Capítulo 49
Esa noche, sola en mi habitación, me despido de Francesca recitando las frases del familiar cuento:
—Había una vez una niña que se llamaba Francesca y una ballena que se llamaba Francesca. Francesca, la niña, vivía al lado del mar, y lo mejor de vivir al lado del mar eran las ballenas.
»A Francesca le encantaban las ballenas que se alimentaban en las aguas cercanas a su casa, en la bahía de Fundy.
Esperaba todo el año a que llegaran. Esperaba a que el invierno se volviera primavera.
Esperaba a que la primavera se fuera acercando al verano, porque en ese momento era cuando venían las primeras ballenas.
Enormes rorcuales comunes y preciosos rorcuales de aleta blanca aparecían junto con las marsopas comunes.
Pronto llegaban los delfines de flancos blancos y las ballenas jorobadas.
Cuando terminaba el colegio, casi todas las ballenas estaban allí.
Los calderones y los rorcuales boreales y, si Francesca tenía suerte, las belugas, las ballenas azules, los cachalotes y hasta las orcas.
A Francesca le encantaban todas las ballenas, pero había una a la que quería más que a ninguna: una ballena franca del Atlántico Norte que también se llamaba Francesca.
»Era de lo más raro compartir nombre con una ballena, pero a Francesca no le importaba, porque Francesca era una niña muy especial y Francesca era una ballena muy especial.
Todas las mañanas, la niña se levantaba corriendo de la cama y miraba la bahía por la ventana, y su ballena la saludaba saltando en el agua y aterrizando con un enorme chapuzón.
»La niña desayunaba a toda prisa y luego corría hasta la playa con las aletas, las gafas y el tubo. Y, juntas, la niña y la ballena vivían grandes aventuras.
»Hacían carreras con los lenguados y los esturiones, y nadaban con las tortugas bobas y las tortugas laúd.
Buscaban camarón antártico y plancton para que la ballena pudiera crecer fuerte.
Exploraban los arrecifes de mejillón bastardo y los corales de agua fría, y se maravillaban ante las anémonas y las ascidias.
Cuando la niña se cansaba, la ballena la llevaba sobre el lomo.
Cuando la niña estaba triste, la ballena llamaba a las focas, que ladraban y chillaban y montaban un espectáculo para la niña y siempre la hacían reír.
Cuando llegaba la hora de que la niña volviese a casa a cenar, la ballena se despedía de ella agitando la cola.
Y todas las noches tanto la niña como la ballena se iban a dormir, contentas y listas para la gran aventura que les deparaba el día siguiente.
Susurro el cuento entero en la oscuridad y luego digo:
—Buenas noches, Francesca.