Una tormenta perfecta Capítulo 47
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Capítulo 47

—Frankie, te lo puedo explicar —dice acercándose mientras yo me vuelvo hacia él.

—¿Explicar el qué?

Siento como si tuviera los oídos tapados con algodón.

—Vamos a sentarnos. Respiremos antes de hablar de esto.

—Ni se te ocurra decirme que respire. El hombre con el que tenía que casarme me acaba de decir que tú sabes por qué me dejó. ¿Por qué diría eso, George?

Alarga la mano para tocarme, pero yo lo esquivo.

—Iba a contártelo todo. He estado esperando el momento adecuado.

—¡¿El momento adecuado para qué?!

—Aquella noche en la mansión… —Se aprieta la nuca—. Cometí un error. Después de que te acostaras me puse muy muy pedo.

Recuerdo a George y a Darwin con grandes vasos de whisky y a un grupo de hombres salir fuera agarrados unos a otros de los hombros.

Nate iba con ellos. Parecía que iban a fumar puros.

Yo le di un beso a Nate y le dije que lo vería arriba.

Me dormí antes de que llegase y, cuando me desperté, encontré la nota.

Te quiero, pero no puedo casarme contigo.

—Estábamos pasando el rato. Nate, su amigo, tus hermanos…

Hablando de estupideces, contando historias de cómo eras cuando éramos niños.

Moby y Darwin decían que siempre querías pelear para demostrar que eras tan dura como ellos.

Yo le conté a Nate lo de aquella vez que le dijiste al profe de Francés que era un capullo misógino porque se había metido con una chica que ni siquiera te caía bien.

Tonterías nostálgicas. Pero vi que Nate estaba estupefacto, que no le habías contado nada de aquello.

Ni siquiera le habías dicho cómo habías dejado el trabajo.

No dejaba de repetir: «Eso no me parece propio de Francesca». Y lo disfruté, Frankie.

—¿Por qué?

George reduce la distancia entre nosotros.

—Porque nadie te conoce mejor que yo. Ni siquiera tu prometido.

Y se lo restregué por la cara. Le conté a Nate todas las cosas que sabía y que él no.

Le hablé del fuego que llevas dentro y de que cuando bailas es cuando más relajada estás.

Le dije que los ojos se te encienden cuando te enfadas y que, cuando lloras, el violeta parece más violeta.

—No entiendo por qué harías algo así.

—Frankie, no estaba pensando con la cabeza. Había bebido whisky y me había tomado la gominola de Moby, pero no fue solo eso. Fue el subidón de tener poder sobre él. Darwin intentó hacerme callar, pero no pude. Al final, llegó a tal punto que Nate me preguntó si estaba enamorado de ti.

No puedo respirar. Apenas puedo hacerle la pregunta.

—¿Qué le dijiste?

—Le dije la verdad. —George respira hondo y me coge la cara entre las manos—. Le dije que te quería de un modo que él nunca llegaría a entender.

Niego con la cabeza. Tengo el pulso frenético.

—Lo siento, Frankie. —Me mira con ojos suplicantes—.

No sabía que cancelaría la boda. No quería que eso pasase.

Pensaba que no sería capaz de sobrevivir a verte casada con otro hombre, pero sabía que iba a pasar por ello si eso era lo que te hacía feliz.

Y lo estabas. Aquella noche, cuando bailamos, estabas increíblemente feliz.

Doy un paso atrás. Me está costando seguir tranquila, asimilar todo lo que George acaba de desvelar. Una pregunta resuena con más fuerza que las demás.

—¿Sentías algo por mí antes de esta semana?

—Estoy enamorado de ti, Frankie. Llevo enamorado de ti muchísimo tiempo.

—No, eso es imposible. —Pero incluso mientras lo digo veo la verdad en sus ojos—. ¿George?

—Intenté luchar contra ello, Frankie. Muchísimo. Nuestra amistad es lo más importante para mí. Tú eres lo más importante. Sabía que no querías una relación, ni conmigo ni con nadie. Te reías de la gente que se enamoraba en el instituto y de tus padres por haberse casado tan jóvenes.

Cubre la distancia entre nosotros cogiendo mis manos temblorosas entre las suyas y sosteniéndolas entre nuestros pechos.

—¿Qué es lo que decías siempre? Que nadie iba a serlo todo para ti. Acepté hacer las prácticas en Edmonton porque no podía seguir viviendo contigo sin pedirte que estuviéramos juntos. Tú querías libertad y yo quería que la tuvieras.

Me pitan los oídos.

—Entonces, ¿decidiste lo que era mejor para los dos?

Niega con la cabeza.

