Una tormenta perfecta Capítulo 46
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Capítulo 46

Día siete: Despedirse

Por la mañana, damos un último paseo por la playa. Esta vez de la mano. La niebla está baja y espesa, de modo que las personas que pasean más cerca del mar aparecen y desaparecen en ella como espectros.

Según George, tenemos una misión. Nos queda una última tarea de El Plan que cumplir antes de volver a atravesar el bosque húmedo en coche, cruzar la isla de Vancouver y subirnos a dos aviones distintos.

Está misión lo pone nervioso. Le noto la mano sudorosa y fría.

—Tal vez te sentirías mejor si me lo contaras —le digo sacudiéndole un poquito la mano—. Siempre te estás guardando secretos. Ya no quiero que tengas más.

Él suelta una larga exhalación y luego otra, como si hubiera estado conteniendo toda la atmósfera en los pulmones.

—Tienes razón.

—Ya lo sé.

Dejamos de caminar.

—Estaba intentando encontrar el lugar adecuado, el momento ideal —dice buscando en mis ojos.

—Ese este —le digo—. Este es el momento.

—Vale.

—No, espera —digo mientras le quito las gafas y limpio una mancha del cristal. Me pongo de puntillas y se las vuelvo a colocar—. Vale, ahora.

—Hemos venido aquí a celebrar una especie de ceremonia de clausura. —Hace una pausa esperando que diga algo.

—Una ceremonia de clausura. Vale.

—¿No vas a reírte de mí?

—Nop. Por favor, sigue.

Me mira con escepticismo, pero continúa:

—La idea es que hagas algo que marque el final de un capítulo de tu vida y el inicio de uno nuevo, un acto simbólico para despedir tu relación con Nate.

—Me parece que ayer hicimos actos simbólicos de sobra. Esa relación está ya más que despedida.

—No tenemos por qué hacerlo si no lo ves bien.

Estudio a George. Para él esto es importante.

—Podría llegar a verlo bien—le digo—. ¿Tienes alguna idea?

Asiente y saca un papel del bolsillo.

Incluso doblado sé de qué se trata. Es el papel azul turquesa de la mansión Darlington que tengo grabado en la retina. Me quedo mirándolo, esperando a que todo lo que ese papel representa me tumbe de un golpe devastador, pero no pasa nada.

—Lo encontré cuando tus padres y tú os marchasteis —dice George—. Fui a la habitación a recoger tus cosas y no quise que nadie más lo viera. Pensé en romperlo, en quemarlo, pero deberías ser tú quien lo haga. Es tuyo.

Me quedo mirándolo, a mi atentísimo mejor amigo.

—¿Te has enfadado porque lo he tenido yo todo este tiempo?

—No, me alegro de que lo tuvieras tú. Me alegro de que lo hayas cuidado.

—También tengo el vestido —dice—. Bueno, lo tiene Mimi. No quería que tuvieras que pensar en qué hacer con él. Está en la Casa Grande.

Con un sollozo, me lanzo a abrazarlo y lo tumbo al suelo. Lo beso entre lágrimas.

—Me había olvidado del vestido. Me encantaba ese vestido.

—Es precioso. Le eché un vistazo.

—Dejémoslo donde está. Uno de tantos secretos de la Casa Grande. Un tesoro que encontrará otra persona.

—Me gusta —dice George apartándome el pelo de la cara. Parece que se plantea si decir algo más, pero me vuelve a levantar.

Nos sacudimos la arena de encima y le tiendo la palma de la mano. Él deja la carta y una caja de cerillas encima. La abro y la leo por última vez.

Y le prendo fuego.

George coge un puñado de arena para su colección y nos separamos con un beso.

Yo vuelvo al chalet para empezar a hacer las maletas mientras él pasa por la tienda de souvenirs a comprar algunas cosas para mi familia.

Cuando abro la puerta, me encuentro a un hombre en la sala de estar ajustando el lazo de una caja que hay encima de la mesita de café.

Por un momento, no me doy cuenta de que es Kevin y suelto un grito.

Él da un respingo y empieza a disculparse con insistencia.

