Una tormenta perfecta Capítulo 42
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Capítulo 42

Nos paseamos por Tofino entrando en tiendas en las que venden minerales, toallas de playa de setenta dólares y fotografías melancólicas de la costa en blanco y negro.

El cielo sigue encapotado, pero el sol surge entre las nubes en rayos dorados.

Sobre el puerto hay un arcoíris. Fuera del nido de nuestro dormitorio, me siento tontamente feliz.

George está decidido a ceñirse a El Plan. Cuando me ha dicho que la temática de hoy es la expansión, se me ha escapado una risa tan repentina que me he atragantado con un trozo de magdalena. Él me ha mirado confundido.

—Me parece que los dos nos hemos expandido bastante esta mañana, ¿no crees? —le he dicho, y él se ha quedado en silencio.

Tengo una nueva afición: dejar a George sin palabras.

Me compro un crop top con una mujer subida a una tabla de surf serigrafiada en el pecho en Surf Sister y me la llevo puesta de la tienda. Compro un gorro de lana naranja fosforito para cada uno de Surf Tofino.

—Ahora parecemos profesionales —dice George cuando le coloco el suyo en la cabeza.

—Sí, esta es mi nueva personalidad —le digo—. Sigo las corrientes por todo el mundo y solo respondo ante las olas y el viento.

—¿Y vives de…?

—Del sol, de la sal y de trozos de madera que terminan en la playa y yo pinto a mano y vendo en mercadillos.

—¿Y no cocinas? ¿No desarrollas recetas?

Entrecierro un ojo mirando las montañas.

—Puede que, en paralelo, vaya escribiendo un libro de cocina, de recetas inspiradas por mis viajes.

—Parece un sueño hecho realidad. ¿Estás abierta a tener un compañero de viaje?

—Hum… Tú nunca me has llevado contigo en ninguna de tus aventuras por el mundo —bromeo.

George se detiene y se vuelve hacia mí.

—Creo que no me daba cuenta de cuánto te molestaba.

—Lo escondía bien. Cuando me dijiste que te ibas de nuestro piso después de la graduación, casi me dio un ataque de pánico.

Ladea la cabeza como si necesitase procesar esta nueva información.

Le doy la mano y le digo algo por primera vez:

—Ya te echaba de menos incluso antes de que te mudaras. Era incapaz de pasar un servicio en la cocina sin tener que buscar un sitio donde llorar. Me pareció una ruptura. Me acostumbré a estar sin ti, pero nunca dejé de echarte de menos.

Tira de mí y me coloca las manos a los lados del cuello.

—Yo pensaba en ti todo el tiempo.

Sonrío y me besa con suavidad.

—Entonces, ¿el plan es comprarte otra maleta para poder llevarte todo eso? —pregunto mientras recorremos las estanterías de la librería Mermaid Tales.

George tiene tres libros de tapa dura y una libreta bajo el brazo. Está leyendo la sobrecubierta de un libro sobre una pareja que vive de forma autosuficiente en la bahía de Clayoquot.

—Encontraré la forma de llevármelos.

—Estoy bastante segura de que no necesitas otra libreta.

Me mira ofendido.

—¿Es que no me conoces? Nunca tendré…

—… suficientes libretas —termino por él—. Te pido disculpas.

Se mira el reloj.

—Y ahora que hablas de El Plan, deberíamos irnos ya.

Paga los libros y me acompaña hacia el agua.

—Esto me da mal rollo —musito.

—No tienes por qué tener miedo —dice George, pero parece nervioso—. El día de hoy va de crecer.

—Siniestro.

—Va sobre estar abierta a nuevas experiencias.

—Suena cada vez peor.

—Y sobre encontrar la felicidad en lugares inesperados. Tal vez incluso sobre aprender algo sobre ti misma por el camino.

—Ay, dios —digo cuando llegamos a nuestro destino.

Estamos al lado de un edificio de madera en el puerto. Me quedo mirando el cartel de la pizarra plegable que hay delante de la puerta, abro la boca para discutir y me vuelvo hacia George. Sus ojos rebosan una esperanza que sentencia mi destino.

—Odio a las ballenas —digo abatida.

—No —dice George colocándome un mechón detrás de la oreja—, no sabes nada sobre las ballenas.

—Pensaba que te resistirías más —dice George mientras nos ponemos unos voluminosos monos de flotación rojos.

—Yo también —digo abrochándome la cremallera—. ¿Qué pinta tengo? —Me vuelvo despacio.

—Pareces una astronauta del infierno.

—Ja.

—Entonces, ¿no te has enfadado? —pregunta George cuando nos sentamos en la parte delantera de la Zodiac amarilla junto a otros diez pasajeros.

