Una tormenta perfecta Capítulo 36
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Capítulo 36

Cogemos el coche hasta Tonquin Beach al volver de las aguas termales.

George quiere ver las pozas de marea. Yo protesto porque tengo ganas de echarme una siesta, pero, cuando llegamos a la playa después de recorrer un breve camino por el bosque, cualquier argumento que pudiera tener se me queda en los labios.

La marea baja ha descubierto todo un ecosistema aferrado a las rocas.

Cientos de estrellas de mar de color morado oscuro, naranja y rojo.

Todo tipo de algas. Percebes y mejillones.

Unas masas amorfas con pinta de extraterrestre que están sobre la arena y que George dice que son anémonas.

Pequeñísimos cangrejos que oímos escabullirse entre las rocas.

Es como si estuviéramos en el fondo marino.

No he visto nada igual. Sé que a mi madre le encantaría.

Casi puedo oír su emoción y su respiración contenida.

En un solo día he presenciado más maravillas de la naturaleza que en toda mi vida.

Es demasiado para que lo contenga una sola persona.

Me gustaría poder compartir la belleza de este lugar.

Me imagino la sección de un libro de cocina con recetas inspiradas en la isla de Vancouver y la costa oeste de Canadá, acompañadas de potentes imágenes.

—Ven —dice George sacándome de mi ensoñación—. Mira esto.

Lo sigo hasta una cavidad en las rocas donde se ha formado una poza de agua que la marea ha dejado atrás. Está llena de lo que parecen flores de un verde y un rosa intensos. Las de color verde son mucho más grandes, algunas del tamaño de un plato de ensalada.

—¿Qué son? —pregunto maravillada.

—Anémonas de mar. Se abren bajo el agua. ¿No son increíbles?

—Sí —le digo—. Son preciosas.

George me mira repasando el asombro de mi cara. Habla con suavidad:

—Frankie Gardiner, sobrecogida por la naturaleza. Es verdad que la gente cambia.

Cuando volvemos al resort, le mando a mi madre las fotos que he tomado en Tonquin Beach y ella me responde enseguida.

Mamá

Oh, son maravillosas. Las verdes son anémonas gigantes. Las rosas son anémonas elegantes. Has tocado alguna?

No! No pican?

Mamá

Pueden picarte, pero las que están fuera del agua no. Tocar una anémona es un rito de paso

Me río porque es de esas cosas que solo diría mi madre.

Mamá

Te lo estás pasando bien?

Qué tal George?

Me lo estoy pasando genial.

Y George…

Pienso en George.

«Perfecto», escribo.

Hago la siesta a última hora de la tarde y, cuando me despierto, George ya no está. Me ha dejado una nota diciendo que ha salido a dar un paseo por la punta y que, si me despierto antes de que haya vuelto, vaya a buscarlo para cenar.

Lo encuentro en la lengua de tierra que se adentra en el mar.

Él todavía no me ha visto, así que observo su silueta trazada por el sol dorado del atardecer.

Hay tanto viento que tengo que ponerme las manos encima del vestido lila de algodón para que no me vea las bragas toda la playa.

Es la prenda más bonita que tengo; tiene un volante a lo largo del escote de un solo tirante y unos bajos fruncidos y voluminosos que me llegan a la mitad de las pantorrillas.

George se vuelve cuando me acerco. Tenemos reserva en el restaurante del resort dentro de media hora y ya se ha vestido. Lleva vaqueros, una camiseta algo desgastada de la marca canadiense Roots y una chaqueta de traje de color crema de anchas solapas. Un poco setentero. Muy sexy.

—Hola —le digo levantando la mano nerviosa.

—Hola —responde George—. Ese vestido es…

Nunca me había preocupado tanto la opinión de George acerca de mi ropa, pero me mira de un modo que me hace pensar que prefiere a la Frankie de siempre, con vaqueros y una camiseta.

—Voy a cambiarme —digo mientras el volante del cuello aletea en el viento.

—Oye. —George me rodea para bloquearme el paso—. Tienes que darme la oportunidad de formar una frase.

—No debería costarte tanto decirme que voy bien.

—Es verdad, no debería. —Se lleva una mano a la nuca y suelta una carcajada riéndose de sí mismo—. Pero cada vez que te veo vestida así se me queda la mente en blanco. Totalmente vacía.

—¿En el buen sentido?

Una sonrisa fugaz le cruza los labios.

—Sí, Frankie, en el buen sentido.

—No lo sabía —le digo acercándome.

—Hay muchas cosas que no sabes.

Un estremecimiento de anticipación me recorre el cuerpo.

Antes me preocupaba descubrir lo que George guardaba en su pequeño cofre de madera, pero esto es mucho más grande.

Hay una parte de él a la que nunca he podido acceder, un ecosistema entero bajo el mar.

Pensar en cruzar el umbral de ese último lugar, el más íntimo, es electrizante.

Quiero tener la llave que abre a George y que él tenga la que me abre a mí.

—Ya sé lo que quiero —digo apartándome el pelo de la cara cuando el viento lo revuelve. El corazón nunca me ha latido tan deprisa—. No necesito más tiempo.

George se queda inmóvil con los ojos clavados en los míos. Está quieto, pero siento su energía correr bajo la superficie.

—¿Qué quieres, Frankie?

Es todo un reto no romper el contacto visual cuando me mira con tanta atención. Nunca me he permitido mirar tan profundamente a George a los ojos como esta semana. Cuando me mira así, me siento desnuda.

—Quiero que vengas a cenar conmigo esta noche. Ya sé que íbamos a cenar juntos de todos modos, pero quiero que sea diferente.

—¿En qué sentido?

—Quiero que sea una cita. Y, mientras estamos en la cita, quiero que pienses si quieres otra cita conmigo y tal vez una tercera y una cuarta. Porque creo que eso es lo que quiero. Quiero intentarlo.

La sonrisa de George aparece como un amanecer tras una colina, va ascendiendo despacio hasta estar completa, y su maravillosa luz me calienta el rostro.

—¿Y una quinta cita?

—Creo que seguramente también. —La voz me tiembla al reírme—. Podría ser un desastre y el momento no es el más indicado después de todo lo que ha pasado con Nate, pero ahora Nate me parece una motita de polvo.

Esta es la línea cuyo otro lado pensaba que nunca vería. Respiro hondo porque voy a cruzarla.

—Los doce meses que estuvimos juntos no son nada en comparación con lo que tú y yo hemos compartido. Con lo que podríamos compartir si lo decidimos. Y quiero descubrirlo, George. Quiero ver cómo sería no ser solo amigos. Quiero más. Y quiero que tú también decidas si quieres.

Su mirada rebosa ternura.

—Entonces, ¿volvemos a empezar? —dice—. No quiero estropear la primera cita.

Yergo un poco la espalda.

—Hola —digo, algo divertida.

—Hola —dice George contemplándome—. Estás preciosa, Frankie.