Capítulo 43
La lluvia empieza a caer cuando George aparca delante de la Tofino Brewing Company, una fábrica de cervezas artesanales.
Al lado hay una caravana Airstream plateada convertida en un food truck de comida callejera japonesa y los dos nos morimos de hambre.
George ha abierto el menú de Toki Doki en el móvil.
—¿Ensalada de pepino, gyozas de gambas fritas y okonomiyaki picante de marisco?
—Sí, por favor —digo.
Abre la puerta del coche, se vuelve hacia mí, me planta un beso en la boca y luego se va con una enorme sonrisa en los labios.
Yo saco el móvil.
Haber visto las ballenas ha liberado algo dentro de mí. Hoy he dado un paso más para comprender a mi madre, un paso que me he negado a dar hasta que George me ha subido a esa barca. Conozco a mi madre, pero no conozco en absoluto a Rebecca Gardiner.
Mi madre contesta al teléfono. Parece sorprendida. Siempre es ella la que se esfuerza en llamar. Yo le mando algún mensaje de vez en cuando y la llamo por su cumpleaños, pero poco más.
—Frankie, ¿va todo bien?
—Sí, claro.
Siento mariposas en el estómago. No sé por qué estoy tan nerviosa.
—Ah, vale.
Hay un segundo de silencio.
—Hemos salido a ver ballenas —le digo—. Acabamos de volver.
—¿Sí? —Su asombro es evidente—. ¿Habéis visto alguna?
—Tres grises.
Doy por sentado que cambiará de tema, que me preguntará por George, pero suelta un suspiro melancólico.
—Vaya, qué maravilla. ¿Qué te han parecido?
—Me han parecido majestuosas. —Me escuecen los ojos, pero sonrío de oreja a oreja.
También la oigo sonreír a ella.
—Es la palabra perfecta.
—¡Y enormes! —digo riendo—. Ha sido casi como ver un dinosaurio.
—¡Sí! Lo entiendo perfectamente.
Le cuento a mi madre toda la expedición y ella me dedica su atención plena, como siempre. Nunca pasa por alto nada de lo que digo.
—Cuando vuelva, ¿me contarás cosas de tus ballenas? —le digo cuando estamos terminando la llamada—. Me gustaría saber de ellas. Me gustaría intentar entenderlo.
El aliento de mi madre me llega a través del auricular.
—Me encantaría.
—Hoy he pensado en Francesca. ¿Sabes dónde la han avistado por última vez?
Hay una pausa larga.
Cuando mi madre regresó a casa, yo no quise saber nada más de ballenas.
Fue una de las primeras cosas que le dije.
Mi madre había estado llorando, abrazándome con fuerza, y yo le hice prometerme que no volvería a hablarme de ellas.
Lo peor de todo es que cumplió su promesa, pero yo siempre me he preguntado si ha seguido de cerca a la ballena 1. 950.
—Sí —dice con suavidad.
—¿Me hablarás de ella?
Hay otro silencio.
—Cuando vuelvas a casa te hablaré de ella. —Carraspea—. ¿Cómo está George?
—Está bien. —Es una respuesta automática y bien ensayada. Lo vuelvo a intentar—: La verdad es que George es genial. Me gusta mucho estar aquí con él.
—Seguro que sí. Siempre os habéis llevado muy bien. —Se ríe—. A no ser que os estéis peleando.
—Las cosas están cambiando entre nosotros —digo, sorprendiéndome a mí misma. No pensaba contarle esto, pero quiero su consejo—. Muy deprisa.
—¿En qué sentido, cielo?
Me cuesta decírselo. Me preocupa que vaya a decirme lo contrario de lo que quiero oír.
—Pues en el sentido de pasar a ser más que amigos.
Lo asimila y luego pregunta:
—¿Y eso es bueno?
—Espero que sí —le digo—. Siento que puede serlo.
—Hum.
—¿Qué? —pregunto.
—¿Qué de qué?
—¿Tienes algún sabio consejo que darme?
