Una tormenta perfecta Capítulo 50
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Capítulo 50

La única comunicación que tengo con George es el mensaje que me manda el día después de que llegue a casa.

Voy a darte espacio, pero no estoy huyendo.

Volveré a casa contigo

Pasan los días. Por la mañana creo recetas como churros en olla de cocción lenta para Brie, pero me dedico a cocinar para mí misma por la tarde y por la noche.

Vuelco toda mi frustración, mi esperanza y mi alma en preparar lo que sea que me apetezca preparar.

El huerto de mi madre está a pleno rendimiento y ella me deja saquearlo.

Ni siquiera se queja de lo fuerte que pongo la música ni de que le manche de salsa la encimera y las paredes.

Tampoco limpia lo que ensucio. Yo me encargo de arreglar mis desastres.

No recuerdo cuándo fue la última vez que sentí esta libertad en la cocina.

No tengo que demostrar nada ni tampoco controlarlo todo.

Puedo dejarme llevar. Un día rebozo flores de calabacín y al siguiente las meto en una frittata con queso de cabra.

Aso melocotones del Niágara y rebanadas de pan con aceite y los sirvo con burrata , piñones, menta y una reducción de balsámico.

Las páginas de un libro de cocina imaginario van llenándome la mente de colores vivos. Se trata de recetas simples que ponen de relieve los ingredientes del país. Un tour culinario por Canadá. Una aventura a través de la comida. Un pasaporte comestible.

Doy largos paseos por el bosque después de que llueva y encuentro gírgolas y chantarelas.

Invito a Mimi a cenar y sirvo las setas con orzo, que, según asegura ella, está casi tan bueno como el arroz frito.

Debe de notar que no quiero hablar de su nieto porque no lo menciona hasta que la acompaño a la Casa Grande.

—Nadie es perfecto, Francesca —me dice—, ni siquiera George.

Eso me da qué pensar, porque la perfección es justo lo que he terminado esperando de él. En algún momento de la última década he dejado de ver a George como una persona tridimensional.

Otro día desentierro la máquina de pasta. Preparo raviolis rellenos de ricota y acelgas del huerto y los sirvo cuando Darwin, Anh y Birdie vienen a cenar, junto con queso fundido y bastoncitos de zanahoria para mi sobrina. Su crítica es que está «¡rico, rico, rico!».

Paso casi todas las noches en el porche con mi madre mientras mi padre ve el béisbol.

Hay una ternura entre nosotras que no había antes.

Ha empezado a tejer y se pasa las noches maldiciendo el jersey que le está haciendo a Birdie mientras yo miro el campo.

George nunca está lejos de mis pensamientos.

Hay versiones jóvenes de nosotros mire hacia donde mire.

Riendo como pequeños fantasmas que corren hacia el seto, se tumban en la hierba, pronuncian votos bajo el manzano.

Aurora me consigue una sesión de terapia en línea de última hora con una amiga psicóloga y, cuando llega la hora de la cita, me llevo el portátil a la Casa Grande, donde hay espacio y privacidad.

Mimi me dice que estará fuera supervisando a Leo mientras limpia la piscina y yo subo a la habitación donde dormía las noches que me quedaba allí.

—Qué lugar tan bonito —dice Lydia para entablar conversación.

Y lo es. Hay cortinas de terciopelo del mismo azul que los ojos de George. Una cama con dosel digna de una princesa y un armario antiguo.

—¿Dónde estás?

Con toda la brevedad posible, le hablo de la casa y de sus dueños.

—Las cosas entre George y yo son muy complicadas ahora mismo —añado.

—¿Te gustaría hablarme sobre vuestra relación?

Empiezo a asentir, pero luego le digo:

—En realidad, me gustaría hablar de mi madre.

Cuando termina la hora estoy tensa como un lienzo estirado en un marco.

He llorado, pero, sobre todo, he hablado sin parar sobre mi madre mientras Lydia decía cosas como «Debió de ser muy duro» y «¿Cómo te hizo sentir eso?

». En cuanto los ojos se me ponen algo vidriosos, dice: «¿Qué te pasa por la cabeza ahora?

