Capítulo 45
Teníamos veintiún años
Estábamos cubiertos de harina. George la tenía en la nariz, esparcida por el pelo como si fuese azúcar glas y por toda la parte delantera del cuerpo. Yo tenía los brazos blancos. Era un lunes por la noche y estábamos haciendo pasta casera.
Según mi jefe, yo era al mismo tiempo la cocinera más prometedora y la más descuidada del área metropolitana de Toronto. Era una exageración, pero solo un poco. A George no le importaba. Limpiar era algo que podía ir haciendo mientras yo cocinaba. Nunca se conformaba solo con mirar.
Estaba cursando el cuarto y último año de Periodismo.
Yo me había graduado hacía dos años y trabajaba en la cocina del popular restaurante Ronda.
En mi círculo, yo era una estrella emergente.
Y George lo era en el suyo. Era editor jefe del periódico estudiantil y contaba con la admiración de sus compañeros y profesores por sus contundentes artículos y su bonita escritura.
Por lo visto, no eran dos cosas que siempre fueran de la mano.
En las pocas ocasiones en las que yo libraba y salía con él y sus amigos de noche, los veía orbitar a su alrededor peleándose por su atención.
Era desconcertante; no que George fuese claramente el líder, sino ver lo rica que era su vida fuera de nuestra burbuja.
Yo también estaba ocupada y se había vuelto complicado pasar tiempo juntos. Las noches de los jueves y viernes solían ser nuestras, pero ahora yo trabajaba seis días a la semana. Los lunes eran mi día libre y pasábamos esas noches juntos en la cocina. Era innegociable.
Aquel lunes estábamos haciendo linguine .
En la escuela de cocina había descubierto que se me daba bien preparar pasta casera y era una de las cosas que más me gustaba hacer con George, no solo porque ayuda contar con un par de manos más cuando trabajas con grandes láminas de pasta, sino porque se tarda mucho en prepararla y eso nos daba horas para hablar.
Le metí una cinta ancha de pasta a la máquina. Por el otro lado salió una lámina más fina que George cogió al vuelo sobre las muñecas y dejó en la encimera enharinada.
—Tengo una noticia —me dijo.
Hubo algo en su tono de voz que hizo que se me erizase el vello de la nuca.
—Vale.
—Me han aceptado para hacer unas prácticas.
Solté un grito de alegría y me lancé a abrazarlo apretándole el cuerpo rígido.
—Estoy muy orgullosa de ti —le dije apartándome y riendo. Lo había cubierto de harina más todavía—. ¿En el Toronto Star ? ¿En el Globe and Mail ? ¿En la CBC?
Negó con la cabeza.
—En el Edmonton Journal .
Fue como un puñetazo en el estómago.
—¿Te vas a Alberta?
Sabía que no viviríamos juntos para siempre, pero ese futuro me parecía muy lejano. Conforme estaban las cosas ya pasábamos poco tiempo juntos. Edmonton estaba lejos. Muy lejos. El pánico me subió por la garganta como si fuera bilis.
—Son seis meses, pero el editor encargado de la contratación dice que intentan mantener en plantilla a los mejores becarios. —Sonrió, pero noté que estaba nervioso—. Siempre he querido conocer mejor el país. Viajar.
Y, al oír esa palabra, supe perfectamente lo que haría.
—Iré contigo.
Pasaríamos seis meses en Edmonton explorando Alberta juntos. Podríamos ver Banff. El lago Louise. Aprenderíamos a esquiar. Visitaríamos Calgary durante la Stampede. Sería una nueva era para nuestra amistad y nada tendría que cambiar. Era perfecto. Una nueva aventura.
George soltó una risa de sorpresa.
—¿Qué?
Empecé a enumerar las cosas que podíamos hacer juntos, todos los lugares sobre los que había leído que podíamos visitar. Tardé un rato en ver que George no sonreía.
—Frankie, ¿y tu trabajo? ¿Y tu vida?
Eso me detuvo de golpe.
—Ah. —Intenté sonreír, pero estaba conmocionada—. Dame un segundo, tengo que ir al baño.
Mientras me lavaba las manos con agua fría, sentí que estaba a punto de vomitar.
George se marchaba, se iba a perseguir su sueño y mi reacción inmediata había sido dejarlo todo para estar con él.
«Así es como pasa —pensé—. Así es como te pierdes en otra persona».
George era la única persona por la que haría cualquier cosa.
La persona que podía llevárseme si no iba con cuidado.
Me levanté la camiseta y me quedé mirando su nombre escrito sobre mis costillas.
Pasé un dedo por encima de la «G», sorprendida por cuánto me gustaba verla.
George tenía que irse y yo no podía ir con él.
Me lavé la harina de la cara y volví a la sala de estar.
—Oye —dije sentándome a su lado en el sofá—. Perdona por haber intentado autoinvitarme a tus prácticas. Me he venido arriba. Cuéntamelo todo. ¿Cuándo te vas? —me obligué a sonar alegre, pero sentía que el corazón se me hacía pedazos dentro del pecho.
—Justo después de la graduación.
Eso era en tres semanas. Intenté mantener la calma.
—Vaya.
—Ya, estoy entrando un poco en pánico.
Por un segundo, tenía el mismo aspecto que cuando nos conocimos. Yo sabía lo que debía hacer. Tragué para deshacer el nudo de la garganta.
—Será genial —le dije—. Lo harás genial.
—Prométeme que seguiremos hablando.
—George, hablaremos tanto que acabarás harto de mí.
Al cabo de tres semanas, cogimos un taxi al aeropuerto en silencio. Yo miraba por la ventana, parpadeando para contener las lágrimas. George se marchaba y nunca volvería, de eso estaba segura. Iba a conocer a otras personas y a ver otros lugares, y todo sin mí.
Lo acompañé hasta el control de seguridad y allí lo rodeé con los brazos. Y, a diferencia de otras veces que lo había abrazado, no estaba tenso. George me atrajo hacia su pecho y me envolvió en el abrazo. Nos quedamos así un minuto entero.
—Prométeme que no me olvidarás —le dije.
—Te lo prometo —susurró—. Te lo prometo. Te lo prometo. Te lo prometo.
Entonces lo vi ir hacia el control. Se detuvo un momento, pero no se volvió. Y luego desapareció.