Una tormenta perfecta Capítulo 48 #2
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Capítulo 48 #2

Nos dirigimos al balancín del porche con las galletas. Yo miro la hierba alta que el viento hace susurrar en el campo.

—Cuando eras muy pequeña —empieza a decir mi madre—, tal vez a los dos o tres años, te encantaban las pelotas.

Me río.

—¿Cómo?

—¡Es verdad! Te encantaban las pelotas. De todo tipo: de fútbol, de tenis, de spikeball , de golf, de fútbol americano…

Te hice un álbum con fotos de diferentes pelotas y sabías decir cuál era cuál.

Darwin pasó por una etapa en la que le gustaron los dinosaurios.

A Moby le gustaban los puzles. Y a ti las pelotas.

A mí, de pequeña, me gustaban las ballenas.

La primera que recuerdo haber visto fue en la bahía de Fundy.

Debía de tener tres o cuatro años y me quedé maravillada.

Me acuerdo de esto por las historias que me contaba.

—Una jorobada, ¿no?

—Eso es. —Sonríe—. Estábamos en el barco de mi tío. El salto de la ballena fuera del agua fue como el de una bailarina de ballet. Yo quería ser esa ballena. Me imaginé viviendo en el mar con las sirenas, los delfines y las belugas.

—Como en el cuento.

Esboza una sonrisa melancólica.

—Sí. Y nunca dejaron de gustarme. Hice un trabajo de clase sobre las ballenas que migraban por la bahía a los once años.

Me suena, pero hace más de dos décadas que no oía esto.

—A los trece, les rogué a tus abuelos que me mandasen a un campamento sobre mamíferos marinos que organizaba el Instituto Canadiense de las Ballenas.

Lloré cuando me dijeron que sí. Allí fue donde conocí las ballenas francas y lo cerca que están de la extinción.

Eso reafirmó mi vocación. El problema con las ballenas francas, como sabes, es que no se reproducen a la velocidad suficiente para compensar las muertes provocadas todos los años por los arrollamientos de barcos y por los enredos con aparejos de pesca.

No sabía cómo podía ayudar, pero sabía que tenía que hacerlo.

—Hace una pausa—. Y, entonces, pasaron cosas de la vida.

Escucho la versión de mi madre de esa vida.

Lo difícil que fue mudarse a Ontario de la costa este a los catorce años.

Que empezó a salir con mi padre en contra de lo que le decía el sentido común.

Que fue ella la que terminó la relación antes de irse a la universidad porque sabía que algún día volvería a vivir al lado del mar.

Que tenía la mirada puesta en las ballenas y nada iba a interponerse en su camino.

Que siguió siendo amiga de mi padre, pero no pudo quitárselo de la cabeza y, tras años de intentar negar lo que sentía, se entregó a ello.

—Cuando descubrí que estaba embarazada, estaba enamoradísima de tu padre —me dice—. Sabía que quería formar una familia con él, aunque fuese muy mal momento.

Le faltaban semanas para empezar unas prácticas en el New England Aquarium, donde estudiaría y rastrearía ballenas francas del Atlántico Norte.

—Pensaba que podría hacerlo mientras estuviera embarazada de pocos meses, pero tuve unas náuseas horrorosas. No podía ni mirar el mar sin que se me revolviese el estómago. Me repelía la idea de poner un pie en un barco. No dejaba de vomitar. No era capaz de retener la comida.

—No lo sabía —le digo en voz baja.

—Se llama hiperémesis gravídica, náuseas matutinas extremas, pero las mías duraban todo el día.

Sentí que mi cuerpo me había traicionado.

No podía hacer nada que no fuera estar tumbada en la cama.

Mis compañeras de piso no me lo dijeron, pero les molestaban tantos vómitos.

Y… —Se vuelve hacia mí—. Echaba de menos a tu padre.

Echaba de menos a mi familia. Necesitaba estar con mi madre.

Cuando me fui de la costa este, sabía que me iba para siempre.

Fue una decisión práctica. Tu padre tenía un oficio y un sueldo estable.

Había dos parejas de futuros abuelos dispuestos a ayudar.

Vemos a un par de conejos saltar por el campo.

—Pensé mucho en las ballenas aquellos primeros meses después de que naciera Darwin —dice.

Sonrío.

—Cómo no.

—Las ballenas francas son unas madres excepcionales. Se matan de hambre para amamantar a las crías. Y las amamantan durante dos años mientras viajan miles de kilómetros con el bebé, preocupándose por protegerlo y enseñarle a comunicarse y a alimentarse.

