacia el seto en cuanto me ven.

Yo estoy sin aliento cuando llego al buzón.

La pequeña cabaña de madera está ahora desgastada y gris, y chirría cuando le abro el tejado.

Dentro hay hojas de papel arrancadas de una libreta y dobladas por la mitad.

George está en casa.

Vacilo antes de sacar las hojas. Sé que, diga lo que diga esta carta, las cosas cambiarán una vez más. Cierro los ojos y la saco.

La caligrafía de George es un caos de letra ligada y letra de imprenta. Las palabras han salido atropelladas de su bolígrafo. Leo la carta ahí mismo, en camisón y descalza, y descubro que no se trata de ninguna carta.

Había una vez un niño llamado George.

Es la historia de George.

George estaba muy triste. Primero había perdido a su madre y luego su padre lo había dejado atrás.

Tenía ocho años y hasta ese momento solamente había visitado a su abuela dos veces.

La primera cuando era un bebé y la segunda a los siete años, cuando su padre lo dejó solo con su extraña abuela justo después de la muerte de su madre.

Aquel fin de semana, el niño pasó miedo.

Su abuela era menuda, tenía la piel arrugada y llevaba pelucas raras.

Detestaba el olor de sus cigarros, pero su casa tenía un jardín enorme al que podía escapar.

Y entonces salió y oyó a una niña riendo y a una mujer llamándola.

Le encantó aquel sonido, de modo que se acercó un poco más, sin que lo vieran, a la risa y a la voz que decía: «Frankie, Frankie, baja de ahí, que te romperás la cabeza».

Se me eriza el vello de los brazos. Nunca me lo había contado.

El niño se acercó todo lo que pudo hasta llegar al seto de cedro. Caminó hasta que encontró un agujero entre el verdor, hasta que pudo ver a la niña subida a las ramas de un roble rojo y a su madre rogándole que bajara.

Pensó en aquella niña todo el año. En lo valiente que debía de ser para subir tan alto. En lo afortunada que era de tener un árbol al que subirse y una madre a quien le importaba si caía.

A los ocho años, su padre lo mandó a vivir con su abuela, que al final resultó no dar tanto miedo.

En cuanto pudo, corrió hacia el agujero del seto intentando volver a ver a la niña.

La encontró andando por ahí con un impermeable amarillo, un camisón lleno de barro y botas de agua, gritándoles a sus hermanos mayores.

La vio perseguir a un conejo. Vio al conejo aparecer en su lado del seto.

Y entonces se topó con dos extraños ojos violeta justo delante de él.

—Hola —dijo ella—. Soy Francesca, pero puedes llamarme Frankie.

«Sé quién eres», pensó él.

Necesitaba gafas y tuvo que entrecerrar los ojos para verla bien. Tenía el pelo más alborotado que había visto nunca. Su cabellera era un ciclón rubio. Le pareció increíble. Todo lo relacionado con ella era increíble. Su apretón de manos firme. Su tono mandón.

Estaba convencida de que la abuela de él era una bruja y a él le pareció que debía de ser agradable vivir en un mundo de cuento de hadas.

No sabía nada del dolor de ella, no sabía que era como él en muchos sentidos.

Quería pegarse a ella como una lapa y le preocupaba que ella se diera cuenta, que su soledad emanase de su cuerpo como un mal olor, pero ella quiso entrar en la casa.

No se lo podía creer. Estaba seguro de que se cansaría de él.

—Yo no soy interesante —la advirtió.

—Eso lo decidiré yo —respondió ella—. Por favor, tengo unas ganas irrefrenables de vivir una aventura.

George se rio más fuerte de lo que se había reído desde que murió su madre, y a ella pareció encantarle el sonido. Siguió mirando a aquella niña mágica que parecía tan intrépida y brillante, y decidió entrar con ella en casa. La dejó entrar el primer día sin saber lo hondo que llegaría ella.

Seguía esperando a que se aburriera de él, pero ella nunca se cansaba.

Resultó que nada era aburrido al lado de Frankie, ni siquiera él.

Era valiente e imaginativa y testaruda, y George descubrió que, cuando estaban juntos, él también lo era.

Se preguntó si aquellas ganas de más se las estaba pegando ella o si habían estado ahí todo aquel tiempo.

Aquellas ganas de divertirse más. Aquellas ganas de vivir más aventuras. Aquellas ganas de más Frankie.

Años más tarde, George veía a su mejor amiga tumbada bocabajo al lado de la piscina y se daría cuenta de que le gustaba.

Era imposible parar aquel sentimiento. Por más que intentó deshacerse de él, volvía siempre con más fuerza.

