Capítulo 48
Conversaciones susurradas de mis padres.
Rayos de sol que se cuelan oblicuos por la ventana.
Los crujidos de la grava bajo las ruedas de la camioneta de Darwin en el camino a casa.
Me tapo la cabeza con la almohada e intento volverme a dormir, pero la voz sonora de mi hermano llega hasta el dormitorio. Siento los ojos como si me hubieran frotado trocitos de cristal.
Eran más de las doce cuando mi padre me recogió del aeropuerto anoche.
Supo que algo pasaba en cuanto me vio, pero hasta que no entramos en la autopista no me preguntó si quería hablar de ello.
No quería. Tenía el cerebro demasiado nublado.
Dormí las dos horas de camino a Old Stone Road.
Mi madre esperaba en camisón en la puerta.
Me agarró entre sus brazos y yo me eché a llorar.
De pronto, tenía seis años y no había nada mejor en el mundo que estar envuelta en el cuerpo mullido de mi madre.
—Venga —dijo—, vamos a la cama.
Sin preocuparme por desvestirme, me dejé caer sobre el colchón. Mi madre me observaba desde el pasillo.
—Descansa, cariño. —Empezó a cerrar la puerta.
—Mamá.
—¿Hum?
—¿Te acuerdas del cuento que me contabas para dormir?
—Sí —dijo ella con suavidad.
—Me encantaba —musité cerrando los ojos.
Al cabo de un momento, oí que susurraba en la oscuridad. Sonreí cuando llegó a mi parte favorita.
«Cuando la niña se cansaba, la ballena la llevaba sobre el lomo.
Cuando la niña estaba triste, la ballena llamaba a las focas, que ladraban y chillaban y montaban un espectáculo para la niña y siempre la hacían reír.
Cuando llegaba la hora de que la niña volviese a casa a cenar, la ballena se despedía de ella agitando la cola».
Y entonces me dormí.
Ahora aparto las sábanas y me acerco a la ventana. Fuera, la realidad me devuelve la mirada. Ni bosque cálido, ni playa, ni montañas, ni niebla. Está la camioneta de mi hermano. Están el taller de paredes azules de mi padre y el campo de detrás. Están el seto de cedro y el manzano.
La semana que he pasado con George casi me parece un sueño. No le hablé en el trayecto al aeropuerto, pero, cuando nos despedimos, dejé que me abrazase mientras yo lloraba.
—Te quiero —me dijo—. Te quiero. Te quiero. Te quiero.
Se oyen unas pisadas sordas de botas por las escaleras, seguidas de unos golpes suaves en la puerta.
—Frankie, ¿estás despierta?
Darwin, el traidor. Él y Moby estuvieron delante cuando George le soltó aquello a Nate. Y no me dijeron nada.
Lanzo una mirada asesina hacia la puerta.
—Vete.
—Frankie, abre.
—No quiero hablar contigo.
Vuelve a llamar.
—Sabes que puedo sacar la puerta de quicio. O forzar la cerradura. O darle una patada. —Son todo cosas que ya ha hecho—. También sé lo que hace George para subir al tejado y entrar por la ventana. Pero será menos vergonzoso para ambos si abres.
Atravieso la habitación preparada para gritarle a mi hermano, pero, cuando abro la puerta, me atrae hacia su enorme pecho.
—¿Cómo lo sabes? —le pregunto con las lágrimas volviendo a correr.
—Me ha escrito George. ¿Qué ha pasado?
—Me ha contado por qué me dejó Nate.
Darwin me suelta. La cara se le pone blanca.
—Sobre eso…
Estoy demasiado destrozada para enfadarme. Me siento reducida a nada, como los campos al final del verano cuando han cortado el heno.
—Siento que ocurriera como ocurrió —dice Darwin—. Siento todo el dolor que te causó. Pero casarte con Nate habría sido un error.
Respiro hondo.
—Lo sé.
Darwin me mira estupefacto.
—Entonces, ¿qué problema hay?
No tengo fuerzas para diseccionar mis emociones, así que me limito a decirle:
—George me ha mentido.
—Frankie —dice él con pena—. Eres demasiado cabezota y eso no te hace bien. Dale una oportunidad. Lo conoces. Sabes por qué puede haberle resultado difícil decirte cómo se siente. Pensaba que tendría más tiempo.
—Espera, ¿tú cómo sabes eso?
—Nosotros también somos amigos. No como vosotros dos, pero sí, a mí George me importa. Hablamos. Moby y yo llevamos burlándonos de él por estar colado por ti desde que lo conocemos.
—Sois lo peor.
—Pero él no se dio cuenta hasta que os fuisteis a vivir juntos. No tenía ni idea de qué hacer.
—¿Y alguna vez se te ocurrió sugerirle que me lo dijera?
—Claro, mil veces, pero él insistía en que habría un momento perfecto y sus argumentos eran convincentes.
Pensaba que te enfadarías si te lo decía en un mal momento.
—Me lanza una sonrisita burlona—. Y te habrías enfadado.
Habrías pensado que estaba poniendo en peligro vuestra amistad o tu independencia o alguna estupidez de esas.
Pero entonces te prometiste con alguien a quien acababas de conocer.
—Y me dejó creer que Nate se había marchado por algo que yo había hecho —digo levantando el tono—. Y tú también.
—Nate se marchó porque se dio cuenta de que nunca habías sido tú misma con él. Vio lo que tú eras demasiado terca para ver.
—¿El qué?
—Que George y tú estáis hechos el uno para el otro —continúa Darwin bajando la voz—. Y te entiendo. No hablamos de cuando mamá se marchó, pero a todos nos afectó mucho. Mira a Moby, está como una cabra.
