Capítulo 33 #2
Ha sido incómodo cuando nos hemos cruzado en bañador. ¿Cómo debe tratar una a su mejor amigo de toda la vida cuando descubre que es todo un profesional con la lengua?
—¿Y qué haces hablando conmigo? —chilla Aurora—. Esta es tu oportunidad para la clásica cita de reality en un jacuzzi. Sal ahí fuera.
—Hemos acordado más o menos que nos olvidaríamos del beso. No estoy segura de que la semidesnudez y el vaho sean buena idea.
—Pfff, vale. A ver, rebobina. Cuéntamelo todo.
Cuando termino de hacerle a Aurora la crónica detallada, suspira.
—Me encanta el amor.
—Yo no he dicho nada de amor. He dicho que siento algo por George.
—Supongo que la pregunta es si quieres pasar el resto de tu vida reprimiendo lo que sientes.
—No tengo claro que pueda, pero tampoco quiero destrozar nuestra amistad. George lo es todo para mí.
La oigo sonreír.
—Imagínate si fuera todavía más.
A última hora de la tarde, doy un paseo sola por la playa y lleno una fiambrera de bayas de salal de los setos que hay cerca de la costa. Necesito mantenerme ocupada. Necesito crear.
Mi madre es la repostera de la familia, pero a mí las medidas exactas y la necesidad de seguir instrucciones me parecen restrictivas.
Me enamoré de la cocina porque me recordaba a la música.
Una vez que conocías lo básico, tenías la libertad de improvisar, experimentar, probar y ajustar a tu gusto.
Una buena receta es como una canción: puedes cantar un poquito fuera de tono y la canción sigue siendo buena. A veces es incluso mejor.
En una ocasión, George describió una sesión productiva de escritura como un flujo, una especie de estado mágico en el que su mente se queda en silencio y las palabras salen casi de la nada, atraviesan su cuerpo y se materializan en la página.
Apenas es consciente de estar pensando, de estar tomando decisiones acerca de qué adjetivo usar o qué información incluir.
Las comas van donde deben. Las frases crecen como plantas formando párrafos hasta que ha creado un jardín floreciente.
Yo me siento así cuando cocino. Cuando estoy en la cocina, tengo el control.
Y ahora mismo necesito esa sensación desesperadamente.
Una vez que he recolectado suficientes bayas, voy a Tofino en coche y entro en Naas Foods, una pescadería que vi ayer.
Encuentro fletán, bacalao largo, salmón real y salmón del Pacífico, todo fresco, así como cangrejos vivos y salmón caramelizado.
La pescadera me habla de su compromiso con la sostenibilidad.
A George le parecería impresionante. Compro un corte de salmón del Pacífico, una tabla de cedro y un tarro de copos de alga ahumados de la misma bahía de Clayoquot para experimentar con ellos.
En cuanto empiezo a cocinar la cena, George viene a mi lado como siempre hace, preparado para limpiar lo que ensucio, pero yo lo echo de la cocina.
Necesito espacio. La cena que preparo es sencilla.
Hago una salsa con las bayas, la ralladura de un limón y un poco de azúcar y pimienta, y aso el salmón sobre la tabla de cedro en el horno.
George lee en la sala de estar y, de vez en cuando, su mirada encuentra la mía y ambos tomamos conciencia del otro.
Pienso en todas las comidas que compartimos al principio, cuando aprendía a cocinar con mi madre, y en todas las noches que pasamos en la cocina cuando vivíamos juntos.
Pienso en los linguine que preparábamos la noche que George me dijo que se iba del piso y en los raviolis que hicimos cuando volvió de cubrir los incendios.
Y en la cena que organicé en casa de Nate.
Toda una vida de historias contadas a través de la comida.
Emplato la cena con cuidado. Los filetes rosados de salmón, la salsa de un morado oscuro.
La calabaza pattypan y el arroz pilaf amarillos.
Los colores son increíbles. En ese momento me lo imagino: una doble página en un libro de cocina.
Fotos de una playa salvaje. Una ilustración de bayas de salal.
Una receta propia. Hago una foto y casi se la mando a Brie como suelo hacer cuando preparo algo que me ilusiona, pero decido no hacerlo.
Creo un nuevo álbum de fotos en el móvil llamado MÍAS y la guardo ahí.
George y yo apenas hablamos durante la cena, así de buena está la comida.
Además, después de lo que ha pasado antes, no estoy muy segura de qué nos puede quedar por decir, pero, cuando su pie se topa con el mío sin querer debajo de la mesa, nuestras miradas se encuentran y creo que el fuego que veo en la suya no me lo estoy imaginando.
Luego salimos a dar un paseo por la playa.
La niebla cubre como un grueso manto la cala, ocultando la costa, de modo que parece que, más allá de la arena, no hay más que nubes blancas celestiales.
No mencionamos el beso, pero es como si compartiéramos secretos con la mirada. Ninguno de los dos ha olvidado nada.
Cuando volvemos al chalet, abrimos las ventanas para que huela a lluvia fresca y a pícea.
Leemos en silencio hasta que George anuncia que pasará la noche en el sofá.
Yo no se lo discuto. Nos damos las buenas noches y subo por las escaleras hacia el dormitorio.
En mitad de las escaleras, me detengo y lo observo extender una manta sobre el sofá.
Mi mente viaja al futuro. Solo nos quedan dos días enteros juntos antes de tener que separarnos.
La pérdida de mi amigo me cierra la garganta.
Incluso si nunca volvemos a besarnos, no quiero volver a estar como antes.
No quiero que pasen meses sin que nos veamos. No quiero que vayamos alejándonos.
—¿George?
Deja de hacer lo que estaba haciendo y levanta la vista hacia mí.
—¿Y si no es tan mala idea? —pregunto.
—¿El qué?
Respiro.
—Nosotros.
No contesta y no sé qué le estará pasando por la cabeza, pero no voy a insistir. Si yo estoy confundida, él también tiene derecho a estarlo.
—Es algo que se me ha ocurrido —digo. Y me voy a la cama.