—No estoy encantada —digo—, pero la barca parece divertida y la verdad es que no tengo nada contra la mayor parte de la vida marina.

Dibuja una sonrisita.

—Solo contra las ballenas.

—Exacto. Mi animadversión es solo hacia las ballenas, y puede que no veamos ninguna.

No he visto nunca una en la vida real y tengo la sensación de que eso no cambiará hoy.

—Perdona —dice un chaval que tenemos sentado detrás—, ¿acabas de decir que no te gustan las ballenas?

Giro la cabeza para mirarlo. Debe de tener diecisiete o dieciocho años y va de la mano de la chica que tiene al lado.

—No las soporto.

Se miran y luego se vuelven hacia mí.

—Joder, qué chungo —dice él.

—Mucho —interviene George, pero me sonríe como si yo fuera la cosa más dulce del mundo.

—No puedes odiar a las ballenas —dice la chica—. No existe la fobia a las ballenas.

—Créeme, existe. La tengo yo —digo con orgullo.

—Entonces, ¿qué haces aquí? —pregunta.

Le doy un golpecito a George con el codo.

—Mi mejor amigo me ha obligado.

Es la primera vez que esa etiqueta me resulta demasiado sofocante.

La chica me mira con los ojos entrecerrados, como si intentase sonsacarme algo más profundo sobre mi personalidad. Estoy casi segura de que va a preguntarme por mi signo del zodiaco, pero ladea la cabeza con los ojos llenos de empatía y dice:

—Seguro que solo les tienes miedo.

George se me acerca al oído.

—No te preocupes. Yo te protegeré.

Me giro hacia él riendo.

—¿De una bestia marina de cuarenta toneladas?

—Claro, sin problema. Me he tomado el batido de proteínas.

—Ah, entonces sí.

—Esta vez ni me romperé la mano.

Me río por la nariz.

—Esa fue una de las mayores idioteces que has hecho en tu vida.

Se encoge de hombros.

—Dylan era un capullo. Nunca entendí lo que veías en él.

—Era mono.

—¿Y ya está?

—Pues sí. Y yo le gustaba a él…, a diferencia de a otros. —Le lanzo una mirada llena de significado.

George respira despacio con la mirada fija en mis ojos.

—La noche que me besaste… pensé mucho en ello.

Se me eriza la piel.

—¿En serio?

Habla con voz grave.

—Dios, Frankie. Lo que me pediste… Quería hacerlo. Lo quería con todas mis fuerzas.

—¿Por qué me dijiste que no?

—Me pareció… —Hace una pausa—. Me dijiste algo como que querías terminar ya con aquello… No me hizo sentir muy bien. —Me da un golpecito en la rodilla con la suya con una sonrisa cariñosa para darme a entender que ya se ha recuperado.

—Lo siento.

El motor arranca y apenas oigo al capitán por el altavoz mientras nos alejamos del embarcadero.

—Entonces, para que me quede claro —digo—, ¿no fue porque no te sintieras atraído por mí?

Se le dibuja una amplia sonrisa.

—Claro que no. Estabas muy buena. Lo estás.

Pongo los ojos en blanco, pero nos miramos sonriendo.

—Era bastante confuso tener una mejor amiga tan guapa como tú —dice.

¿Es superficial que este sea mi nuevo cumplido favorito? En otra ocasión le pediré a George que me hable de los momentos en los que se ha sentido confundido y yo haré lo mismo. Una promesa por otra.

La Zodiac acelera y pasa rebotando sobre el agua al lado de la isla Vargas y de tres leones marinos tumbados en una playa rocosa.

Un grupo de focas nada hasta quedar al lado de la barca y nos regala un espectáculo, zambulléndose y bailando, pavoneándose.

Vemos frailecillos coletudos, águilas de cabeza blanca y montones de nutrias marinas flotando bocarriba alrededor de una pequeña isla peñascosa.

Nos enternece lo adorables que son, y entonces el guía nos habla de su crueldad y todos nos quedamos mirándolas horrorizados.

Aunque el paisaje es espectacular, mis ojos no dejan de encontrar el modo de volver a los de George.

Le doy la mano y trenzo nuestros dedos. Él me mira y se lleva mis nudillos a los labios para besarme. El Pacífico se extiende ante nosotros, las montañas se alzan detrás y me siento como en casa. Apoyo la cabeza en el hombro de George y observo el océano.

Y entonces vemos la ballena.

Una nube de vaho se levanta del mar a lo lejos. Joe, el capitán, la señala.

—Se han avistado tres ballenas grises alimentándose hoy aquí —dice—. A ver si podemos localizarlas todas.