—Lo siento mucho —repite, apartándose del regalo—. Pensaba que habían salido de paseo. Solo quería asegurarme de que tenían todo lo que necesitaban para su última mañana y dejarles una sorpresita. Lo siento. Lo siento mucho.

Cruza la habitación deprisa, avergonzado de que lo haya pillado en pleno… No sé, no tengo muy claro qué estaba haciendo.

—Kevin —le digo, y se vuelve con una sonrisa afligida.

—Diga, señora Gardiner.

—Gracias por todo lo que has hecho por nosotros. Los pétalos de rosa. Las velas. La cena de la otra noche, que fue maravillosa. Nos has mimado mucho y te lo agradezco de corazón.

—Cuánto me alegro —dice—. Nos encanta cuidar a nuestros recién casados.

Me encojo de vergüenza.

—Me siento fatal, pero la verdad es que George y yo no estamos casados.

Se me queda mirando y se echa a reír.

—Querida, ya lo sé.

—¿Sí?

—¡Pues claro!

Sonrío.

—¿Qué? ¿Cómo?

—Lo supe en cuanto entrasteis por la puerta.

No llevabais anillos de boda, y el día anterior había tenido una larga charla con el señor Nathaniel Bacon.

Me dijo que estabas pasando por unos momentos difíciles.

—Hace una mueca—. Me contó todo el… drama de la boda.

Quería que te cuidase, que te diese lo que me pidieras y que lo cargase todo en su tarjeta.

Me dijo que vendrías sola, pero llegaste con un hombre al que llamaste George.

—Pero… —Se me escapa la risa—. Nos has tratado muy bien. ¿Por qué seguirnos el juego?

Me dirige una sonrisa angelical.

—He visto muchas parejas por aquí. Primeros amores, recién casados, parejas con el síndrome del nido vacío, jubilados… He sido testigo de celebraciones de aniversarios, cumpleaños e hitos familiares. Reconozco el amor cuando lo veo.

Se me eriza la piel de los brazos.

—Cuando llegasteis —dice Kevin—, tú te fuiste directa al ventanal y George se te quedó mirando con tanto amor que me sonrojé.

Lo miro creyendo que debe de estar exagerando. Es un romántico empedernido, como Aurora.

—Entonces, ¿has estado haciendo de casamentero por él?

—Como encargado de experiencias de hospedaje —repone él—, mi trabajo consiste en hacer que el tiempo que pasan con nosotros todos y cada uno de los huéspedes sea excepcional, pero… —añade con una sonrisa— a veces tengo mis favoritos.

Kevin nos ha dejado una caja blanca con un ancho lazo de satén verde en el centro. La tarjeta dice que el regalo va dirigido a mí. Dentro, encima de varias capas de papel de seda hay una simple tarjeta blanca.

Para Francesca, con todo mi corazón.

N ATE

Dentro encuentro un cuchillo de cocinero y un diario encuadernado en tela. Saco el cuchillo de la funda. Es impresionante, con caracteres japoneses grabados en el acero y un mango de ébano. Es evidente que lo han forjado a mano. Conociendo a Nate, será el mejor de los mejores.

Pero yo tengo mis cuchillos desde los dieciocho años.

Me los compré con George uno de los primeros días después de mudarnos a la ciudad.

Juntos, recorrimos las estanterías de una tienda de suministros para restaurantes de Chinatown buscando los elementos de la lista de materiales que me habían mandado de la escuela.

Una chaira. Bandejas de horno. Cuencos. Cucharones.

Boquillas para manga pastelera. Cuchillos.

Nunca me había gastado tanto dinero de golpe.

Lo cargamos todo en el tranvía y yo lavé cada cuchara de cata y cada cuenco en el fregadero con reverencia.

George estaba a mi lado y los iba secando con cuidado.

Miro la libreta con más detenimiento. No es un diario, es un cuaderno de recetas y el formato de las páginas está pensado para poder escribir listas de ingredientes, tiempos de cocinado, métodos y consejos en recuadros ordenados.

Es muy bonito, pero demasiado restrictivo para el modo en el que yo creo recetas.

Yo uso el portátil, hojas de cálculo y una libreta de espiral barata y llena de garabatos, ideas fugaces y círculos de café.

