Capítulo 44
Volvemos al resort con la comida y un par de latas de Surfeza de la fábrica de cerveza. Cuando llegamos, se avecina otra tormenta. La lluvia cae con fuerza. Lo vemos por el parabrisas y nos miramos. George coge la bolsa de la comida del asiento de atrás.
—¿Pícnic?
Asiento y abro una lata de cerveza para compartirla.
Colocamos la comida sobre el papel encerado a cuadros.
Arranco un trozo de la tortita de okonomiyaki y se lo tiendo a George.
Él me lo quita de la mano con los dientes, sosteniéndome la mirada.
A continuación, le tiendo un trozo de pepino y él aprovecha para chuparme los dedos.
Nos lo comemos todo con las manos, observándonos mientras lamemos la salsa ponzu y la mayonesa del pulgar. Nos damos de comer bocados de gyoza y trozos jugosos de gamba. Las ventanas están empañadas. La mirada de George no deja de desviarse hacia mis labios. Es la comida más sexy de mi vida.
Cuando terminamos sigue lloviendo, así que corremos de la mano hasta el chalet. Abro la puerta y apenas he entrado cuando George me levanta del suelo, cogiéndome en brazos como una novia en la noche de bodas. Me lleva arriba, donde vuelve a dejarme de pie.
Empieza como un tango. Pone la mano en el centro de mi espalda, donde terminan las costillas, con una presión ínfima, y sé exactamente dónde me guiará.
El beso es suave y reverencial, y, no sé cómo, es incluso más sexy que los que lo han precedido.
Es como si algo se desatase. Cuando mi lengua encuentra la suya, él ralentiza aún más las cosas, como si quisiera memorizar cada sonido, cada silueta.
Entierra los dedos bajo mi camiseta y yo levanto los brazos para que pueda quitármela.
George me va desvistiendo por pasos, lento y con suavidad, y a mí me parece un nuevo baile del que, por intuición, conocemos los pasos.
Un relámpago corta el cielo cuando George me guía al borde de la cama y se deja caer de rodillas. Acerco una mano a su cara para apartarle un rizo rebelde de la frente con una caricia. Luego repaso con los dedos el marcado ángulo de su mandíbula.
—No me imaginaba que esto fuera posible —dice con voz ronca antes de besarme el interior de un muslo y luego del otro.
Me recuesto sobre los codos y George acerca su boca y me pinta con la lengua. Después de hacer que me desmorone mientras pronuncio su nombre, va subiendo por mi cuerpo, explorando el camino.
—No sé muy bien qué dice de mí el hecho de que me guste tanto esto —dice besándome el tatuaje—, ver mi nombre en tu piel.
No lleva gafas y tiene las mejillas encendidas. Es un descubrimiento importante: se pone rojo cuando está cachondo. Le quito la camiseta y le acaricio las costillas con un dedo.
—A mí también me gusta el mío en tu piel.
Me mira desde abajo a través del oscuro abanico de sus pestañas y una sonrisa de suficiencia le tira de las comisuras de los labios. Su pelo está indómito. Me da un vuelco el corazón al verlo así.
—No me digas…
—Sí.
Siento una punzada repentina de celos de todas las personas que han visto la boca entumecida de George y su mirada encendida.
Odio a las otras mujeres que le han tocado el tatuaje, que han sentido las fuertes yemas de sus dedos en la piel.
Sé que son decenas, pero una parte mala de mí, una parte animal, se siente satisfecha de que todas hayan visto mi nombre en su cuerpo.
Un trueno resuena en la distancia.
Nos besamos mientras yo me peleo con el botón de sus vaqueros, con prisa por quitárselos. Separamos los labios un instante para poder bajárselos y yo voy a por su ropa interior. Lo dejo bien claro: lo necesito ahora. Le doy un condón y paso mi pierna por encima de su cadera.
—¿Puedo contarte un secreto? —le pregunto.
—Puedes contármelos todos.
Deslizo una mano por la cascada de sus rizos y él gira la cabeza para besarme la muñeca.
—Entonces también me gustaba. Cuando nos los hicimos. ¿Te acuerdas de aquella mañana?
Veo un destello en sus ojos. Creo que sabe de qué mañana hablo, pero añado:
—En la cocina.
—Sí. Me acuerdo.
—Aquella mañana pensé: «Joder, George no está nada mal».
Levanta una ceja y se aprieta contra mí.
—¿Solo aquel día?
Niego con la cabeza.