Contengo la respiración cuando nos acercamos, y el guía apaga el motor.

Todo el mundo se queda en silencio. El único sonido es el chapoteo del agua al chocar contra los lados de la barca hasta que otro soplo estalla más cerca.

El volumen al que suena es impactante. Todos nos inclinamos hacia delante entrecerrando los ojos y fijándonos en la superficie del agua.

A esa la siguen dos exhalaciones más y entonces emerge una gigantesca criatura oscura.

Primero la espalda cubierta de percebes y luego una fugaz visión de su enorme cola moteada.

Me quedo con la mirada fija en el punto en el que ha aparecido, fascinada.

—Otra a las cinco en punto —dice Joe.

Emerge una segunda ballena gris y el vaho sale disparado de su espiráculo.

Sacudo la cabeza maravillada cuando agita la cola y luego vuelve a hundirse en el mar.

La tercera ballena sale a la superficie al otro lado de la barca.

Estamos rodeados de una familia de ballenas grises.

Son monstruosas, aterradoras e innegablemente majestuosas.

Intento guardar cada detalle en la memoria para poder contárselo a mi madre.

—En esta zona del Pacífico Norte —dice Joe—, las ballenas grises estuvieron al borde de la extinción, pero los esfuerzos de conservación han ayudado a que la población se recupere y se estabilice.

Ahora, unas veinte mil visitan estas aguas todos los años para alimentarse de camarón antártico y plancton.

Veinte mil ballenas. El número es extraordinario. Mi madre dejó de hablarme de sus queridas ballenas francas cuando volvió a casa, pero de vez en cuando algún titular me llama la atención. Sé que la población de ballenas francas del Atlántico Norte es de algo más de trescientos individuos.

Nunca han llegado a recuperarse de la pesca comercial de ballenas que diezmó la población en los siglos XVIII y XIX . Así recibieron su nombre, porque eran las más adecuadas o «francas» de cazar debido a que su cuerpo flotaba después de muertas.

Los investigadores guardan un registro detallado de los avistamientos de ballenas francas, de sus enredos en aparejos de pesca y de su descendencia.

Las ballenas se pueden reconocer por sus marcas, así como por las cicatrices y heridas que han sufrido al enredarse en las cuerdas atadas a las trampas para langostas y al ser arrolladas por barcos, dos de las causas más comunes de muerte entre su especie.

Cada ballena recibe un número de registro y algunas tienen nombres como Cono de Helado, Monarca o Pistacho, que reflejan la forma de sus cicatrices.

Solo hay una llamada Francesca. Con el número de registro 1.

950. Cuando yo era pequeña, mi madre me decía en qué momentos la habían avistado durante su migración atlántica.

A veces había una cría nadando a su lado.

Uno de los problemas para la supervivencia de la especie es que muy pocas hembras están reproductivamente activas.

Francesca es una de las setenta ballenas, aproximadamente, que siguen teniendo hijos. Una ballena ejemplar.

Me pregunto dónde estará ahora mi tocaya y si habrá llegado a las aguas a las que va a alimentarse en verano. Puede que esté en Cabo Cod o tal vez en la bahía de Fundy.

Las ballenas van emergiendo de una en una cada cinco minutos con enormes erupciones de agua marina, tremendas exhalaciones prehistóricas.

La coreografía que interpretan es elegante a pesar de su tamaño.

Es la mayor lección de humildad de mi vida.

Me imagino que así debe de ser presentarse ante un dios.

Oigo la voz de mi madre susurrando mi cuento favorito para ir a dormir, sentada a los pies de mi cama.

«Era de lo más raro compartir nombre con una ballena, pero a Francesca no le importaba, porque Francesca era una niña muy especial y Francesca era una ballena muy especial.

Todas las mañanas, la niña se levantaba corriendo de la cama y miraba la bahía por la ventana, y su ballena la saludaba saltando en el agua y aterrizando con un enorme chapuzón».

No me percato de que estoy llorando hasta que George me seca una lágrima de la barbilla.

—Son preciosas —susurro con la mirada todavía fija en el agua.

George me rodea con un brazo y me da un beso en la sien. El beso es tan tierno y lo da con tanta facilidad que todavía derramo más lágrimas.

En ese momento, una de las ballenas salta y su cabeza y su cuerpo se elevan por encima del agua y vuelven a caer con un gran chapuzón. Se me escapa un sollozo de los labios. Ojalá estuviera aquí mi madre.

—Toma. —La chica que tenemos sentada detrás me tiende un pañuelo.

Lo acepto dándole las gracias y me seco los ojos.

—Ves —dice—. Al final no las odiabas. Creo que solo tenías miedo.