Suelto una risa vacilante.
—Es más raro que un perro verde.
—Yo tenía pesadillas en las que mamá se volvía a ir —dice Darwin—. Ahora sueño con que Anh desaparece en plena noche.
Me duele la garganta. No lo sabía.
—Anh no haría eso.
—Lo sé. No es racional, pero ese miedo al abandono está ahí. Seguro que tú también lo tienes.
Me asoman las lágrimas y asiento.
Darwin suaviza la mirada.
—Y también me da miedo hacerle daño a la gente.
—Frankie, tú nunca le harías daño a George.
—Ya se lo he hecho —le digo—. Estaba tan perdida en mis gilipolleces que no vi lo que hasta Moby y tú veíais.
—No te digo que no. Puedes ser bastante obtusa cuando te lo propones, pero seguro que no ha habido ni una sola vez en las décadas que habéis sido amigos en las que le hayas hecho daño a George a sabiendas. Lo protegías como un gremlin cuando erais pequeños y no has cambiado. Lo quieres.
—Sí.
—Entonces, ¿qué problema hay? —vuelve a preguntar Darwin.
—Ese es el problema. Lo quiero, pero soy un desastre. —Señalo mi dormitorio—. Creo que este es el peor momento posible para empezar una relación. Esto de George… es demasiado importante para arriesgarme a cagarla. Tengo que hacerlo bien.
—Qué gracioso —dice—, eso es lo que decía George.
Vuelvo a la cama hasta que el cálido aroma de vainilla y azúcar me despierta en plena tarde. Tengo unas cuantas llamadas perdidas de Aurora y un mensaje largo.
«Nate me llamó ayer y parecía estar conmocionado por lo de George.
No supe qué decirle. Si te dejó él. ¡TE DEJÓ ÉL!
Pero tampoco quería parecer insensible. Le dije que debería estar aliviado porque tú estuvieras pasando página.
Espero que él también pueda seguir adelante. ¡Quiero que los dos seáis felices!».
Nate podría haber sido sincero conmigo. No tenía por qué dejarme con una nota y todas mis inseguridades. Frunzo el ceño mirando la pantalla y la llamo.
—A Nate que le den —le digo a Aurora cuando responde. Aunque en el fondo sé que me hizo un favor.
—Hola a ti también.
—Estoy muy confundida. No sé qué hacer ni qué tengo que pensar.
—¿Qué ha pasado? —Oigo la preocupación en su tono de voz.
Le cuento a Aurora los maravillosos últimos días y el final cataclísmico.
—George me escondió ese secreto enorme durante años. Iba a casarme con Nate y él se habría ido alejando más de mí. No pensaba decírmelo tampoco en Tofino. Fui yo la que forzó las cosas.
—Normal, George no iba a confesarte lo que sentía mientras tú estabas intentando superar a Nate.
—Ya he superado a Nate.
—Él no lo sabía. Te dejó a ti llevar la voz cantante. —Suspira—. Es bastante romántico si lo piensas.
Es una romanticona. Se lo digo.
Aurora me ignora.
—Siempre estamos metidas en lo que experimentamos e interpretamos nosotras de nuestra pareja, pero la otra persona tiene una historia completamente diferente en la cabeza.
Intenta ver las cosas desde el punto de vista de George.
Piensa en el rechazo que ha sufrido por parte de su padre.
Tal vez no creyera que fueras a verlo nunca como algo más que un amigo.
Suspiro. Eso es justo lo que he estado pensando desde que he hablado con Darwin.
—Pero ahora ya lo he visto desnudo. No hay vuelta atrás.
Se ríe.
—Entonces, adelante.
En la planta de abajo, mi madre saca galletas del horno.
—Con trocitos de chocolate —dice colocando la bandeja encima de los fogones—. Nada del otro mundo. Esas ya se deberían poder comer. —Señala las que se están enfriando sobre una rejilla.
Mi madre demuestra su amor con azúcar, mantequilla y huevos. Me siento en un taburete al otro lado de la encimera y le doy un bocado a una de las galletas. El chocolate aún está derretido. La galleta está caliente y blandita y lleva la cantidad de sal perfecta.
—¿Cómo han salido? —pregunta mientras mastico.
Yo contesto con la boca llena:
—Cinco estrellas.
—He hecho el doble para que Darwin pueda llevarse algunas a casa para las chicas. Y he pensado que podría hacer ese bizcocho de limón que te gusta. ¿Me ayudas?
Bajo del taburete, saco otro delantal del cajón y me lo ato a la cintura.
Trabajamos en una sincronía silenciosa. Mi madre va midiendo ingredientes y yo rallo y escurro un limón. Así es como más alineadas estamos, trabajando en tándem en la cocina.
—¿Quieres contarme lo que pasó? —me pregunta cuando meto el molde en el horno.
—No, creo que prefiero descansar. —Necesito dejar de pensar en George.
Cuando terminamos, mi madre llena el fregadero para lavar los cuencos y yo cojo un trapo de cocina y me quedo a su lado.
—Creo que este sería un buen momento para hablarme de tus ballenas —digo cuando estamos acabando de fregar—. Me vendría bien distraerme.
—¿Hay algo en concreto que quieras saber? —Me mira con sus ojos violeta como los míos.
—Quiero saber por qué te gustan tanto.
«Quiero saber por qué te fuiste».
—¿Por qué me gustan las ballenas? —Sopesa la pregunta mientras amontona las galletas en un plato—. Salgamos fuera.