Capítulo 33
—Sigues helada —dice George cuando aparco el coche en el resort. Tengo el vello de los brazos erizado.
—Un poco.
—Vamos a calentarte. —El modo en el que lo dice, con una voz algo grave y rasposa, cambia la temperatura.
Entreabro los labios al imaginarme a George y a mí enredados entre pétalos de rosa.
De pronto soy consciente de lo cerca que estamos y no puedo pensar en nada que no sea el sabor de la lluvia en sus labios. Me quedo mirando el ángulo marcado de su mandíbula y la necesidad de llevar ahí mi boca me hace bajar del coche de un salto.
—No en ese sentido —dice.
—Ya lo sé. Creo que me meteré en el jacuzzi.
—Genial.
—Sola —añado.
—Sip.
Me suena el teléfono en cuanto ponemos un pie en la casa. Miro la pantalla y estoy a punto de rechazar la llamada para que salte el contestador cuando George dice:
—Deberías contestar.
De modo que me llevo el teléfono a la oreja y digo:
—Hola, mamá. —Con esas palabras cualquier tensión sexual residual se disuelve en la niebla.
—Hola, cielo. Solo llamaba para saber cómo estás.
—Estoy bien —miento.
George está concentrado en quitarse las botas de montaña con cuidado.
—Y ¿cómo está George?
—George también está bien.
—Hola, Rebecca —grita él.
—Pongo el manos libres para que puedas hablar con él —le digo dejando el teléfono en la encimera de la cocina.
Me quito los zapatos y los calcetines mojados, y me acurruco en un sillón al lado de la chimenea escuchando a mi madre y a George charlar.
Me quedo impresionada con lo normal que suena él.
Yo me siento como si se hubiera hundido el suelo bajo mis pies.
Él le habla del surf y de lo que cenamos anoche, y no es la primera vez que me pregunto si algún día mi relación con mi madre será así de fácil.
Ella lo escucha y se ríe y, cuando dice: «Ay, qué envidia me dais.
Ojalá estuviera ahí», sé que lo dice de verdad.
Después de que se hayan despedido, George saca un yogur de la nevera y se lo come en tres cucharadas.
—Podrías esforzarte un poco más —dice con suavidad.
—No empieces otra vez —contesto.
No sé cuántas veces hemos discutido sobre mi madre. Siempre es lo mismo. Él la defiende y me recuerda lo afortunada que soy de tener dos padres que me quieren, y yo me siento despreciable.
—Tu madre es genial —dice cruzando la habitación. Se le da bien escuchar y hace unos postres increíbles. El crumble de manzana y frutos del bosque…
—Es verdad, la repostería se le da genial.
George se sienta en la mesita de café delante de mí con las rodillas a los lados de mis piernas creando un espacio seguro.
—Ojalá encontraras la forma de perdonarla —dice—. Te quiere.
Durante el año y medio que se fue mi madre, llamó y nos escribió cartas.
Nos mandó regalos. Cuando nos llamaba por teléfono, mis hermanos y yo hacíamos cola para hablar con ella.
Primero Darwin, luego Moby y luego yo. Vino de visita por Navidad y, durante diez días, me regocijé en su calor.
Todo iba mejor cuando mi madre estaba en casa.
Mi padre sonreía más, mis hermanos me trataban mejor y hasta la casa olía mejor con el aroma de los rollitos de canela y las galletas de jengibre.
Me convencí a mí misma de que, si mi comportamiento era impecable, mi madre no querría volver a marcharse.
Pero se marchó. Ver alejarse su ranchera por Old Stone Road fue más duro que cuando desapareció una noche.
Después de eso, dejé de hablar con ella por teléfono y, cuando mis hermanos fueron a visitarla a la costa este, yo me negué a ir.
Quería castigarla por preocuparse más por las ballenas que por nosotros.
—Sé que lo haces con buena intención —le digo—, pero ya es hora de que aceptes que mi madre y yo nunca seremos mejores amigas.
Cuando éramos adolescentes, hubo unos cuantos años en los que fui muy capulla con mi madre.
Mi forma de hablarle estaba tan llena de odio que pensarlo ahora hace que sienta la vergüenza por todo el cuerpo.
George siempre me lo echaba en cara y nos peleábamos a menudo por ello.
Mi padre me paraba los pies cuando me pasaba, pero mi madre nunca lo hizo.
Hasta que Mimi no me dio una lección sobre mi lamentable comportamiento, no espabilé.
Pero la niña de ocho años cuya madre había desaparecido cuando despertó una mañana y la de nueve años que lloró esa misma ausencia en su cumpleaños siguen muy cerca de mí.
—¿Quién ha dicho nada de mejores amigas? —pregunta George.
—Estamos bien como estamos —digo, sintiendo el calor en la cara—. Ya lo he superado. No es que siga enfadada.
George se inclina hacia delante, con los codos en las rodillas y los dedos entrelazados, y me atraviesa con esos fríos ojos azules. Incapaz de apartar la mirada, me acerco como si tirase de mí un hilo de pescar.
—Yo creo que sí estás enfadada —dice George—. Creo que estás tan enfadada que puede que un día explotes.