George se hunde en mí, se echa hacia atrás, y entonces entra hasta el fondo. Empieza a moverse y yo ya no puedo pensar. Lo empujo hacia mí, quiero más, más hondo, más fuerte. Él entiende lo que quiero.
—Cuéntamelo, Frankie.
Niego con la cabeza, se me cierran los ojos. No quiero hablar. George reduce la velocidad y nos hace girar para que yo me quede a horcajadas sobre él.
—Cuéntamelo —vuelve a decir una vez que he cogido el ritmo.
En cierto modo, me resulta más fácil ordenar mis pensamientos si tengo el control, si veo cómo afectan a George mis movimientos.
Se le tensan los músculos del cuello. Se aferra a mis caderas como si, de lo contrario, fuera a hundirse.
Y la energía me recorre el cuerpo con tanta intensidad que siento que podría lanzar un hechizo.
—Te oí una vez que trajiste a alguien a casa.
La chica era insoportablemente escandalosa y la oía incluso tapándome la cabeza con la almohada. Tras su tercer orgasmo, me incorporé en la cama incrédula. Y entonces el gemido de George vibró a través de la pared.
Ahora se me queda mirando desde la cama con ojos hambrientos.
—Creo que no sabías que estaba en casa —digo—. Al principio me molestó, pero luego… me puse cachonda.
George se incorpora, apoya la espalda en el cabecero y tira de mí. Me aferro a sus hombros.
—¿Qué te puso cachonda? —me pregunta George mientras se lleva un pezón a la boca, voraz. Debe de tener más habilidades en la cama que yo, porque mueve el pulgar entre mis muslos y lo único que puedo hacer yo es arquear la espalda para sentirlo más y cerrar los ojos.
—Cuéntamelo —repite—. Con detalles.
—El ruido que hiciste al correrte —le digo—. Fue… muy sexy.
Suelta un taco y, poco después, se estremece con un rugido como el que oí aquella noche. Oírlo hace que me desmorone y caemos juntos.
Nos pasamos así el resto del día.
Ningún rincón de la casa escapa a nuestra destrucción.
Arrancamos las sábanas de la cama. Aprovechamos el escritorio del rincón y el espejo del baño.
El sofá se convierte en nuestro patio de juegos.
La cocina acoge otro tipo de festín. George me lame entera en la ducha acristalada mientras yo veo cómo la Madre Naturaleza azota la costa.
Las olas son de un plateado plomizo. El cielo es una paleta de colores pizarra, negro y amarillo.
Nos volvemos locos el uno por el otro, como si tuviéramos que condensar años de deseo en un solo día.
Y puede que sea así. En un momento dado, me duelen los dientes de anhelo y los hundo en su hombro.
Me paso una hora entera con la boca en la cicatriz, en el tatuaje, en él.
Usamos todos los productos del kit romántico.
—¿Y tú? —le pregunto. Estamos tumbados de lado, dibujando con los dedos senderos indolentes en las curvas y músculos del otro—. ¿Alguna vez has pensado en mí?
Una sonrisa malvada le tira de las comisuras de los labios.
—Alguna vez.
—¿Y ya está? —le pregunto, pero sé que miente.
Niega con la cabeza y traza una línea con el índice desde mi clavícula, pasando por el pecho, la cintura y la cadera.
—Me he imaginado todo esto. Verte. Tocarte. Tenerte.
Aprieto los labios contra los suyos, borracha del poder de saber eso.
Cuando cae la noche, hay pétalos de rosa por todos lados. Encuentro varios en mi pelo y uno pegado a mi nalga como si fuese una marca de pintalabios. Tengo el cuerpo caliente y rosado. Algo dolorido, pero no lo suficiente.
George prepara la bañera y remojamos nuestros cuerpos cansados mientras los truenos retumban y los árboles gigantescos se doblegan ante el viento.
Hago el esfuerzo de sentarme al otro lado de la bañera intentando mantener la farsa de que nos estamos dando un baño, pero jugueteamos con los pies, los primeros en rebelarse contra esta pantomima.
Cruzo la bañera y me coloco sobre su regazo, con los muslos a un lado y otro de los suyos. Nos perdemos en un beso. Yo me arrodillo para estar un poco más elevada y él se toma su tiempo con mis pechos. Le paso las dos manos por el pelo tirándole de los rizos mientras él chupa y muerde.
—Dime qué quieres —dice con voz rasposa—. Ahora. Dilo con palabras.
—Quiero que me toques.
—¿Aquí?
Me roza con el pulgar el punto que reclama su fricción y me tiemblan las piernas.