—Pensaba… —Se le rompe la voz—. Pensaba que, cuando estuvieras lista para compartir la vida con alguien, te darías cuenta de que esa persona tenía que ser yo.

—Pero no me lo dijiste. —Me cuesta respirar—. ¿Por qué no me lo dijiste?

—Te lo dije.

—¿Qué? ¿Qué dices?

—Hace tres años, Frankie. Cuando estaba cruzando el incendio en coche. Te lo dije. No podía soportar la idea de que, si me pasaba algo, no supieras lo que en realidad sentía por ti.

Lo miro fijamente, incrédula.

—Me dijiste que me querías.

«Frankie, escúchame. Tienes que escucharme bien, ¿vale? Te quiero. Lo has sido todo para mí».

—Me dijiste que me querías —repito—. No me dijiste que estuvieras enamorado de mí. ¡No es lo mismo! Sabes que no es lo mismo.

—Dio igual, Frankie. Cuando llegué a Toronto y te vi, supe que no lo habías entendido o puede que no lo quisieras entender. Sea como fuera, tú no sentías lo mismo.

—No me diste la oportunidad —digo con la voz entrecortada—. Se lo dijiste a mi prometido antes de decírmelo a mí.

Los pensamientos me van a toda velocidad. George fue el motivo por el que Nate se fue. Todo este tiempo se ha estado guardando un montón de secretos. Pensaba que estábamos en el mismo punto, que esta semana había sido una revelación para ambos.

—Lo siento —dice George—. Sé que estuvo mal y que no tendría que habértelo escondido.

No esperaba que las cosas por fin cambiasen entre nosotros esta semana.

Me aterrorizaba que pudieras odiarme y no volverme a hablar nunca.

Te juro que iba a decírtelo. He pensado en decírtelo antes, en la playa, pero me he asustado.

Veo pasar ante mí los dos últimos meses como si fueran una película de terror.

La habitación de hotel. La nota. Cuando me sacaron de allí.

Vomitar en el coche. El sofá de Aurora. Seguir a flote a duras penas.

Odiarme a mí misma. Castigarme a mí misma.

Llorar hasta dormirme en el cuarto de mi infancia.

—Todo este tiempo… —digo desolada y furiosa a la vez—. Todo este tiempo me he culpado a mí misma. ¿Y tú lo sabías?

George me seca una lágrima con la palma de la mano.

—La he cagado. Lo siento. No sabía cómo arreglarlo. Intenté hablar con Nate para explicarle que tú no sentías lo mismo por mí, pero no quiso hablar conmigo. Tendría que habértelo contado antes. No sabes cuánto lo siento.

Vuelvo la cabeza para mirar la niebla sedosa que se enreda entre los árboles.

El sol está en algún lugar tras el velo neblinoso y hace que el agua refleje muchos tonos de plata y oro.

Varios argumentos me dan vueltas por la cabeza; motivos por los que George tendría que haber sido más claro y cosas que tendría que haber hecho de otro modo.

—Mírame —dice George en un tono desesperado—. Por favor, mírame.

El control que tengo sobre mi rabia es muy frágil. Cierro los ojos un momento, intentando recuperarlo, pero se ha esfumado. Me giro hacia George. Las lágrimas le ruedan por las mejillas.

—¿Qué quieres de mí? —le pregunto.

—Todo. Tu mente. Tu corazón. Tu cuerpo. Lo quiero todo. Y sé que eso me hace egoísta. Cuando se trata de ti, soy un puto egoísta. —Se le rompe la voz—. Te quiero, Frankie. Y quiero que tú también me quieras.

Me duele el corazón, porque lo visualizo. Querer a George, estar con mi mejor amigo. Todos los días. Es lo más bonito que pueda imaginarme. Pero no tengo muy claro qué hacer después de que me haya escondido unos secretos tan trascendentales.

Hay otra de las cosas que ha dicho que me ronda por la cabeza.

«¿Qué es lo que decías siempre? Que nadie iba a serlo todo para ti».

Pienso en mi padre, destrozado y callado cuando mi madre se fue.

Pienso en mi madre, que anhelaba tanto cumplir su sueño que nos abandonó, y en cuánto había cambiado cuando volvió.

Pienso en Mimi, sola en su castillo. Pienso en lo perdida que me he sentido yo, en lo insegura que he estado de mí misma, y me aterra que me arrastre esa corriente de resaca.

Este último año he tomado unas decisiones muy malas y George no puede ser una de ellas.

Lleva los labios a mi frente.

—Dime cómo arreglarlo. Dime qué hacer.

—Quiero que sepas que me importas más que nadie —le digo llorando—, pero no puedo hacer esto, George. Ahora no.