». Es agotador, pero también catártico. No me he librado del peso que llevo tanto tiempo cargando, pero siento que he dejado una capa en el suelo como una serpiente que muda la piel.

—Si estás dispuesta, me encantaría volver a hablar contigo esta semana —dice Lydia.

—¿Dos veces por semana? Debo de ser un desastre.

—Para nada, pero parece que te vendría bien un apoyo extra en estos momentos.

—Sí —digo—. Y ni siquiera hemos hablado de George.

Ni de Nate, ahora que lo pienso.

Se ríe.

—Entonces, ¿concertamos otra cita?

Lo hacemos.

Pasa una semana. Llega el fin de semana largo de la Civic Holiday, el primer fin de semana de agosto.

Le digo a la familia que haremos un pícnic en el campo el lunes para comer.

Lleno una fiambrera de frambuesas silvestres que crecen a lo largo de Old Stone Road y mi madre prepara una tarta de melocotón y frambuesas.

Mi padre hace pollo y costillas a la parrilla.

Viene Moby y trae a Mimi. Yo tiendo unas mantas en el campo.

Darwin lleva sillas para nuestros padres y Mimi, y comemos y reímos y nos ponemos perdidos.

Es el día más divertido que he pasado en familia desde hace mucho tiempo, pero echo tanto de menos a George que lo siento en el cuerpo, como un pinchazo en el costado.

Me excuso para sacar la fuente de cortes de sandía y apoyo la frente en la encimera de la cocina esforzándome por no llorar.

He tenido ganas de hablarle muchísimas veces, he anhelado oír su voz, pero me he resistido a escribirle. Quiero estar segura de mí misma cuando lo haga.

Abro nuestra conversación en el móvil.

«Te echo de menos», escribo.

Pero no tengo claro qué más decir, así que guardo el teléfono sin mandar el mensaje.

Cuando vuelvo con el grupo, mi madre se sienta en la manta y se da unos golpecitos en el regazo. Yo apoyo la cabeza ahí, cierro los ojos y escucho a mi familia sabiendo que falta alguien.

Pasa otra semana. Mimi y yo bebemos té helado mientras Leo limpia la piscina y, cuando menciona que el abuelo de George nunca aprendió a nadar, caigo en la cuenta de que nunca le he preguntado cómo conoció al gran Edward Saint James.

Me explica que fue bailando en Giselle , cuando hacía el papel de la vengativa reina Myrtha.

Una noche, durante la ovación final, vio a un hombre enorme en primera fila.

Parecía completamente fuera de lugar, corpulento y barbudo, pero se puso en pie, sonriéndole, en cuanto ella hizo su última reverencia.

Luego apareció en el camerino con el prometido de la bailarina principal, que era un buen amigo suyo.

Edward le preguntó a Mimi si era tan malvada en la vida real como sobre el escenario y, cuando ella le respondió que sí, él se rio tan alto que Mimi pensó que temblaban las paredes.

Fue una carcajada de pecho maravillosa. Mimi cayó rendida.

—Era guapo y rico, y estaba ocupado con el negocio maderero de su familia aquí, lo cual a mí me iba de perlas, porque me lo estaba pasando de maravilla en Montreal.

Nos escribíamos a todas horas. Ay, cómo escribía Edward.

George ha sacado su talento. Venía de visita siempre que podía. Y entonces me lesioné.

—No lo sabía.

—No me gusta hablar de ello. Fue culpa mía. Una fractura por sobrecarga en la tibia. Me forcé demasiado e ignoré las señales y la lesión terminó con mi carrera. —Mimi enciende un cigarro.

—Lo siento.

—Ya hace mucho. Edward vino enseguida. Me cuidó. Me propuso matrimonio. Yo vine aquí y empecé una nueva vida. Era diferente de la que había vivido, pero no menos mágica.

—Es una bonita historia —le digo.

—No es una historia, ma puce . Es mi vida.

Cuando me estoy tumbando en la cama esa noche, me pica el bichito de la aventura, me entran ganas de salir a explorar.

La necesidad es tan grande que no puedo dormir.