—Sí.
—Pídemelo bien —dice con una sonrisita—. Y lo volveré a hacer.
George me provoca y yo le devuelvo las provocaciones, es un patrón que ya conozco bien.
—George —digo mirándolo a los ojos—. Vuélvelo a hacer. Por favor.
Lo hace mientras me observa y se muerde el labio.
—Más —le digo.
Me mete dos dedos y se me arquea la espalda.
Me hace llegar al límite, pero entonces se incorpora y me coloca en el borde de la bañera.
Me pone las manos en las rodillas, me abre las piernas de par en par y agacha la cabeza.
A George le gusta pasar tiempo entre mis piernas y se le da muy bien.
Cuando se lo digo, suelta un gemido de satisfacción y se toca mientras termina conmigo. Esa sola imagen hace que me derrumbe.
—¿Cuándo crees que pararemos? —le pregunto mientras vuelvo a dejarme caer en el agua—. ¿Cuándo crees que tendremos bastante?
Me besa.
—Nunca.
Esa noche estamos tumbados en la cama con las manos unidas entre nosotros.
—¿Eres feliz? —susurro.
—No, «feliz» es una palabra demasiado suave para cómo me siento.
Noto mi sonrisa en cada parte de mi cuerpo. «Esto era adorar a alguien de verdad», pienso. Todo lo que siento se multiplica porque sé que él también lo siente. Su alegría se convierte en la mía. Y su pesar también.
—Nunca imaginé que lo viviría así —dice.
Su piel parece de un color azul pálido a la luz de la luna, y sus ojos, dos pozos de oscuridad resplandeciente.
—¿El qué? —pregunto llevando la mano a su pelo.
—Nosotros.
Es increíble pensar que podríamos haber estado haciendo esto desde hace años, pero luego recuerdo lo que me dijo Mimi unos días atrás.
«George necesitaba abrir las alas y echar a volar, encontrar su lugar en el mundo. Igual que tú».
Puede que ahora sea el momento justo.
—¿Cómo será? —susurro—. Cuando vuelvas de México.
—¿Cómo quieres que sea?
—Así.
Se queda callado un momento.
—¿Qué te parecería mudarte a mi casa? Si es demasiado pronto, lo entiendo —se da prisa por añadir.
Niego con la cabeza.
—No, me encantaba vivir contigo. Y quiero pasar todo el tiempo posible a tu lado cuando no estés de viaje.
Ser pareja será algo con lo que George y yo tendremos que lidiar juntos, pero vivir en la misma casa es algo que ya se nos da bien.
—Podemos empezar una nueva colección de platos viejos —dice—. Cocinar juntos. Y me encantaría que vinieras conmigo cuando me den un encargo. Cuando puedas.
Lo veo clarísimo. Explorar el mundo con él. Comprar en mercados y en puestos de comida, sentir nuevos aromas llenándome las fosas nasales. Garabatear ideas de recetas en una libreta. Cocinar. Probar. Comer juntos.
—Me gustaría explorar más el país —le digo—. Quiero ver todos los lugares que amas.
—Me parece —dice llevándose mis dedos a los labios— una idea excelente.
—Creo que puede funcionar —le digo.
Me abraza con más fuerza.
—Yo también.
—Pero ¿y si no funciona? ¿Y si nos llevamos a matar?
—No nos pelearemos.
Me río.
—Claro que sí.
Me besa el hombro.
—Te juro que voy a ser un santo.
Me vuelvo entre sus brazos para mirarlo.
—¿Cuántas veces crees que recurrirás a citar a Christian Bale para ganar una discusión?
—No estamos discutiendo. —Dibuja una sonrisa radiante—. Pero muchas.
Vuelvo a girarme y me acurruco contra él, haciendo la cucharita.
—No es justo, conoces todas mis debilidades.
Un «mmm» le vibra en el pecho.
—Y no es justo que tú seas la mayor de las mías.
Entierro la sonrisa en su antebrazo y luego le doy un beso.
—Hagámoslo —le digo—. Vayamos a vivir juntos. Viajemos por todo el mundo. Vamos a quemarlo todo.
—¿Todo el qué? —susurra.
—Nuestra amistad —contesto.
—Ah. —Se acurruca más contra mí y apoya el mentón en mi coronilla—. No es que quiera discutir, pero yo lo veo de otra forma.
Me río.
—¿Ah, sí?
—Ajá. No creo que la estemos quemando. Nuestra amistad es el fuego y creo que le estamos dando oxígeno.