—¿Es lo que quieres? Porque nunca me pides consejos y he aprendido a no ofrecértelos.
—Sí. Estoy intentando no entrar en pánico, pero esta semana con George ha sido… —Me cuesta describirla—. Es como siempre han sido las cosas entre nosotros en el mejor de los sentidos, pero, a la vez, distinto. Sentimos algo y es increíble y aterrador. Es George, mamá. ¡George!
Mientras lo digo, me doy cuenta de que mi madre no es nada imparcial. Le encanta George.
—Bueno, da igual. Si a ti te gusta más él que yo.
—Frankie, ¿cómo puedes decir eso? Quiero mucho a George, pero tú eres mi hija.
Siempre he intentado respetar vuestra privacidad, teniendo en cuenta que a la gente parece interesarle tantísimo vuestra relación, pero sospeché que, cuando vivisteis juntos, las cosas también pudieron ser diferentes durante un tiempo.
—¿En serio?
—Ajá. Me sorprendió que George aceptara un trabajo tan lejos después de graduarse, parecía que necesitaba poner medio país de distancia entre vosotros. Pensé que tal vez había habido una ruptura.
—No. Nunca ha sido así. Nunca ha habido nada más.
Ella lo interioriza.
—La verdad es que, cuando te prometiste con Nate, me pregunté si te ibas a casar con la persona equivocada.
Me quedo atónita por un momento.
—¿Por qué no me dijiste nada?
—Al día siguiente te habrías fugado con él y te habrías casado.
—No qué va. —(Claro que sí).
Se ríe. Le estoy soltando muchas bombas en esta conversación, pero está relajada. George tenía razón, es fácil hablar con ella. Las mariposas de mi estómago se han desvanecido y han dejado tras de sí la sensación residual de que me he perdido muchas cosas.
—Y también… —continúa diciendo. Yo cierro los ojos para poder escuchar bien su voz—. Siempre me he preguntado si George podía ser esa persona adecuada. Estás radiante cuando estás con él. Eres más tú misma. Y él también.
—¿Qué quieres decir?
Lo reflexiona un momento.
—Los dos estáis llenos de energía y de ideas, pero, cuando estáis juntos, parece que toda esa creatividad y vitalidad se multiplica. Os retroalimentáis para bien, siempre habéis formado una buena pareja. Por debajo de toda la diversión y la energía hay algo mucho más firme.
—Hum.
—Creo que os alentáis mutuamente, pero también os proporcionáis unos cimientos que os dan seguridad. Juntos sois la marea y el fondo marino. En continuo movimiento, pero estables.
Creo que tiene razón.
—Entonces, ¿no te parece malísima idea? Porque una gran parte de mí siente que podría ser un desastre monumental.
—No puedo predecir el futuro, Frankie. Es una de las grandes frustraciones de la vida y también uno de los mayores regalos. No podemos saber lo que pasará, pero no me parece una malísima idea. Me parece una idea maravillosa.
Respiro hondo.
—Gracias, mamá.
—De nada.
—Por favor, no le digas nada a Darwin ni a Moby. —Eso es algo que quiero hacer yo… nunca.
—No se lo diré. Aunque a nadie le chocará enterarse de que has desarrollado sentimientos más profundos por George.
Sentimientos más profundos. Es justo eso.
—Es George —dice mi madre—. Es el mejor.
—El mejor. Una persona sin igual.
—¿Sabes que siempre me manda flores por mi cumpleaños?
—Sí, sí que lo sabía.
—Y de las bonitas. ¿Sabes qué? Puede que tengas razón. Creo que me gusta más George que mis propios hijos. —Se ríe antes de añadir—: Me alegro mucho por ti, Frankie. Por los dos.
—No sé cómo será —le digo—. Ni cómo va a funcionar. Ni nada de nada.
La oigo sonreír.
—Bueno, mi amor, la vida es eso.
—Te echo de menos —digo con los ojos llenos de lágrimas.
Se le tensa la voz.
—Cariño, yo siempre te echo de menos.