Una tormenta perfecta Capítulo 40
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Capítulo 40

Día seis: Expandirse

El temblor de un trueno.

El latigazo blanco de un relámpago.

La solidez cálida del pecho de George bajo mi mejilla.

Y el latido lento y constante de nuestros corazones.

Fuera ruge una tormenta. Los elementos golpean las ventanas, pero dentro de mí hay quietud.

Me pesan las extremidades. Mi cuerpo es imposible de mover.

Tampoco es que quiera irme a ningún sitio.

Tengo la sensación de haber encontrado mi lugar.

Dejo que se me cierren los ojos, escucho el conocido sonido de la respiración de George y la mía adopta el mismo ritmo.

«Esto es lo que hace tanto tiempo que busco —pienso—.

No solo cobijarme de la lluvia, sino encontrar un refugio».

El siguiente estallido es tan atronador que las gafas de George tiemblan en la mesita de noche, pero él sigue durmiendo, imperturbable.

Aquí tumbada con George, con su brazo a mi alrededor, me siento como un tronco a la deriva que por fin ha llegado a la costa con las astillas suavizadas por el mar.

Hubo mañanas en las que quise que Nate se quedase en la cama conmigo, que me diese exactamente esto.

Un cuerpo en el que recostarme. Unos brazos fuertes que me abrazasen.

La seguridad de un hogar al que poder volver, una persona que fuera mi persona.

Pero, en las pocas ocasiones en las que se saltaba el gimnasio y se quedaba en la cama, estaba inquieto por tener que modificar su rutina.

Yo notaba que su mente estaba en otro sitio. Ninguno de los dos tenía lo que quería.

El pulso de George resuena en mi oído como un poema y siento que vuelvo a quedarme dormida con un último pensamiento en la cabeza.

Aunque Nate hubiera estado presente conmigo aquellas escasas mañana, no habría podido darme esto.

Solo hay una persona en el mundo que puede ser mi refugio.

Y esa persona es George.

Unos zafiros brillantes me miran desde el otro lado de la almohada cuando por fin me despierto.

La tormenta libra una violenta batalla fuera. No decimos nada, ahí tumbados, uno frente al otro.

George tiene el pelo como si hubiera pasado un tornado. Le aparto un rizo rebelde de la frente. Él me observa y los ojos de piedra preciosa pasan a ser de un azul muy oscuro.

Entre nosotros se establece un entendimiento.

No tenemos que estar en ningún sitio. Con este tiempo, no podemos ir a ningún lugar. Podríamos vestirnos solo de pétalos de rosa y sábanas blancas mientras las nubes sobrevuelan la playa y las olas estallan contra la punta.

Es el último día completo que pasaremos aquí y esta es la única forma en la que quiero pasarlo.

Me acerco más y le doy un beso, con suavidad, sin apartar la mirada de la suya en ningún momento.

—Es como un sueño —susurra.

—Es mejor que un sueño —digo—. Es real.

Le paso la pierna por encima de la cadera y acerco el cuerpo al suyo. Noto su erección. Mi mano se aventura a bajar entre nosotros.

—¿Puedo tocarte? —pregunto.

—Joder —dice—. Sí.

Veo cómo se le dilatan las pupilas cuando acaricio la longitud de su erección. Incluso a través de los pantalones cortos, noto cómo crece bajo mis dedos.

—Frankie.

Nunca lo había oído decir mi nombre así, con voz cavernosa por el deseo, como si fuese al mismo tiempo una blasfemia y una plegaria. George cambia de posición para quedarse con un brazo debajo de mi cabeza. Yo estoy tumbada de espaldas, envuelta en él.

—Quiero saber lo que te gusta —dice apartándome con delicadeza el pelo de delante de la cara.

Cuando me pongo cachonda —y ya lo estoy muchísimo— pierdo el habla. Encadenar palabras se convierte en una tarea casi imposible. En la cama, soy más una mujer de acción que de palabras. Doy instrucciones verbales cuando es necesario, pero prefiero no hacerlo.

—Quiero saberlo todo —dice George.

Ladeo la cabeza para poder ver su reacción y llevo su mano al vértice de mis muslos.

Mi pijama es su camiseta de los Parques Nacionales de Canadá y ropa interior.

Sus dedos se deslizan por encima de mis bragas, del calor húmedo que desprenden.

Los ojos de George se incendian y vuelve a hacerlo, con más presión.

—Ahí —dice con la voz rasposa.

No es una pregunta, pero asiento.

Su mirada me recorre la cara y luego baja por mi cuerpo. Los dos observamos cómo elevo las caderas. Quiero más. Necesito más. Sus dedos pasan por debajo de la goma de las bragas y me mira arqueando una ceja, a la espera. Lo ayudo a bajármelas por las piernas y me las quito del todo.

Los párpados le pesan cuando me contempla. Se pasa la lengua por el labio inferior. Cuando aprieto los muslos, suelta un ruidito de reproche y los separa.

Lo siento apretarse contra mi cadera y lo busco con la mano.

Me cuelo por debajo de la cinturilla de los pantalones cortos y lo rodeo con los dedos.

Me cuesta todas mis fuerzas acallar la vocecita alegre que me dice que no se puede creer que esté tocando a George así.