Se me entrecorta la respiración y el corazón me late más deprisa. Intento contener las emociones mientras George me incita a liberarlas. Así es cuando alguien te conoce de verdad. George me ve incluso cuando no quiero verme a mí misma.
—No es solo que se marchara —digo en voz baja.
Me dejó y cambió.
George me mira y es como si pudiera leerme el pensamiento, porque dice:
—La mujer que se fue cuando tenías ocho años y volvió cuando tenías nueve siempre será tu madre.
Siempre te querrá. —En sus ojos veo un destello de tristeza y sé que piensa en su madre—.
Si le dieras una oportunidad, si hablases con ella, tal vez no te resultaría un misterio tan grande.
Nunca podrás perdonarla ni tener una relación de verdad con ella si no habláis de lo que pasó.
—¿Tú has perdonado a tu padre? —digo buscando sus ojos.
Solo coincidí con el padre de George dos veces.
Como su madre, Beau era un arquitecto de éxito, pero tenía un problema de ludopatía y perdió el control después de la muerte de Lily.
Apareció en la Casa Grande un día cuando teníamos dieciséis años.
George salió como una exhalación en cuanto lo vimos en la puerta con un ojo morado, pero yo me quedé espiando desde el pasillo.
Escuché cómo le hablaba a Mimi de una reciente racha de mala suerte.
Solo necesitaba un pequeño empujón económico para recuperarse y entonces volvería a por George.
Desde la esquina observé cómo Mimi le firmaba un cheque a su hijo y le decía que se marchara.
Y luego la oí llorar. Nunca le conté a él nada de aquello.
George y yo vivíamos en Toronto la última vez que vimos a su padre. Después de aquella visita, empezó a hablar de él en pasado, como si estuviera muerto.
—Lo estoy intentando —dice ahora—. Paso mucho tiempo hablando de él en terapia.
Me gustaría aceptar que no fue capaz de cuidarme cuando mi madre murió y que no me priorizó y nos hirió con sus decisiones.
Creo que lo hizo lo mejor que pudo cuando fui a vivir con él a Montreal, pero el duelo y la ludopatía no le dejaron espacio para ser buen padre.
Hay mucho que desentrañar… —Traga saliva—.
Pero no quiero actuar desde el dolor. Quiero dejar espacio para los buenos recuerdos.
—Es él quien se lo pierde. Lo sabes, ¿no?
—Lo sé desde un punto de vista racional —dice—. Sigo intentando sentir que es cierto.
—¿Y tu madre? —pregunto—. ¿También hablas de ella?
A George le resulta difícil hablar sobre Lily sin que se le rompa la voz, pero lleva una foto suya en la cartera. Lily tiene en brazos a un pequeño George sonriente y le da vueltas en círculo. Se parece a su padre, pero su sonrisa, la de verdad, es como la de su madre.
—Sí, pero me cuesta más. Cada vez que hablo de ella siento que la vuelvo a perder.
—Tuvo suerte —le digo—. Tuvo mucha suerte de tenerte.
Él vuelve a tragar. Y me cuesta la vida no buscarlo con la mano.
—Me habría gustado que la hubieras conocido. —No es la primera vez que me lo dice.
—Y a mí. —Me habría gustado, muchísimo. Me gustaría poder decirle lo perfecto que es su hijo y cuánto lo queremos todos. Toda mi familia. Nunca bastará para compensar lo que ha perdido, pero me gustaría contarle cuánto lo hemos intentado.
—Y ojalá ella te hubiera conocido a ti —dice sosteniéndome la mirada. Esto es nuevo. La confesión y la forma de mirarme.
Le cojo la mano. Siento su corazón latiéndome en la palma.
—Ojalá.
Nos quedamos un momento más mirándonos y luego lo suelto.
Me meto en el agua burbujeante del jacuzzi, dándole la espalda a la casa y observando el océano abalanzarse sobre la punta rocosa.
Aunque no veo a George, está por todas partes.
En mis labios, mi lengua, mi cabeza. Hemos tenido tiempo y espacio para crecer y alejarnos, pero ¿y si debíamos reencontrarnos de un modo distinto?
¿Y si estamos luchando contra algo contra lo que no deberíamos luchar?
No hay nadie con quien me guste más pasar el tiempo que con George.
No hay nadie que me haga sentir tan valiente como me hace sentir George.
Con él, soy yo misma. Y el beso… Besarlo ha sido como entrar en una casa en la que nunca había estado, pero que sabía que era mi hogar.
Todo el ruido de fondo de mi cabeza se ha quedado en silencio como si hubiera encontrado la frecuencia adecuada en el dial de una radio.
Le mando un mensaje a Aurora cuando le toca a él meterse en el jacuzzi.
He besado a George
Aurora
QUE QUÉEE?
O igual me ha besado él. Bueno, da igual, que nos hemos besado
Aurora
Voy a llamarte ahora mismo y me vas a contestar
—Esta no es una conversación para tener por mensaje —dice Aurora cuando descuelgo—. Esta es una conversación para llamar a tu amiga y no dejarte ni un putísimo detalle.
—No tenía claro si estarías con un cliente.
—No. Tengo quince minutos hasta la siguiente cita, así que ya me estás contando. ¿O está cerca?
—Está fuera, en el jacuzzi.