Capítulo 38
George se me acerca tan deprisa que me habría caído de espaldas si no fuera porque sus manos me agarran las caderas con firmeza.
El beso es una respuesta y un juramento, una promesa de descubrir lo que nos espera.
Es imposible confundirlo con algo distinto a lo que es: nuestra amistad convirtiéndose en algo más.
Sin secretos. Sin murallas. Sin dejar a nadie atrás.
Somos todo risas y lenguas curiosas. Veo en él la misma alegría que burbujea en mi interior, la misma felicidad luminosa y explosiva.
Este beso es incluso más devastador que el que nos dimos en el bosque. No hay vuelta atrás.
—¿Esto significa que quieres una segunda cita?
—pregunto mientras sus labios viajan por mi cuello.
Me muerde la clavícula y luego vuelve hasta mi boca dándome besos.
Su lengua se encuentra con la mía con lametones insistentes y yo lo atraigo hacia mí para sentir cuánto desea esto.
Cuánto me desea a mí. No sé muy bien cuánto tiempo tardaré en asimilarlo.
«George me desea. Mi George. Mío».
—¿Y si te digo que las quiero todas? —me pregunta con los dedos enredados en mi pelo.
Pienso en su cuerpo contra el mío la mañana que me desperté en sus brazos. Pienso en la cicatriz que tiene encima de la cadera. Pienso en el tatuaje. Me parece que todo ha estado esperando mis labios.
—Creo que solo hay una forma de hacer esto —le digo—. Todo o nada.
Me acaricia el labio con el pulgar.
—Tengo tantas cosas que decirte…
—Yo tenía en mente algo más activo —digo.
Sacude la cabeza como si no pudiera creérselo.
—Entonces empecemos por esto: no tienes que preguntarme nunca si puedes besarme. Tienes carta blanca.
Le rozo la nariz con la mía.
—Para mí era un gesto romántico.
—¿En serio vas a ponerte a discutir conmigo ahora? —Vuelve a besarme. Rápido, juguetón.
—Puede —le digo apretándome contra él—. Parece que te gusta.
—Ahora mismo hay muy pocas cosas que podrían no gustarme.
Baja la boca hasta la mía. Pronto no hay nada de lo que reírse.
Pronto solo están sus labios y el roce de sus dientes y las caricias de su lengua.
Podríamos estar en cualquier lugar o en ninguna parte.
Mi cuerpo es maleable, se estira y se dobla para tocar todo lo posible a George. Y tengo la mente en paz.
—No hay nada que no haría por ti —susurra contra mis labios.
—Vamos a poner a prueba esa teoría —le digo—. Volvamos a la casa.
Tardamos el triple de lo que deberíamos en volver al chalet. «¡George! —grita la voz alegre dentro de mi cabeza—. ¡Estoy besando a George! ¡Voy de la mano de George! ¡Casi seguro que voy a acostarme con George!».
—No me puedo creer que estemos haciendo esto —digo entre besos.
—Yo no me puedo creer la de veces que lo has dicho en los últimos cinco minutos —dice él intentando tirar de mí para que dé un paso más, pero yo le tiro de la mano y lo atraigo hacia mí.
Me muerde el labio y yo me estremezco. Hundo los dedos en su pelo intentando que se acerque más, aunque creo que es imposible que estemos más cerca sin infringir la ley.
—Tenemos que volver ya —digo.
Él tiene una erección y yo estoy palpitando.
—Estoy de acuerdo.
—¿A ver quién llega antes?
Sonríe. Arquea una ceja.
—Soy más rápido que tú.
Yo miro hacia la casa como si estuviera calculando la distancia y, de repente, echo a correr.
—Tramposa —lo oigo gritar.
Corro todo lo rápido que puedo sosteniéndome la falda con una mano.
Tengo ocho años y voy a toda velocidad por el campo en dirección al arroyo, y luego tengo doce y le gano en el sprint de los cien metros.
Pero, en cualquier momento, George me alcanzará.
Pensar eso hace que mueva las piernas más deprisa.
Quiero que me alcance, pero también quiero ganar.
Suelto un grito celebratorio en cuanto mis pies tocan el camino que lleva al chalet y, al llegar a la puerta, estampo la mano contra ella justo unos segundos antes de que George haga lo mismo. Lo tengo justo detrás y noto el calor de su respiración en el cuello.
—He ganado —consigo decir.
Noto su boca en mi hombro.
—Has ganado.
Me saco la tarjeta del bolsillo y abro la puerta. Le lanzo una mirada y luego le cojo la mano.
—Ahora quiero mi premio —digo tirando de él para que entre detrás de mí.
Lo empujo contra la puerta cerrada y nos volvemos a besar. No hay duda de hacia dónde nos lleva esto. La erección de George contra mi abdomen me vuelve loca. Le quito la chaqueta y la dejo caer al suelo y luego le levanto la camiseta. En cuanto ha desaparecido, paso al cinturón.
Porque quiero conocerlo de un modo que nunca creí que me fuera posible. Voy a explorar todas y cada una de sus partes. La clavícula. El hueco de la base de su cuello. Voy a lamerle el tatuaje.
—Frankie —susurra cuando le abro la cremallera de los vaqueros.
Sé muy bien lo que quiero y lo quiero ya. Me pongo de rodillas mientras le bajo los pantalones. Lo miro a través de las pestañas y tiro de la goma de sus bóxers blancos hacia abajo para descubrir la cicatriz que tiene encima de la cadera. Llevo la boca a ella.
Paso la lengua por la herradura plateada. Y luego la vuelvo a besar llevando la mano a su erección. Lo quiero en mi boca. Lo quiero en todos lados.
Oigo a George soltando un taco. Levanto la vista y tiene la cabeza hacia atrás, apoyada en la puerta. Veo cómo le sube y le baja la nuez al tragar.
Tras una inhalación temblorosa, me agarra y tira de mí para que me levante. Yo suelto un quejido de protesta y me besa con dulzura.
—Es nuestra primera cita.
—Y a ti te estaba yendo de maravilla —le digo.
—Si ibas a hacer lo que creo, solo me iba a ir de maravilla unos sesenta segundos. Y no quiero hacer el ridículo.
—Conque sesenta segundos, ¿eh?
—La verdad es que puede que haya sido hasta generoso.
Me río.
—Entonces, ¿cómo propones que terminemos nuestra primera cita?
—Te daré un beso de buenas noches y subirás a la cama y yo dormiré aquí abajo.
—Ni de coña. ¿Qué estamos, en la época victoriana?
Baja la vista para mirarse. El torso desnudo. La erección que le estira la ropa interior.
—Pues yo diría que no.
—Por favor, quédate conmigo —le pido—. Me parece horrible que duermas en el sofá. Mañana al despertar quiero verte tumbado en la cama a mi lado. Quiero saber que esto es real.
Puede que sea lo más vulnerable que he dicho en toda la noche.
—Esto es real, Frankie. —Me coge la mano y se la lleva al corazón—. No hay nada más real que esto.
—Quédate conmigo —le susurro. Es nuestra primera cita, pero también es la milésima—. Quiero estar cerca de ti.
—Vale —dice entrelazando los dedos con los míos—. ¿Cómo voy a decirte que no a eso?
Esa noche, me tumbo en la cama llena de pétalos de rosa y me duermo en brazos de mi mejor amigo sintiéndome a salvo. Y sabiendo que él también lo está.