Suelta un suspiro, palpitando en la palma de mi mano, cuando lo tanteo con una caricia.

Se muerde el labio inferior y suelta un gemido.

—No suelo estar tan sensible —dice con los ojos fijos en mí—. Y tú no sueles estar tan callada.

Me quedo mirándolo y me encojo de hombros.

Me observa y el azul de sus ojos es casi negro, pero le brillan con travesura.

—Pues tendré que descubrir lo que te gusta por mi cuenta.

—Mmm. —Es todo lo que respondo, y aprieto un poco más con los dedos. Porque eso era lo que quería oír. Quiero que me haga perder los sentidos.

Me mete un dedo y yo ahogo un grito. Arqueo la espalda, separándola de la cama, y pierdo el contacto con su erección para aferrarme con ambas manos a las sábanas. Un pétalo de rosa me cae sobre la pierna.

—Me encanta —me dice marcando un ritmo lento—. Qué mojada estás.

Me recorre un escalofrío al oír su voz, y él sonríe.

—Vaya, conque no te gusta hablar, pero sí que te gusta escuchar. —Sus labios me rozan la oreja y vuelvo a estremecerme—. Me sirve.

Intento cerrar las piernas con fuerza, pero George las vuelve a abrir. Estoy turgente y encendida y lubricada. Empiezan a temblarme las piernas. Estoy almacenando energía, a punto de estallar.

—Me gusta verte así —dice—. No tienes ni idea de cuánto.

—Algo de idea sí que tengo —consigo decir mirándole el bulto de los pantalones, y él me dedica una sonrisa oscura.

—No tienes ni idea.

Va bajando por mi cuerpo, susurrándome guarradas en la piel.

—George —digo con un suspiro—. Quiero hacerlo.

—Ya lo estamos haciendo, cariño —dice.

—No —digo tirando de él hacia arriba—, quiero hacerlo contigo ahora —digo agarrándole la cara con las manos para poder mirarlo a los ojos.

George me aparta el pelo detrás de los hombros. Me besa la base del cuello y, por un instante, sus labios descansan ahí. Respira como si necesitase calmarse y luego levanta la cabeza. Tiene los ojos llenos de emoción.

—Yo no quiero hacer esto con nadie más que contigo —dice.

Le rodeo los hombros con los brazos y lo beso despacio.

Nuestras lenguas se arremolinan. Busco el dobladillo de su camiseta con la mano y él se pone de rodillas y se la quita.

Los pantalones cortos corren la misma suerte.

Cuando lo veo completamente desnudo por primera vez, me quedo atónita.

El tatuaje. La cicatriz. La dura zona de sus pectorales y la gran extensión de sus abdominales.

Las hendiduras bajo sus caderas y el camino de vello oscuro que baja. Y guau.

—¿Qué significa esa mirada? —pregunta.

Lo contemplo recostada sobre los codos.

—Tendría que haberme imaginado que serías perfecto por todas partes.

Lucha contra una sonrisa y pierde.

—¿Puedo? —dice tirándome de la camiseta, y yo asiento y lo ayudo a quitármela.

Los ojos se le encienden al verme los pechos y se abalanza sobre mí.

Me agarra por la cintura y me levanta para que me quede de rodillas.

Encuentra mi pezón con la boca y venera con la lengua la carne endurecida.

Hace lo mismo en el otro pecho, gimiendo.

Busca mi tatuaje con los labios y lo besa una vez antes de volver a mi pecho como si se muriera de hambre.

Me siento tentada de decir algo gracioso, algo que nos haga volver a un terreno conocido, que nos haga sentir como antes, pero ya no somos los de antes.

Bajo la mano y lo rodeo de nuevo con los dedos. Su mano cubre la mía y aprieta, moviéndose con más fuerza, enseñándome cómo le gusta. Me besa voraz. Un choque de dientes y labios magullados. Nos observamos y luego observamos nuestras manos.

Terminamos hundiéndonos en la cama. Yo me tumbo encima de George, piel con piel, y lo miro desde arriba. Sé que la mirada maravillada de sus ojos va a juego con la mía. Mi pelo cae como una sábana dorada a nuestro alrededor. Me recuerda a estar en una tienda de campaña y, de pronto, lo veo.

Tengo diez años y he acampado con George en el terreno de detrás de mi casa. Nos contamos historias de miedo. Pero entonces George traza mi labio superior con el dedo y esa versión de nosotros desaparece.

—¿Estás bien? —pregunta.

Yo me incorporo llevándome la mano al centro del pecho.

—Estoy sintiendo muchas cosas.

George me lleva ahora la mano sobre su corazón.

—Yo también.

Su pelo es un coro de ondas y mechones aplastados. Paso los dedos entre ellos. El tacto es como una carcajada. George me mira y empieza a cartografiar cada milímetro de mi cuerpo con los dedos: las caderas, la parte baja de la espalda, los muslos, los hombros y los codos.

Volvemos a perdernos en un beso, en la exploración y el contacto y las miradas.

En cierto modo es como si volviéramos a conocernos.

Trazo un mapa de las cumbres y los valles de su torso.

Le dejo un beso en el tatuaje. Levanto la vista y él me está mirando con una sonrisa ladeada de tonto; una sonrisa que he visto muy pocas veces.

—Frankie.