Una tormenta perfecta Capítulo 41
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Capítulo 41

Después nos quedamos encajados a la perfección como un puzle, y escuchamos la tormenta que resuena fuera.

Mi cuerpo es una ciruela madura —pesado, turgente y dulce—, pero tengo la mente en calma.

Por fin descanso. No es porque acabe de tener un orgasmo, el cual George ha alargado casi hasta el infinito, hasta que él se estaba corriendo, ni porque oír mi nombre de sus labios me hacía volver a subir a la cima y caer.

Es porque todo ha cambiado justo en el momento en el que tenía que cambiar.

Es porque cada fibra de mi ser está segura de que esto es lo correcto.

No duermo mucho rato y, cuando me despierto, me permito quedarme mirando a George.

Él siempre se está moviendo o pensando, pero, cuando duerme, no hay lugar en el que tenga que estar o problema que deba resolver y sus aristas se suavizan.

Relaja los labios y las cejas. Hasta su férrea mandíbula parece menos angulosa.

Observo las pecas repartidas por su nariz. Parece más joven sin las gafas.

Las cojo de la mesita de noche —están asquerosas— y las limpio con la sábana.

Me siento tentada de despertarlo. Estoy hambrienta, quiero todo lo que pueda darme. Como si pudiese leerme el pensamiento, George tiende la mano y tantea la mesita con los ojos cerrados.

—Te devuelvo las gafas de Prada si me prometes algo —le digo.

Sus dedos se quedan parados. Una sonrisa se pasea por sus labios.

Entreabre un ojo.

—A ver, dime qué quieres y, si te portas bien, me lo pensaré.

—Eso no es justo —le digo—. Ya sabes que no me va eso de portarme bien.

—Es verdad. —Coge las gafas y me atrae hasta su pecho, me abraza con fuerza—. Pues… ¿una promesa por otra?

Me encanta la sensación que me provocan esas palabras cuando las dice. Alzo la barbilla para poder verle la cara. Me encanta. Me resulta de lo más familiar y, al mismo tiempo, parece una cara nueva. La boca roja por los besos. El pelo alborotado por el sexo. El olor a nosotros en su piel.

—Creo que esta te va a gustar —le digo—. Prométeme que podemos quedarnos todo el día en la cama y yo te prometo que haré que valga mucho la pena.

Él mira el reloj de la mesita y suelta un quejido.

—No me gusta nada tener que decir esto, pero hay que ir a un sitio.

—Este es el sitio exacto en el que debemos estar —digo pasándole un dedo por el arco de su labio superior—. Mañana te vas a México.

—Solo me voy cuatro semanas.

Un mes entero sin George. Creía que antes lo echaba de menos, pero me parece que ahora no podré respirar si pienso en separarnos tan pronto. Esto que hemos empezado me parece delicado, algo que deberíamos tratar con cautela hasta que cobre fuerza.

—Podrías venir conmigo —dice George. Hace la propuesta con cautela como si no estuviera seguro de si es pasarse, de si es muy pronto—. O venir de visita cuando yo ya esté allí. Me moveré un poco, pero pasaré dos semanas en la península de Yucatán, donde tengo la base de operaciones… y una cocina.

Me ilusiona la idea. Podría quedarme una semana o incluso más.

—Pues claro.

En cuanto lo digo me doy cuenta de que George había estado conteniendo la respiración. Siento cómo se relaja debajo de mí. Una sonrisa se va apoderando de sus labios.

—Ahora mismo quiero estar donde tú estés —le digo—. Estar juntos me parece…

—¿Importante? —ofrece George recorriéndome la columna vertebral con los dedos. Me doy cuenta de que la tormenta ha amainado.

—Iba a decir «necesario».

Me sostiene la mirada.

—Una palabra todavía mejor.

Nos encontramos en un delicado espacio intersticial, en un puente entre quienes éramos y en quienes nos convertiremos. Tenemos el pasado a un lado y el futuro al otro. No quiero ir con prisas en este momento, en este instante que dividirá nuestra vida en dos.

—No quiero levantarme de la cama —le digo.

—Habrá que hacerlo tarde o temprano.

—Prefiero que sea tarde —digo llevando mi boca a la suya. Es un beso delicado, pero siento cómo crece su erección—. O nunca.

Enreda los dedos en mi pelo sosteniéndome mientras su lengua explora mi boca. Es un beso apremiante, impregnado de desesperación. Yo también la siento. Siento la necesidad de hacerlo mío.

Pero se separa de mí con un gruñido de frustración, se levanta de la cama y tira de mí.

—Tiene que ser ahora.

Vuelve a besarme y me mira a los ojos de un modo que me hace sentir como una presa.

—Después me dirás todo lo que quieres que te haga y a mí se me dará todo de miedo. —Suelto un gemido cuando acerca los labios a mi oreja—. Joder, voy a tratarte tan bien que me odiarás por no haberlo hecho antes.