Una tormenta perfecta Capítulo 40 #2
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Capítulo 40 #2

No dice nada más. Solo mi nombre, pero algo dentro de mí se rompe. Lo quiero todo de George. Y quiero entregarme entera a él. Quiero desmoronarme con él dentro de mí. Quiero que nuestra primera vez sea la primera vez. Quiero que cada parte de su cuerpo toque cada parte del mío. Lo necesito ya.

Vuelvo a subir por su cuerpo y lo agarro con la mano con intenciones claras. George sonríe con suavidad y entonces abre mucho los ojos.

—Un segundo.

Se da la vuelta y veo cómo se va al baño y vuelve con uno de los condones del kit romántico.

—¿Tú no has traído ninguno? —bromeo.

—No. —Me recorre el cuerpo con la mirada—. No tenía esto planeado.

Le tiendo la mano mientras vuelve a subir a la cama y desenrollo el condón a lo largo de su miembro. George me observa con los muslos tensos por la contención.

Tiro de él para que se coloque encima de mí, entre mis piernas. Más adelante ya competiremos. Más adelante haremos una carrera hasta el final. Probaremos todas las posturas. Escogeremos la que más nos guste. Nos reiremos. Jugaremos. Haremos el tonto hasta que no sintamos los dedos de los pies.

Pero nuestra primera vez quiero esto. Solo George y yo.

George se coloca encima de mí haciendo presión contra el interior de mis muslos y busca con la boca mi clavícula, mi hombro, mi cuello.

Me besa la piel sensible de detrás de la oreja y luego sus labios conquistan los míos mientras nos restregamos.

Se aparta un poco para mirarme a los ojos y de pronto comprendo la importancia de lo que estamos a punto de hacer.

—Tengo miedo —susurro.

—Lo sé.

Claro que lo sabe, es la única persona que puede entender lo que nos jugamos.

—Yo también —dice.

Nos quedamos así un minuto entero, tal vez más, mirándonos fijamente a los ojos mientras las emociones nos pasan por los ojos como nubes de tormenta.

—Todo podría cambiar —digo—. No quiero perdernos. Quiero que siempre estés en mi vida.

—Siempre —dice él—. Te lo prometo.

Lleva la mano hasta mi cadera y sus dedos se encuentran con mi carne como una pregunta.

—Sí —susurro.

George me besa. Y entonces entra dentro de mí. Suelto un fuerte gemido al sentirlo. Él se toma su tiempo, con los antebrazos apoyados a los lados de mi cabeza y mis manos en la parte baja de su espalda. Ambos tenemos la mirada clavada en el otro.

Ojos azules al otro lado del seto de cedro.

«¿Me estabas espiando?».

«No. Bueno, desde hace muy poco».

Correr por el campo hacia el arroyo con los saltamontes dispersándose a nuestro paso.

Vestirnos de rey y reina con la ropa vieja de Mimi.

Pronunciar los votos bajo el manzano.

Un laberinto en la hierba crecida.

Trayectos en el autobús del colegio y cartas y clases de baile.

Llorar en su cuello en el armario de la biblioteca el día que mi madre vuelve a casa.

El padre de George, que viene a llevárselo.

Semanas de lágrimas. Meses de echarlo de menos. Asimilar su cuerpo extraño tumbado bocabajo en la cama.

Cerrar los ojos y dejar que George me guíe por la pista de baile.

Fiestas en la piscina y refresco de uva.

El funeral de Baryshnikov.

El puñetazo de George a Dylan Martin.

«Tócala y te mato».

Besar a George en mi habitación.

Mudarnos a la ciudad. Tatuajes. Carnets falsos. Ver a George en ropa interior.

Años de mensajes y llamadas y correos.

El verano en el que se quemó el país.

«Frankie, escúchame. Tienes que escucharme bien, ¿vale? Te quiero. Lo has sido todo para mí».

Gritarnos en el campo cubierto de nieve.

Veintidós años pasan en un abrir y cerrar de ojos en el momento en el que George y yo nos unimos, y una sola lágrima rueda por mi mejilla.

Él se detiene buscando mis ojos con la mirada.

—¿Estás bien?

Trago para que desaparezca el nudo que tengo en la garganta, pero es imposible detener la emoción que se expande por mi pecho como el helio.

—George. —Es lo único que consigo decir.

Él apoya la frente en la mía y cierra los ojos un momento. Cuando los abre, centellean con lágrimas sin derramar.

—Frankie.

Nos movemos al unísono. Al principio, lento, como si intentáramos que durase para siempre.

Nuestras miradas se unen, igual que nuestros cuerpos, y solo rompemos el contacto visual cuando George me cubre de besos la nariz, las sienes, la frente.

Me aferro a sus nalgas, apretándolo todo lo que puedo contra mí.

No hay espacio entre nosotros, pero lo quiero todavía más cerca.

Dice mi nombre, una y otra vez.

«Frankie» susurrado al oído.

«Frankie» fijado con un beso a mis párpados.

Y luego «Frankie, cariño» en un suspiro sobre mis labios.

—Lo sé —le digo—. Lo sé. Lo sé.

Tenemos la piel empapada, la respiración entrecortada.

Los truenos y el viento y la lluvia rugen en el umbral de la puerta, pero nosotros hemos creado nuestro propio clima.

El sexo con George es un acto de destrucción.

Es una tempestad, un huracán, un ciclón.

Estamos destruyendo nuestro antiguo yo. Nuestra amistad.

Lo estamos echando todo abajo para construir algo nuevo.

Mis muslos aprietan con fuerza sus caderas y la tensión crece en mi interior.

Le clavo las uñas en la carne y levanto las caderas buscando fricción.

Mis gemidos se vuelven impacientes y meto la mano entre nosotros.

George se incorpora apoyándose en los brazos, mirándome desde arriba, soltando palabrotas al ver cómo me toco.

Cierra los ojos con fuerza y nos hace rodar hasta quedarnos de lado.

Se coloca detrás de mí como la otra mañana.

Pasa un brazo por debajo de mi torso y me aprieta un pezón con los dedos.

La otra mano va directa al manojo de nervios que tengo entre las piernas.

Grito de placer cuando vuelve a penetrarme. Grito de alivio.

«George. Mi George. Mío».

Unos relámpagos cruzan el cielo, pero nuestra propia tormenta arrecia viajando sobre el mar. Hemos fabricado un huracán.

—Los ojos —dice con voz ronca—. Quiero verte los ojos.

Vuelvo la cabeza para mirarlo.

—Preciosos —dice—. Los ojos violeta más bonitos que he visto en mi vida.

Observo un océano azul mientras se desmoronan los últimos restos del muro de nuestra amistad.