Una tormenta perfecta Capítulo 37
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Capítulo 37

El maître no nos lleva a la mejor mesa del restaurante, sino fuera, a una mesa de madera debajo de unas píceas de Sitka justo donde el bosque se encuentra con la playa. En el centro hay una nota escrita en una tarjeta de cartulina gruesa con el sello del hotel en la parte de arriba.

Espero que tengan una noche mágica.

K EVIN

George me la tiende cuando nos sentamos.

—He hablado con Kevin de la reserva —le digo—. Le he pedido que me ayude a hacer que esta noche sea la más romántica de toda la luna de miel.

A George le centellean los ojos.

—Oh, oh.

—Ya —digo—, pero lo he convencido de que no traiga al violinista y he conseguido que descarte lo de meter un cisne blanco en la bañera mientras estábamos aquí.

—No tengo ni idea de si estás de broma.

Un camarero nos trae dos copas de vino espumoso rosado a la mesa con un saludo de parte de Kevin. George y yo brindamos con las flautas y damos un sorbo con la mirada clavada en el otro.

Hay guirnaldas de lucecitas que parpadean en las ramas de los árboles y un cesto con mantas para cuando haga frío, pero ahora mismo se está de maravilla. Hay algo dulce en el aire nocturno. Los tallos herbáceos de los juncos de mar bailan con la suave brisa.

Se trata de una cena vegetariana a petición mía.

Kevin debe de haberle hecho la rosca al chef, porque estos platos ni siquiera están en el menú.

Nos traen un maravilloso ragú de setas —chantarelas y boletus recogidos por la zona— que acompaña unos pappardelle caseros.

Mi abuela paterna nos enseñó a George y a mí a reconocer las setas que crecían en el bosque tras un fuerte aguacero.

Después de tomar los primeros bocados, digo:

—Me salen unos macarrones con queso veganos bastante buenos.

Él arquea las cejas.

—¿Veganos?

—Ajá. Desarrollé la receta cuando Brie pasó por una fase vegana. —Me acerco más, bajando la voz—. Pero estoy preocupada por si no tomas las proteínas que necesitas. ¿Quieres que robe un pollo de un gallinero luego? No se lo diré a nadie.

—Deja tranquilos a los pollos —dice.

—Vas a prepararte un batido cuando volvamos a la casa, ¿a que sí?

George se ríe enrollando una cinta de pasta en su tenedor.

—Y deja tranquilos a mis batidos también.

Durante todo el rato que estamos comiendo, un remolino de anticipación me recorre por dentro.

Mientras George y yo vamos hablando, me doy cuenta de que, aunque le he pedido que considere una cita lo de esta noche, no se diferencia en nada de cualquier otra comida que hayamos compartido.

Creo que tampoco querría que fuera diferente.

Pero, cuando oscurece, todas las cosas de él en las que no me he permitido reparar hasta esta semana empiezan a brillar.

Pienso en lo maravilloso que fue nuestro beso y me pregunto qué más se le dará bien.

Nuestras miradas se encuentran y creo que sabe dónde tengo la cabeza, porque me toca la rodilla con la suya y después no se aparta.

Pago la cena a pesar de sus protestas. Luego me levanto de la mesa y le tiendo la mano.

Él me da la suya. Sin hablar, recorremos el corto sendero hasta la playa y me quito las sandalias cuando el camino se pierde entre la arena.

La luna está alta, el agua es un infinito de tinta negra.

Estoy algo nerviosa, pero de pie junto a él, escuchando el mar, con la brisa salada en la cara, también siento que estoy donde debería estar: en el fin del mundo, con George, lista para embarcarme en una nueva aventura.

Levanto la vista para mirarlo, él se vuelve hacia mí. Veo la luna reflejada en sus ojos cuando llevo mi mano a su pecho. Él está inmóvil. Siento cómo se contiene, a la espera, pero también siento su corazón.

George guarda más de mí que cualquier otra persona. Mi infancia. Mi adolescencia. El principio de mi edad adulta. Sabe de dónde vengo. Conoce lo peor y lo mejor de mí. Me conoce mejor que nadie. Solo queda una última barrera entre nosotros y estoy lista para derribarla.

—George. —Respiro—. ¿Puedo besarte?

Apenas he hecho la pregunta cuando se agacha y lleva su sonrisa hasta mis labios.