Capítulo 34
Teníamos veinte años
Enseguida supe quién era cuando lo vi delante de nuestro edificio. Lo habría reconocido donde fuera. Beau Saint James era igual que George. Alto y delgado. Llevaba gafas. Tenía los mismos rizos oscuros y la misma energía inquieta.
Yo volvía del supermercado cargada con bolsas de ingredientes para hacer el crumble de mi madre.
George había estado escribiéndose correos con su padre y lo había invitado a tomar café la siguiente vez que pasease por Toronto.
Yo sabía que estaba más nervioso y emocionado por la visita de lo que admitía.
Ya había planeado mantenerme ocupada haciendo el postre favorito de George mientras ellos hablaban.
Si las cosas iban mal, estaría lo bastante cerca para intervenir.
Había mil formas en las que Beau podía romperle el corazón a mi amigo y yo me preparaba para todas ellas.
De modo que, cuando vi a Beau caminando de un lado a otro delante de la entrada, mirando el portal como si no estuviera seguro de que quisiera entrar, me acerqué a él dando grandes zancadas, ya furiosa.
Él me sonrió con un lado de la boca y me preguntó en qué podía ayudarme.
No tenía ni idea de quién era, ignoraba que sabía más sobre su hijo de lo que él había sabido o sabría nunca.
—¿Quieres pasar o vas a rajarte? —le pregunté.
Entrecerró los ojos azules. Olía a colillas y aftershave .
—Eres el padre de George —le dije—. Yo soy Frankie. Su mejor amiga.
—La chica de la casa de al lado. —Su sonrisa era torcida como la de su hijo—. ¿Alguna vez alguien te ha dicho que tienes unos ojos violeta preciosos?
—Sí.
Se rio, pero a mí no me hacía ninguna gracia.
—Mira —le dije—, en pocas palabras, a mí me pareces una basura humana y un caso perdido. En cambio, George ha decidido darte otra oportunidad. Y tú ahora te paseas por aquí como si estuvieras pensando en largarte. Así que, si estás pensando en irte, vete ya.
La sonrisa no abandonó su cara en ningún momento.
—¿Y si me quedo?
—Fingiré que te soporto y tú fingirás ser una persona decente durante la próxima hora. Pero, si le haces daño, me aseguraré de que te arrepientas.
—No lo dudo. —Ladeó la cabeza, estudiándome—. Muy bien, detrás de ti, Frankie.
El café se convirtió en cena y esta, a su vez, en que Beau se quedase tres noches.
Yo vigilaba a George como una madre osa, pero tenía que admitir que su padre parecía cambiado.
Me costaba imaginármelo como el hombre que había perdido la casa por las deudas del juego.
A mí me trataba con respeto y se mostró profundamente arrepentido con su hijo por los años de ausencia. Parecía realmente interesado en ambos.
La tercera noche, preparé el arroz con tofu y kimchi que a George le encantaba y estábamos los tres sentados alrededor de nuestra diminuta mesa, riendo, cuando su padre nos preguntó cuándo habíamos empezado a salir.
Nosotros compartíamos cama para que su padre pudiese dormir en la habitación de George y nos pareció gracioso que se hubiese llevado la idea equivocada.
Aquella noche, los dos nos quedamos despiertos en la cama susurrando.
—Creo que le resulta más fácil estar cerca de mí ahora que soy adulto —dijo George—. No tiene que sentirse culpable por no cuidarme. Tal vez, ahora que puede identificarse conmigo como hombre, me vea de otro modo, ¿no crees?
Había muchísima esperanza en su voz. No le mentí cuando le dije:
—Sí. Creo que esto puede ser el comienzo de algo.
Cuando nos levantamos a la mañana siguiente, Beau había desaparecido.
Solo quedaba el rastro de su aftershave .
Nos quedamos plantados en el dormitorio, sin palabras.
Entonces, George abrió el cajón de su escritorio y rebuscó entre las libretas y los papeles que había dentro.
El corazón se me hizo pedazos. Había guardado en un sobre el dinero que Mimi le había dado en su veinte cumpleaños y ya no estaba.
Vi a George desmoronarse en el suelo, llevarse las manos a la cabeza y llorar. Yo me hundí a su lado y lo rodeé con los brazos luchando por contener mis propias lágrimas. Debimos de pasar horas ahí.
Él apenas podía mirarme. Creo que tal vez se sentía avergonzado. Puede que no supiera cómo compartir su dolor, pero no tenía por qué cargar con él solo. Saqué su bolsa de viaje del armario y empecé a hacer las maletas.
—¿Qué haces?
—Llevarte a casa.
A los dos nos encantaba la ciudad, pero estábamos más serenos en el norte. George necesitaba un largo paseo por Old Stone Road. Necesitaba la repostería de mi madre y un abrazo de Mimi.
—Esta noche trabajas —dijo.
—Ya encontraré a alguien que me cubra. Nos vamos. No hay discusión que valga.
—No sé cómo darte las gracias —me dijo con voz espesa.
—Acabas de hacerlo, pero no hace falta. Me tienes aquí.
—Lo sé.