Una tormenta perfecta Capítulo 39
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Capítulo 39

Teníamos veintisiete años

Era agosto y George estaba lejos, como lo había estado todo el verano, en los Territorios del Noroeste, donde más de doscientos treinta incendios quemaban los bosques boreales.

El viento se había avivado y la aldea de Enterprise había quedado reducida a cenizas.

Había órdenes de evacuación por todo el territorio.

George había ido a Yellowknife y yo estaba muerta de miedo.

Parecía muy tranquilo contestando a las preguntas del presentador del telediario, pero hablábamos muchísimo y yo sabía que estaba agotado.

Se dormía y soñaba con el fuego. Se despertaba oliendo a ceniza.

George siempre había sido intocable. Me dije a mí misma que estaría bien, que no haría nada que lo pusiera realmente en peligro. Y entonces me sonó el móvil.

—Hola —dije al coger la llamada—. ¿Todo bien?

—Frankie, menos mal que has contestado. Voy por la autopista, estoy intentando largarme de aquí. Hay fuego por todas partes. Y el humo… es tan espeso que parece que sea de noche.

Nunca había oído a George con ese pánico en la voz, con tanto miedo.

Soltó una palabrota.

—¿George? ¿Qué pasa? ¿Estás bien? —Daba vueltas por mi piso con el corazón en un puño.

—Acaba de caer un rescoldo en el coche. Joder, se está levantando la pintura del capó por el calor. Hay fuego a los lados de toda la carretera, coches en las cunetas… No sé… Si no salgo de aquí…

Negué con la cabeza y los ojos se me llenaron de lágrimas.

—Para, George Saint James. No te atrevas a decir lo que ibas a decir.

—Frankie, no sé si…

—No —lo interrumpí—. Vas a salir de ahí y vas a venir a casa conmigo. Y basta de incendios. Prométemelo, George.

—Basta de incendios. Te lo prometo. Si…

—Nada de síes. Así no es como termina nuestra historia. Somos amigos para siempre. Tienes que volver conmigo.

—Frankie, escúchame. Tienes que escucharme bien, ¿vale? Te quiero. Lo has sido todo para mí.

—George, no. —Estaba sollozando.

—Te quiero muchísimo —dijo—. Ojalá pudiera decírtelo a la cara para que supieras que lo digo de verdad.

—Sé que lo dices de verdad. Lo sé. Yo también te quiero. —Respiré hondo—. Pero necesito que cuelgues el teléfono, George. Necesito que conduzcas. Necesito que vengas a casa.

Apareció en mi piso al cabo de dos semanas.

Lloré al verlo. Estaba a salvo. Me dejó rodearlo con los brazos.

Cuando me recobré, fuimos a la cocina y preparamos raviolis juntos.

A medida que fue llegando la noche, George parecía cada vez menos presente.

Intenté que me hablase del incendio, pero el evitó responder a mis preguntas.

Después de la cena, me dijo que estaba cansado, así que le hice la cama en el sofá.

A la mañana siguiente, apenas me dirigió la palabra después del desayuno. Se fue antes del mediodía a ver a Mimi.

George había vuelto a mí sano y salvo, pero había algo que iba muy mal.