Capítulo 35
Día cinco: Expresar los deseos
George se queda mirando el pequeño Cessna y los ojos le hacen chiribitas. Está amarrado en un embarcadero del puerto de Tofino. No hay niebla y vemos la nieve en la cima de las montañas a lo lejos.
—Supongo que vamos a subirnos a esa cosa —digo.
—Por supuesto. —Parece un niño el día de Navidad.
Es el primer momento del día en el que las cosas no están enrarecidas. Hemos estado tratándonos exactamente como antes de besarnos, pero, cada vez que nuestras miradas se encuentran, el aire que hay entre nosotros restalla como una goma. Sé que él también lo siente. Lleva el recuerdo en la mirada.
—Pensaba que me habías dicho que no saltabas de helicópteros —le digo.
—Esto es un hidroavión y vamos a subir y bajar de él a pie.
—Vamos a morir en él.
—¿Dónde te has dejado las ganas de vivir aventuras? —pregunta George.
—¿Y tú dónde te has dejado el instinto de supervivencia?
—Últimamente parece que brilla por su ausencia.
Su tono y la clara alusión al día de ayer me hacen volverme y me sorprende el hambre viva que encuentro en sus ojos. No es un restallido, es un latigazo. La contención emana de él a oleadas. Me muero de ganas de volver a besarlo.
—No me has dicho la temática de hoy —le digo—. ¿Cómo encaja lo de la aviación en El Plan?
—Hoy —dice—, se trata de expresar lo que quieres. De comunicar lo que deseas. De aprender a pedirlo.
Me quedo mirándolo atónita, preguntándome si se está riendo de mí, pero lo dice en serio.
—Es un requisito esencial para sanar —continúa—. Tienes que comprender qué necesitas y sentirte cómoda pidiéndole a la gente que te lo dé.
Siento que se me sonrojan las mejillas.
—Nadie puede leerte la mente, Frankie.
—¿Ni siquiera tú?
—A veces me parece que oigo cada pensamiento que te pasa por la cabeza —dice.
—¿Y las otras veces?
—No tengo ni puta idea de lo que piensas.
Esperamos en el embarcadero, con tres pasajeros más, a que llegue el piloto. Me vuelvo hacia George.
—Mira, lo que quiero es saber adónde vamos.
—Bien jugado. Vamos a Hot Springs Cove, en el parque de Nisḿaakqin. Es un lugar increíble, pero también he pensado que sería un buen sitio para pensar.
—Sobre lo que quiero —digo.
—Exacto.
Nos dan un chaleco salvavidas hinchable a cada uno antes de subir al diminuto avión.
George y yo nos sentamos en el banco del fondo.
Nos abrochamos el cinturón y nos ponemos los cascos como nos indican.
Llevan micrófono y podemos oír al piloto y a los demás pasajeros incluso por encima del rugido del motor.
Cierro los ojos con fuerza cuando despegamos, esforzándome por no vomitar o, peor, llorar, y entonces siento los dedos de George entrelazándose con los míos.
Sin que le diga nada, sabe exactamente lo que quiero.
Sobrevolamos islas y avanzamos al lado de los picos y valles de las montañas.
Veo paisajes tan espléndidos que se me olvida el miedo que tengo.
El piloto señala una isla que habitan más de diez lobos de Vancouver que sobreviven comiendo pescado, cangrejos, mejillones y percebes.
Nos explica que hay un documental sobre ellos en Netflix y yo miro a George sabiendo que ya lo ha visto.
No me doy cuenta de que nos hemos estado dando la mano durante los quince minutos que ha durado el vuelo hasta que es hora de aterrizar y lo suelto con reticencia.
Cruzamos un magnífico bosque húmedo, con árboles todavía más altos que los que vimos ayer, durante más o menos media hora antes de que la niebla impida ver el sendero cubierto de tablones de madera.
Delante tenemos un puente que cruza un manantial de cuya superficie sale vapor que se arremolina en el aire.
—¿Te imaginas cuánto nos habría gustado este lugar cuando éramos niños? —le pregunto a George—. Es como un bosque encantado.