Recuerdo estar tumbada en esta habitación cuando era pequeña deseando que me pasara algo interesante, segura de que la vida me traería grandes aventuras.

Sin embargo, ya no soy una niña y, si quiero aventuras, tengo que ser yo quien las busque.

Abro el portátil y, a la luz de la pantalla, empiezo a planear mi próximo viaje.

Ahora quiero ir hacia el este. A Newfoundland, creo.

O puede que a la Isla del Príncipe Eduardo.

Mi madre podría venir conmigo. Podría enseñarme sus ballenas.

El 16 de agosto, tres meses después de la boda que nunca tuvo lugar, voy a un mercadillo de segunda mano con mi madre.

Rescato un plato vintage de Ridgeway Heritage y empiezo mi nueva colección.

En mi libro de cocina imaginario, presento los platos en una vajilla antigua y desparejada.

Tal vez podría añadir unas pocas piezas de cerámica para darle un aire más contemporáneo.

Podría dividir el libro en secciones según la zona del país: la costa, el bosque, las llanuras…

No habría recetas para la olla de cocción lenta, pero tampoco sería nada demasiado elaborado.

Sería muy yo. Esa misma noche le escribo a Brie.

Si un día decidiera escribir un libro de cocina, crees que habría conflicto de intereses?

Brie

No!

Brie

A ver, no estaría bien que desarrollaras tus recetas durante las horas que yo te pago, pero tienes integridad, sé que no lo harías

Nunca. Y es solo una idea. Es que me apetece sentir un chispazo de creatividad

Brie

Mientras tanto, hablemos de cómo darte ese chispazo también en el trabajo

Tengo ideas

Brie

No lo dudo

La noche siguiente hago masa de pizza y la cocino a la brasa con salsa casera de tomate y albahaca y con mozzarella fresca.

Por encima le pongo jamón cocido y rúcula.

Darwin está viendo el partido con mi padre, de modo que mi madre y yo sacamos nuestros trozos de pizza al porche con unas copas de vino.

—¿Cuándo supiste que estabas enamorada de papá?

—Madre mía, no sabría decírtelo. Fue hace tanto tiempo… Pero creo que no hubo ningún momento en concreto.

—Entonces, ¿no fue amor a primera vista como le pasó a él?

Suelta una risa burlona.

—¿Eso es lo que dice tu padre? Qué mentiroso es.

No, no fue amor a primera vista. —Da un bocado a la pizza, pensando—.

No me malinterpretes, me parecía mono, pero lo que hizo que lo quisiera fue la acumulación de muchas cosas a lo largo de los años: conversaciones, pequeños gestos, bromas…

Le interesaba todo lo que yo decía. Tenía tanto interés como yo en que consiguiera mis objetivos.

Mi amor por él fue como un cubo bajo la lluvia que va recogiendo agua poco a poco, gota a gota, hasta que un día rebosa.

—Se encoge de hombros—. Era mi compañero.

La persona que quería tener cerca de mí en los buenos momentos y cuando me parecía que el mundo se venía abajo.

—Suena sencillo cuando lo explicas así —digo.

Escuchamos el canto de un chotacabras y mi madre me da unas palmaditas en la rodilla.

—El amor es de lo más sencillo. Lo complicado son las relaciones.

No habla de nosotras, pero me recuerda a algo que quiero preguntarle.

—¿Querrías viajar al este conmigo un día? —le digo intentando que no se note que estoy nerviosa—. Me gustaría que me enseñaras las ballenas.

Se gira hacia mí sorprendida.

—¿No te gustaría poder verlas otra vez? —le pregunto.

—Me encantaría, cariño.

Después de que mis padres se hayan acostado, yo me quedo en el balancín del porche mirando la silueta del manzano dibujada contra el cielo nocturno. Pienso en mi madre y en Mimi y en las suposiciones que había hecho acerca de la vida de otras personas. Le mando un mensaje a George.

Quiero escuchar tu historia

George me contesta en cuestión de segundos.

George

Cuál?

Esa en la que te enamoras de tu mejor amiga

George

Ah, mi favorita

Me das unos días? Creo que tengo que escribirlo