Hasta que un día dejó de poder negar que estaba enamorado de ella y que tal vez lo había estado todo aquel tiempo.

Era un amor salvaje y destructivo, justo como Frankie temía que fuera; un amor que podía apoderarse de él, pero, a diferencia de ella, George se perdería en ese amor con gusto.

De modo que se prometió que esperaría hasta que ella estuviera lista.

Y, cuando pareció que nunca lo estaría, intentó pasar página.

Alejarse. Ir más allá. Dejar de estar enamorado. No funcionó nada.

Hiciera lo que hiciese, George volvía a enamorarse de Frankie una y otra vez. La había querido desde el principio, la había querido cada segundo de cada día y la querría hasta el final de los tiempos. Y se prometió que, si no podían tener un final feliz, siempre sería su mejor amigo.

Vuelvo a casa tambaleándome, aturdida. Siento tanta presión en el pecho que me tumbo en el suelo con un cojín bajo los hombros para intentar crear más espacio entre mis costillas. Leo la historia dos veces más.

«Era un amor salvaje y destructivo».

«Sí —pienso—. Sí que lo es».

Yo estoy destruida. Me he pasado la vida protegiéndome contra este mismo sentimiento, esta impotencia, este éxtasis, pero no tengo más remedio que entregarme a él.

Sigo en el suelo cuando mi padre baja a preparar café. Ya lleva puesto su mono Carhartt (casi todo el fondo de armario de mi padre es de Mark’s, la tienda de ropa de trabajo).

—¿Estás bien? —pregunta.

—La verdad es que no.

Cuando el café está listo, me trae una taza y un trozo de bizcocho de plátano, y se acomoda en su sillón mientras yo me quedo sentada con las piernas cruzadas en la alfombra.

—George es un buen chico.

—Lo sé.

—Y lo quiero como a un hijo.

—Ya lo sé, papá.

Desde el principio, mi padre se ofreció a darle cobijo. Todos teníamos ratos especiales a solas con mi padre en el taller y George no era una excepción. Una vez, me los encontré lijando la puerta de un armario y mi padre le hablaba de cuando conoció a mi madre.

Da un sorbo de café y deja la taza.

—Pero puedes alejarte de él si es lo mejor para ti. No dejes que nadie te lo recrimine.

—Gracias —susurro emocionada. Rompo una esquina de bizcocho y me la llevo a la boca. Estoy bastante convencida de que llamará a los refuerzos si me pongo a llorar—. No quiero alejarme.

Asiente.

—Eso me imaginaba.

Brie me está haciendo pensar por adelantado en los platos para las fiestas, así que me paso el día preparando seis tipos diferentes de guarnición e inventando nuevas recetas con pavo.

Nos comemos el resultado para cenar y casi estrangulo a mi padre cuando anuncia que la guarnición de albaricoque y salchicha es una obra maestra y pregunta por qué hacemos la misma guarnición todos los años.

Esa noche, después de que mi padre se acueste, mi madre y yo metemos cortes de helado de caramelo salado entre dos galletas con trocitos de chocolate y nos los comemos de pie al lado de la encimera de la cocina.

—Es posible que me haya enamorado de George —le digo.

Ella deja el corte de helado sobre la encimera y se limpia las migas de las manos.

—¿Quieres hablar de ello?

—Sí —digo. Y es verdad.

Nos sentamos una al lado de la otra en el balancín del porche y le hablo de El Plan de George. Le hablo de la sauna flotante, del surf y de la comida, pero, sobre todo, le explico que la semana en Tofino me ha hecho ver a mi amigo con otros ojos.

—Siempre he sabido que era atractivo, por dentro y por fuera, pero, cada vez que me daba cuenta de que estaba pensando eso de él, lo ignoraba.

Lo metí en un rincón de mi mente y nunca lo dejé salir.

Sin embargo, esa semana… ya no estaba en ese rincón y vi el increíble hombre en el que se ha convertido.

Siempre ha sido simplemente George. Siempre ha estado ahí.

Y ahora es… —Desvío la mirada hacia el seto que divide nuestro terreno del de la Casa Grande—. George.

Lo quiero. Lo quiero tanto que siento que podría ahogarme en este amor. Me encanta que esté cerca, pero que a la vez me esté dando espacio. Me encanta que me provoque y que me cuide y que no me deje salirme con la mía en nada. Me vuelvo hacia mi madre.

—¿Tienes algún consejo?

—No. —Me da unas palmaditas en la rodilla—. Pero sé que averiguarás qué hacer.

Antes de irme a dormir, cruzo el campo con el corazón en un puño y le dejo una nota a George en el buzón.

¿Hay más?