Sonríe.
—Tú habrías salido a buscar una bruja.
En una estructura de madera con vistas a la costa rocosa, guardamos nuestras pertenencias y nos ponemos el bañador. El mío es de una sola pieza, con cuadros Vichy de color amarillo pastel y un lazo en la parte de delante, el más modesto que he traído. George lleva su bañador a rayas de James Bond.
Me tiende unas Tevas por estrenar.
—No se aconseja ir descalzo —dice, y se pone las suyas.
Bajamos por una cuesta empinada de rocas escarpadas hasta donde el manantial cae en varias cascadas desde arriba.
Meto la mano en el agua y la saco enseguida, impactada por lo caliente que está.
Debajo de las cascadas hay balsas de agua cristalina dentro de grietas estrechas.
Me imaginaba que habría parejas y lugares escondidos para besarse, y no sé si me alivia o me decepciona ver que aquí no hay privacidad y que el ambiente es mucho más familiar.
Hay niños y abuelos y grupos de amigos, pero no somos más de veinte.
Cada vez que alguien se mete en el agua por primera vez suelta una risa de sorpresa por la temperatura.
George y yo nos sentamos juntos y no hay forma de evitar el contacto. Al cabo de un rato, le cedemos el sitio a otra persona. Yo escalo hasta un lugar bonito al lado de una cascada y George me sigue. Echo la cabeza hacia atrás dejando que el agua caliente de la cascada recorra mi cuerpo.
George no me mira a mí, sino al paisaje, y tiene la cabeza agachada hacia delante y las manos apoyadas en la roca.
Sé que no es buena idea dejar que mi mirada se pasee por los músculos de sus hombros y siga el rastro del agua que le corre por la espalda.
Sin duda, no debería estar prestando atención al modo en el que el bañador se le pega a los muslos y al culo. Y sin embargo…
Según George, estas aguas geotérmicas se crearon a partir de fisuras en la corteza terrestre cuando el agua subterránea calentada por el magma salió a la superficie.
Así es precisamente como me siento yo. Algo dentro de mí se ha partido y de esa fisura emana todo mi deseo por George.
Quiero que todo el mundo se vaya para poder pasarle la lengua desde la base de la columna hasta la nuca.
Quiero hundirle las uñas en los hombros.
De pronto, el agua está demasiado caliente y la cabeza me da vueltas.
Tengo que sentarme en un saliente rocoso alejado del manantial para enfriarme.
Me quedo mirando el mar, preguntándome si todo ese deseo me está nublando el juicio.
Lo sensato sería volver a guardarlo, enterrarlo, pero no sé si puedo hacerlo. Y, sobre todo, no sé si quiero.
George y yo estamos bien juntos. En todos los sentidos. Sabemos casi todo lo que hay que saber sobre el otro. El único rincón que nos falta por explorar quedó al descubierto ayer con el beso.
Esta semana me ha abierto los ojos en muchos sentidos. Pienso en la cena que preparé anoche y en lo bien que me sentí creando algo propio.
—¿En qué piensas? —oigo que me pregunta George al cabo de unos minutos.
Me vuelvo para mirarlo a los ojos. Camina hacia mí apartándose mechones de pelo mojado de la cara. Se sienta en la cornisa buscando mis ojos.
Pienso en cosas que me aterran y que lo cambian todo. Pienso que quiero coger esa roca y lanzarla al mar. Pienso que, si este día consiste en dejar claro lo que quiero, hoy podría cambiarme la vida.
—En todo —le digo.
—¿Me lo cuentas?
—Pienso en lo bien que me sentí preparando la cena anoche y en que sé que mi trabajo no me basta. Pienso en cómo hacer que sea más ilusionante y en que tengo que hablar con Brie. Me pregunto cómo puedo encontrar tiempo para hacer algo que sea solo mío.
George me escucha con la mirada inundada de una emoción que me da miedo nombrar.
—Son unos pensamientos preciosos.
—También estoy pensando en ti. En lo que quiero.
El susurro de una sonrisa se pasea por sus labios.
—También me gustaría escuchar esos pensamientos… cuando estés lista.