Le doy la vuelta al cuaderno y luego lo devuelvo a la caja junto con el cuchillo antes de cerrar la tapa. Son unos regalos exquisitos, perfectos para otra persona, pero no para mí. Como tampoco lo era Nate.

Salgo al porche de atrás con el móvil y hacer la llamada me resulta de una facilidad pasmosa. Él coge el teléfono casi de inmediato.

—Francesca —responde Nate. Su voz me parece un recuerdo.

—Gracias por estos regalos tan bonitos.

—¿Han llegado?

—Sí.

—Qué bien. Compré el cuchillo hace meses pensando que podrías usarlo en Tofino.

No dejabas de hablar de las ganas que tenías de cocinar y sabía que allí los cuchillos no estarían a la altura, pero no estaba seguro de si debía mandártelo después de…

todo. —Está nervioso, divagando—. Siento que haya llegado tan tarde.

Hubo algunos contratiempos. ¿Has conocido al recepcionista, Kevin?

No le hacía mucha gracia lo de dejarte un cuchillo en la habitación.

O puede que no le hiciera gracia porque es team George hasta la médula.

—No es el recepcionista, es el encargado de experiencias de hospedaje, y ha hecho un trabajo maravilloso con el lazo.

—Ah, bien, bien. —Nate vacila antes de continuar—. Espero que no te importe, pero he estado preguntándole a Aurora cómo estabas. Quería darte espacio, pero también quería saber que estabas bien. Dice que te ha ido genial, que has pasado una buena semana.

—Ha sido una muy buena semana —digo mientras observo a una surfista coger una ola antes de caer de la tabla—. Ha sido perfecta.

—Me alegro mucho. —Se aclara la voz—. De verdad que quiero lo mejor para ti, Francesca. Me gustaría que fuéramos amigos, si en algún momento dejas de odiarme.

—No te odio. O por lo menos ya no. Pero me parece que lo de ser amigos es pasarse.

—Lo entiendo —dice—, pero, si cambias de opinión, estaré aquí.

—Gracias —le digo, pero sé que es la última vez que hablaremos—. No vuelvas a dejar a nadie con una mierda de carta, ¿vale? Fue horrible.

—Lo sé. —Lo oigo respirar hondo—. Lo siento, no tuve agallas para decírtelo a la cara. Sabía que no podría hacerlo si te miraba a los ojos. Sé que no es justo que te diga esto, pero escribir esa nota fue una de las cosas más difíciles que he hecho en la vida.

—Todavía no lo entiendo—le digo—. Al final, supongo que no importa, pero me gustaría aclarar qué pasó. ¿Te agobié? ¿Fue por la discusión que tuvimos?

Antes de que conteste, oigo abrirse la puerta corredera del patio.

—¿Quieres que nos demos un último chapuzón en el jacuzzi?

George está en la puerta con el bañador puesto. Al ver que estoy al teléfono, susurra:

—Lo siento.

—No pasa nada —le respondo moviendo solo los labios. Levanto un dedo—. Un minuto.

—¿Es él? —dice Nate con la voz unos grados más fría.

—¿Quién?

—George.

Abro la boca para responder, pero no me sale nada. Siento que he hecho algo malo, lo cual es absurdo, dado que fue Nate quien me dejó.

—No voy a fingir que no me duele —dice Nate—, pero por lo menos sé que hice lo correcto.

Frunzo el ceño.

—¿Qué quieres decir?

—Era evidente que yo no te conocía de verdad y que estorbaba. —Parece cansado—. Pero no sabía que pasaría tan rápido.

—Nate, ¿qué dices?

—¿George no te lo ha contado?

Se me revuelve el estómago.

—¿Contarme el qué?

Veo cómo George se queda pálido.

El tono de Nate es seco.

—Esto es justo lo que él quería, así que te lo puede explicar él. Habla con George. Él te lo aclarará todo.

Me quedo con el teléfono pegado a la oreja incluso después de que Nate cuelgue, con los ojos fijos en mi mejor amigo. Él da un paso hacia mí, con la clara marca de la culpa en el rostro.

—George, ¿qué hiciste?