Le doy la mano.

—Sabes que tú no eres una ballena, ¿no? —le digo con suavidad.

La voz le sale tensa.

—Lo intenté. Intenté ser una madre ballena.

Os quería mucho, muchísimo, pero, con el paso de los años, empecé a sentir rabia.

Contra mí misma por haber renunciado a la oportunidad de tener una carrera profesional.

Contra tu padre por haberlo permitido. Era una ira silenciosa que me iba comiendo por dentro.

Yo no quería ser esa persona, ni por vosotros ni por mí misma.

De modo que tu padre y yo acordamos que debía intentarlo.

—Se le llenan los ojos de lágrimas—. Sé que no has podido perdonarme, pero creo que me habría marchitado si me hubiera quedado aquí.

—¿Por qué no nos sentasteis a los tres y nos lo explicasteis?

—Yo no pude —dice—. No fui capaz. Sabía que el único modo de irme sería saliendo por la puerta mientras dormíais.

—Te odié —admito, y se me rompe la voz mientras parpadeo para no llorar—. No soportaba que nos hubieras dejado y que luego hubieras vuelto y te hubieras puesto a cocinar pasteles y no hubieras hablado de ballenas nunca más.

Me acaricia la mejilla.

—Las ballenas francas hembra son las que tienen más probabilidades de morir atropelladas por un barco —dice—.

Una teoría propone que es porque las que son madres flotan cerca de la superficie mientras las crías se amamantan, pero ahí es donde más peligro corren.

Ojalá hubiera podido ser así de fuerte. No tendría que haberme marchado —dice, y se le quiebra la voz—.

Tendría que haberme quedado cerca de la superficie con vosotros. Tendría que haberos protegido.

Envuelvo a mi madre con los brazos. Yo también quiero protegerla.

—¿Qué fue lo que te hizo volver? —le pregunto—. ¿Por qué no nos mudamos al este para que tú pudieras trabajar?

Se toma un momento para recomponerse.

—Tu padre lo habría hecho. Lo habíamos hablado.

Unos días antes de que decidiera volver, vi cómo una tripulación de salvamento intentaba liberar a una ballena de una cuerda gruesa que se le había enrollado en el cuello y la espalda.

Las heridas ya eran profundas, pero ella luchaba.

Es un trabajo difícil, peligroso, el de intentar liberar a una ballena atrapada.

Mientras la veía debatirse, pensé en lo afortunada que era yo.

—Todavía tiene los ojos vidriosos—. Todos estamos atrapados a nuestra manera, pero yo, por lo menos, había elegido las cuerdas que me ataban.

Estaba ligada a ti, a tus hermanos, a tu padre y había estirado la cuerda todo lo que había podido.

Sabía que tenía que buscar el camino de vuelta.

»Y, además —dice—, vomitaba cada vez que me subía a un barco.

—¿Qué? —Ahogo una carcajada.

—Me mareo —confiesa mirando el campo—. Pensaba que me iría acostumbrando, pero no. La cantidad de veces que vomitaba por la borda era asquerosa y vergonzante, pero también me lo tomé como una señal.

Observo a mi madre, una mujer mucho más complicada de lo que yo le he permitido ser.

—Sé que te traté mal, pero me alegré de que volvieras.

—Yo también.

—¿Y Francesca? —pregunto—. ¿Cuándo la han visto por última vez?

Se le llenan los ojos de pena.

—Cariño, no sé cómo decírtelo. —Me envuelve las manos con las suyas—. Francesca murió hace dos años.

Me pilla por sorpresa. Me llevo una mano al pecho.

—¿Cómo?

—Fue en un arrollamiento.

—¿Un accidente de barco?

Asiente.

—Encontraron su cuerpo flotando delante de las costas de Virginia. Tenía la columna dislocada, las vértebras fracturadas.

—Oh. —Es lo único que consigo decir.

—No pensaba que quisieras saberlo —dice ella—. Y fue horrible. Antes de que la matasen, la habían visto con su cría cerca de Florida. Era demasiado joven para sobrevivir sin su madre.

—¿Están las dos muertas? —Me seco las lágrimas.

—Lo siento mucho.

—En realidad, no la odiaba, ¿sabes? —Siempre había dado por sentado que seguiría ahí, mi hermana ballena.

Mi madre me besa la sien.

—Ya lo sé.

Nos quedamos ahí un largo rato mirando al otro lado del campo. Cuando el viento avanza por la hierba, crea olas como las del mar.